Y Vargas Llosa dijo no
martes 24 de enero de 2012, 21:35h
Que el Gobierno haya pensado en Mario Vargas Llosa como presidente del Instituto Cervantes, y que el rey haya aceptado hacer de mediador en la propuesta son cosas perfectamente razonables. Y lo es también que el premio Nobel haya desestimado el ofrecimiento. Apenas habré intercambiado con él una veintena de protocolarias palabras las veces que ha acudido a la Fundación Ortega-Marañón. Quiero decir que no lo conozco y se me escapan los íntimos motivos de su negativa, aunque sea fácil fantasear algunos: el miedo a que las cargas burocráticas y de representación que conllevan estos cargos le quite demasiado tiempo para escribir los libros que tiene en la cabeza, o el temor a que las fuerzas flaqueen ya por la edad y no le permitan desempeñar como es menester una función tan importante.
Vargas Llosa, presida o no el Cervantes, será siempre el mejor embajador de la lengua española y de la cultura en español. Allá donde vaya, va con él la palabra y la tradición que hay tras de ella, procedente de este y del otro lado del Atlántico. O sea, que no necesita ningún título o reconocimiento para ejercer la función diplomática que ya desempeña gratuitamente. Su presidencia hubiese realzado aún más un organismo que se ha ganado su prestigio a base de esfuerzo y buen hacer durante muchos lustros, con el apoyo de todos los gobiernos. Impresiona conocer la cantidad de centros que hay por el mundo, la inmensidad de alumnos que estudian en sus aulas, la vitalidad con que se promueven todo tipo de actividades que tienen a la cultura en español como referente. Vargas Llosa hubiese puesto a todo esto un marchamo de excelencia y es seguro que también hubiese ideado nuevas iniciativas que hubieran engrandecido al Cervantes, lo que podrá hacer, en cualquier caso, desde el patronato de la institución.
El Gobierno hizo una apuesta fuerte al filtrar intencionada o ingenuamente su propuesta, pero la negativa de Vargas Llosa no puede suponer en ningún caso rebajar las expectativas puestas en el Cervantes como la gran embajada de la lengua española y de la cultura en español. El interés por el español se debe principalmente a que hay una gran comunidad de hispanohablantes en América –incluido Estados Unidos– que es un mercado potencial para todo tipo de inversiones, como bien ha mostrado en sus estudios José Luis García Delgado. Pienso que también ha contribuido a este interés lo que algún historiador llama la “historia de un éxito” para referirse al periodo que va desde el fin de la dictadura a nuestros días; calificativo que responde a factores como la consolidación de un Estado social y democrático de derecho, la modernización y europeización de la sociedad española y el hoy casi olvidado crecimiento económico. Si se estudia español en el mundo es, sobre todo, por las puertas que abre a un vasto mercado en el que invierten las empresas.
Pero claro está que esta lengua tiene tras de sí una historia y una cultura configurada a lo largo de siglos, las cuales conviene transmitir junto al conocimiento del idioma. Esta cultura, enriquecida por todos los territorios de habla hispana, está evidentemente viva, es decir, abierta y reconfigurándose a cada instante, con la riqueza que ofrece además la variedad de países en que la lengua española es el instrumento de comunicación, de ideación, de creación...
Los arcaicos recelos hacia la historia y hacia la cultura española de las generaciones que sufrieron una parcial, sesgada y tosca interpretación de nuestro pasado pienso que pronto pasarán y, sin alharacas de vano patriotismo, se verá con mayor objetividad lo que la cultura española representa en la conformación de la civilización occidental, como bien vieron algunos de los autores más lúcidos de nuestro siglo XX: Unamuno, Machado, Ortega, Zambrano, Lorca...
El Gobierno español tiene que ocuparse de la difusión de la cultura española por su valor intrínseco y por el prestigio que ésta puede aportar a la visión que desde fuera se hacen de nuestro país, lo que se traduce en un capital simbólico que trae réditos en forma de turistas e inversiones empresariales. Mas el Gobierno no puede desconocer que la cultura española tiene que entenderse dentro del ámbito mucho más amplio de la cultura en español, por lo que la labor del Cervantes debería coordinarse siempre lo máximo posible con las políticas culturales de los países de habla hispana. Pienso que el Gobierno está en esto, y será un acierto. El acierto en la elección de la persona que se ponga al frente es, sin duda, importante para cumplir estos objetivos.
A modo de coda nada brillante: me sorprendió la forma en que la vicepresidenta justificó el pasado viernes, tras el Consejo de Ministros, la negativa de Vargas Llosa. Daba la impresión, quizá errónea, de que no entendía cómo se podía rechazar un puesto de tal relumbrón. Hay gentes que no tienen mentalidad opositora ni aspiran a cargos y algunos ni siquiera a las no siempre dulces mieles de la fama, se conforman con que la vida les dé tiempo para cumplir su vocación y ésta, a veces, raras veces, pasa por la tranquilidad de un despacho, aunque esté destartalado, unos libros, aunque sean pocos, pero doctos, que decía Quevedo, y una hoja en blanco, aunque sea la de la pantalla de un viejo ordenador, sobre la que fabular una historia.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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