Reformas educativas: del dicho al hecho
jueves 02 de febrero de 2012, 01:32h
Contar con un sistema educativo sólido, coherente, competitivo y bien estructurado es un elemento absolutamente imprescindible para el desarrollo y progreso de cualquier país. Siempre es así y más, si cabe, en los tiempos de gravísima crisis que nos asola. En este sentido, sin duda, abre una puerta a la esperanza la comparencia del ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, ante la Comisión de Educación del Congreso. La reforma educativa es prioritaria. La idea que se ha propagado machaconamente de que tenemos la generación mejor preparada de la Historia no deja de tener mucho de mito, de demagogia, y de ilusión que choca contra la fría y tozuda realidad que nos remite a un alto índice de fracaso escolar, a que España aparece de manera sistemática en los últimos puestos de los sucesivos Informes PISA, y a que ninguna de nuestras universidades está en las listas que periódicamente se confeccionan de los mejores centros de enseñanza superior del mundo.
El señor Wert, entre otras medidas, planteó la puesta en marcha de una Formación Profesional que sea compatible con prácticas en empresas para acercar todo lo posible la educación al mercado laboral, pues, como bien ha señalado el ministro “aprender trabajando aumenta las posibilidades de empleo”. Asimismo son acertadas las iniciativas de ampliar el Bachillerato a tres años, diseñar un Plan de Bilingüismo para que pueda entrar en las aulas el próximo curso, eliminar la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía -que tenía aspectos muy controvertidos y era percibida por una parte de la opinión como una manera de adoctrinamiento sectario- y sustituirla por Educación Cívica y Constitucional, que proporcione a los alumnos de manera objetiva y no ideológica una formación en los presupuestos de la democracia plural (aunque quizá en este punto hubiera bastado con cambiar el contenido de la asignatura manteniendo el nombre) y la elaboración de un Estatuto del Docente que recoja su condición de autoridad pública antes de que llegue a una situación ingobernable el deterioro de la convivencia en los centros escolares, y que facilite el desarrollo profesional de los profesores con incentivos a su labor. En definitiva, la clara apuesta por los principios del esfuerzo, la responsabilidad y el mérito, tanto en profesores como en alumnos, así como por la excelencia en todos los niveles educativos hacen que los proyectos anunciados por el ministro de Educación resulten positivos y merezcan apoyo.
Ahora bien, es de capital importancia que, como en demasiadas ocasiones suele ocurrir, no se quede todo en buenas intenciones. La tarea no es fácil, y para ella el señor Wert deberá emplearse a fondo. Y quizá no estaría de más que promoviera el consenso con la oposición y con las Comunidades Autónomas para que de una vez por todas se consiguiera una política de Estado en materia tan sensible como la educativa. La denomina “Estrategia Nacional de Calidad” propuesta por el ministro va en el camino correcto. Pero son solo líneas maestras que deben concretarse mucho más y llevarse a la práctica con absoluta diligencia y prontitud. Se ha dado un paso pero queda un largo trecho por andar.