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Escritores: entre el contrato y la pared

miércoles 25 de enero de 2012, 21:23h
La cinta titulada Anonymous, del director Ronald Emmerich, pretendía desvelar la verdadera identidad del autor de las obras hasta ahora atribuidas a Shakespeare. Según el oportunista guión, no fue el cerebro del famoso ciudadano de Straford Upon Avon el verdadero creador de las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa, sino Edward de Vere, 17 Duque de Oxford, quien a causa de su posición social nunca pudo disfrutar del honor de ver su nombre en la portada de los manuscritos que contenían las piezas que con tanto éxito se representaban, para deleite del entusiasta público londinense, en el mítico teatro The Globe. No podía hacerlo, precisamente porque en la época aquello no constituía ningún honor, por lo menos, no para un miembro de la aristocracia, que debía de mantenerse muy por encima de tan peculiar menester. En una de las escenas finales de la película, su propia esposa acusa al duque de haber llevado la desgracia y la deshonra a la familia por culpa de una obsesión tan insana e indigna como la de escribir. ¿Por qué lo haces?, le pregunta entre lágrimas, a lo que Edward de Vere responde que si no escribiera lo que los personajes que moran en su cabeza le susurran, y a veces hasta le gritan, haría tiempo que se habría vuelto completamente loco.

No exagera. La mayoría de las veces, el escritor se pone a las órdenes de esas voces porque es la única forma que encuentra para descansar, para irse a la cama sin la amenaza de que lo susurrado en su cerebro durante el día le obligue a levantarse en mitad de la noche para plasmar en la pantalla frases y situaciones que exigen ser contadas. En definitiva, para no volverse tarumba. Cada escritor, por supuesto, tiene su método y la mayoría, con el tiempo y la experiencia, aprende a vivir escuchando, imaginando, visualizando y acogiendo situaciones ficticias de personajes ficticios con la más absoluta normalidad. Llegando con todos ellos a un acuerdo para que no incordien, salvo en los momentos en los que toca ponerse a escribir. Lo malo es cuando ese tiempo no llega. Entonces, la ficción se cansa de esperar y reclama la atención que está convencida de merecer. Todo esto debería de ser bastante para explicar por qué con los tiempos que corren, aún siguen apareciendo escritores en cualquier rincón del planeta. ¿Hay alguien que no conozca personalmente a un escritor?

Así, la vocación se acerca a una especie de patología extraña y poderosa, porque son los menos los escritores que no se limitan a poner por escrito – lo mejor posible, eso sí – las peripecias que alguien que no existe les dicta en su cabeza. Uno es escritor porque tiene una historia que contar y los elementos necesarios para hacerlo de una forma literariamente rica, elegante, solvente y, en definitiva, artística. Y pasados aquellos tiempos de mecenas que apoyaban a los artistas en quienes creían, hoy la vida de muchos de estos locos de la ficción se tambalea entre su necesidad de narrar una historia que llegue a la mayor parte de lectores y la pura y dura realidad mundana de subsistir sin ayuda de ningún tipo. Y, por supuesto, los inicios son a veces tremendamente desalentadores. No sólo por la soledad de una profesión que se ejerce durante todo el día, porque en realidad el escritor se evade en su mundo y allí es feliz, sino por el momento en el que regresa a la realidad y descubre que no existe un medio sencillo para que su historia vea la luz al mismo tiempo que ello le sirve como medio de vida. ¿Es un trabajo? ¿Una obsesión?

Manuscritos enterrados en cajones y archivos de Word almacenados en el ordenador han sido muchas veces los injustos cementerios de obras que merecían servir de cultural entretenimiento o simple placer para los lectores. ¿Cómo dar cabida a tantos textos? Hoy, algunos de ellos se han convertido en un inesperado hueco de mercado para unos cuantos lucrativos negocios que se hacen llamar editoriales y llevan pomposos apellidos.

Y aunque sean pocos, hay que tener cuidado con ellos Porque venden libros, pero no aman ni respetan verdaderamente a quienes los han escrito.

Como si los libros hubieran surgido por generación espontánea. Es un negocio relativamente fácil, porque al escritor puede cegarle momentáneamente su sed de publicación. La jugada es que el empresario que quiere llamarse editor no se compromete, en realidad, a nada. Ni siquiera a publicar un mínimo decente de ejemplares. Los hay que proponen publicar – para empezar, dicen – 100 ejemplares, que el escritor deberá vender entre sus amigos y familiares el día de la presentación de la obra. En todo caso, los venda o no, tendrá que quedarse con ellos. Pagando, claro. Como decía, son pocos, pero están ahí, ávidos de apasionados escritores con la cabeza tan llena de pájaros que ya no son capaces de distinguir a los enmascarados asaltantes de la diligencia.

Otra opción que han encontrado algunos escritores, ésta mucho más real y que, por lo menos, llega de frente y sin disfraz, es la de pagarse su propia edición. Los libros son suyos desde el minuto cero y aunque aquí está el peligro de encontrarse con precios abusivos o resultados de poca calidad editorial, al menos el autor no hipoteca su creatividad ni la entrega en exclusiva durante años. Ya lo están haciendo cada vez más escritores para dar los primeros e importantes pasos que marcarán su carrera literaria aunque, por desgracia, ello suponga exponerse, en ocasiones, a un fratricida reproche a manos de algunos de sus propios compañeros de letras y, especialmente, de buena parte de la distribución en el sector.

Increíblemente aún hay quienes piensan que un autor que se autopublica, lo hace porque su obra no es buena y no porque haya optado por un camino distinto, de carácter emprendedor, para explotar su propia obra. De modo que se veta la posibilidad de que sean los lectores quienes digan la última palabra y premien o no al escritor teniendo en cuenta lo verdaderamente importante, el libro, y no la forma en la que éste ha llegado a la librería. Aún queda camino por recorrer para que los estantes de muchas librerías reserven con total naturalidad un espacio a las obras que llegan directamente de su autor, sin intermediarios. Para que las publicaciones culturales se fijen en ellas con el objeto de reseñarlas, igual que lo hacen con cualquier otra. Para que, como en el caso de la película The Artist - muda y en blanco y negro -, pueda haber espacio para la sorpresa en forma del aplauso de un público que, según habían vaticinado todos los expertos, jamás acudiría a verla.

Nunca es bueno discriminar, como tampoco lo es, en ningún caso, generalizar.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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