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Democracia Tuiteriana

lunes 23 de enero de 2012, 22:00h
Las redes sociales son una de las grandes revoluciones del nuevo milenio. Lo han cambiado todo, la forma de relacionarse y de entender la información. Sin embargo, no podemos sustraernos del peligro que conllevan de banalizar el continente y hacer que se pierda el verdadero sentido y medida de su uso. Así como una relación de “amigos” que se reduce a intercambios de “cariño” virtual a través de la pantalla de la red social de turno nunca debería con confundirse con una auténtica Amistad con mayúscula, tampoco deberíamos confundir el griterío de twitter con la “voz de la calle”. Por eso me resulta bastante cargante la obsesión actual por esas cajas de ruido y digo ruido en el peor sentido de la palabra en que a veces se convierten las redes sociales. No hay más que ver la fruición histérica con la que los medios de comunicación y los propios políticos se aferran a las redes sociales como si de un oráculo divino se tratara. Las redes sociales son útiles y maravillosas en muchos sentidos pero no pueden ni deberían convertirse en el eje central de la vida pública ni, mucho menos, en el Gran Hermano de la democracia.

La demagogia, la dictadura del pueblo, es, según Aristóteles, una de las degeneraciones de la democracia. El pueblo, como masa o colectivo informe y fácilmente inflamable, no siempre tiene siempre la razón y precisamente por eso elige a unos representantes a los que se les supone una capacidad y formación que les posibilitan tomar de forma adecuada las difíciles y complicadas decisiones que acarrea el poder. En esto consiste la democracia. Polibio tenía claro que la igualdad y horizontalidad absolutas son inviables como fórmulas de gobierno ya que conllevan la existencia de una guerra continua entre individuos deseosos de imponer su poder. A este estado lo llama ojlocracia, que no es otra cosa que el imperio de la turba, de las masas descontroladas. Como solución menos mala a este caos, frente a la opción de la excluyente aristocracia se erige la democracia, en la que una elite popular es quien ostenta el poder que el pueblo le otorga.

Obviamente nos encontramos ante un problema. Los políticos no han sabido desempeñar su papel en el delicado equilibrio del sistema democrático y lo han llevado a al abismo de la demagogia. La mediocridad política combinada con la ojlocracia twitteriana ha dado como resultado una nueva forma de dictadura del pueblo que a mi personalmente me saca de mis casillas. Hasta el último tonto puede influir en decisiones cuyo alcance a penas puede vislumbrar ya que los políticos se cagan de miedo cada vez que la masa del Twitter se revuelve. Los telediarios dedican espacios a comentar las opiniones de sus espectadores, como si lo que dice @maria74 o @superpepeXX fuera de vital importancia para que comprendamos por qué pasa lo que pasa. Y como consecuencia, entre unos y otros consiguen que el debate sobre temas complejos y de enorme importancia se dirima en frases de no más de 140 caracteres tan impactantes como simplistas y, nunca mejor dicho, demagógicas. Como todo, hay excesos que se pueden corregir y no se puede culpar al medio del mal uso que de él se haga. Pero sí es cierto que las redes sociales son el transmisor ideal para la propagación de la más peligrosa de las dolencias: la estupidez.
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