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tribuna

Zapaterismo a la francesa

miércoles 01 de febrero de 2012, 09:23h
Cuando apenas quedan tres meses para la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, el candidato socialista, François Hollande, ha presentado un programa de gobierno bastante detallado y cifrado, que ha recibido ya más críticas que elogios. Animado, seguramente por los sondeos que le atribuyen una neta ventaja sobre Sarkozy –entre 3’5 y 6 puntos según las diversas encuestas- Hollande ha lanzado un órdago en la clásica línea de la izquierda más añeja. Curiosamente, acepta algunas de las previsiones macroeconómicas del actual Gobierno (déficit del 3 % en 2013 y presupuesto equilibrado en 2017, año final del próximo mandato presidencial), muy posiblemente porque se trata de compromisos adquiridos por Francia frente a la UE, y hasta se muestra más modesto en sus previsiones de crecimiento del PIB: 0’5 % en 2012; 1’7 % en 2013 y tasas del 2% o poco más hasta el fin del mandato. Pero, a partir de ahí, Hollande deja volar su imaginación en el más puro estilo socialista con una subida generalizada y permanente de impuestos, tasas y cotizaciones sociales, prometiendo, además crear 150.000 empleos subsidiados para jóvenes. La lectura de las propuestas de Hollande recuerda aquellas promesas de Zapatero –sobre todo entre 2008 y 2010- cuando la crisis era una palabra nefanda y quienes se atrevían a referirse a ella eran descalificados como “antipatriotas”. No puede extrañar que un diputado de la mayoría gobernante haya señalado que “Leyendo las proposiciones superficiales de François Hollande he comprendido, por fin, que no hay crisis”.

La comparación con Zapatero no se queda ahí pues, en la misma línea que tan bien conocemos los españoles, el candidato socialista galo se compromete a aprobar el matrimonio y el derecho de adopción de los homosexuales, además de reconocer el derecho a la eutanasia. Por otra parte, la edad de jubilación, que en Francia está ahora en los 62 años, se rebajará hasta los 60. A los expertos que han empezado analizar las propuestas económicas no les salen las cuentas, pues los ingresos previstos no van a poder cubrir todos los compromisos adquiridos ni respetar los porcentajes de déficit a que aludíamos más arriba. La impresión general es que las medidas van a cargar sobre las clases medias, aunque Hollande se presentó como su valedor y afirmó que “se las ha maltratado durante cinco años, pero a partir de ahora se las protegerá”. Por prometer que no quede. Se estima también que estas medidas no van a agilizar el mercado de trabajo y que supondrán cargas adicionales para las empresas. Un experto ha señalado que “lo que más sorprende en el programa del PS es la ausencia de la palabra “competitividad”. Seguramente no es casual que no se prevean reformas estructurales de entidad. Una serie de medidas, en suma, que no la van a dar el dinamismo necesario a la economía francesa. Unas malas perspectivas para Francia, pero también para Europa pues se trata de la segunda economía de la zona euro.

Todo ello indica, además, que la llamada socialdemocracia sigue sin encontrar su sitio en este mundo globalizado y que, desde luego, carece de fórmulas para salir de la crisis. Desde que el socialismo tuvo que abandonar su viejos dogmas en los años ochenta del pasado siglo se han ensayado, con escasos resultados, “terceras vías” y se ha intentado “confederar” a todas las minorías que, por unas u otras razones, se sentían incómodas o marginadas en “el sistema”. Pero ya no proponen ninguna alternativa a la economía de mercado, sencillamente porque no existe. No se han olvidado los resultados del llamado “socialismo real” y nadie apostaría en serio por ese “socialismo del siglo XXI” que acaudillan Chávez y los Castro. No deja de ser curioso comprobar cómo en la presente crisis los socialistas se aferran a Keynes que, aparte de que sus recetas no dieron el resultado apetecido, no tenía ni un pelo de socialista. No hay más que ver el debate que se está produciendo en el PSOE, a la búsqueda de un candidato presentable, para concluir que el socialismo anda como a tientas y en un cuarto oscuro, sin encontrar la salida.

Pero, aunque no hay alternativas a la economía de mercado, lo que sí es cierto es que el capitalismo puede funcionar mal y esta crisis es un buen ejemplo. Hasta en ese gran sínodo del capitalismo moderno que es el Foro Económico Mundial de Davos, que acaba de celebrar su reunión anual, se ha suscitado esta cuestión. Y su presidente ejecutivo, Klaus Schwab, ha dicho que “el capitalismo, en su forma actual, no se acomoda al mundo que nos rodea”. Y ha añadido que “no hemos sido capaces de aprender las lecciones de la crisis financiera de 2009”. A partir de ahí se suscita el problema de la regulación. Una encuesta realizada en 24 países (24.000 entrevistas) ha preguntado a los encuestados si considera suficiente, demasiada o escasa la regulación existente en su país. Los resultados son interesantes y, en general, muestran que en todos o casi todos los países se acepta la lógica de la economía de mercado, al tiempo que se entiende que es necesario un determinado nivel de regulación para que las cosas funcionen bien y para evitar abusos. Nadie apuesta por la ley de la jungla del primer capitalismo decimonónico. Y un dato curioso que se refiere a España: el país que registra un mayor porcentaje de entrevistados que estiman que la regulación existente no es suficiente es, después de China (75 %), precisamente el nuestro, en el que un 69 % de los entrevistados piden más regulación. En el comentario que acompaña a la encuesta se señala que en España, como en Irlanda (59 %) y en Italia (56 %) se pide una mayor regulación porque se estima que existe una insuficiente o inefectiva regulación bancaria. Resulta que aquel famoso sistema financiero que Zapatero presentaba como el mejor del mundo no es tan bueno como él lo pintaba. Falta, seguramente, regular más eficazmente algunos aspectos de la actividad bancaria. Pero, sobre todo, es obligado cumplir las regulaciones ya existentes y que los órganos reguladores, como el Banco de España, se tomen en serio su misión.
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