Hay algo que está claro y que cualquiera con dos dedos de frente entiende: lo que no funciona –o funciona mal– hay que cambiarlo. España no marcha y hay que hacer algo. La confianza de los mercados en nuestro país parece que mejora, a pesar de que “nuestras amigas” las agencias de rating nos bajan la calificación. Colocamos toda la deuda que subastamos a tipos más bajos, eso es bueno, pero los datos del paro siguen clavándose mes tras mes y no hay forma de parar la hemorragia. En este punto, una reforma laboral no es que sea necesaria, es que se torna urgente.
Este viernes se nos presenta la reforma financiera, cuyas obligaciones van a cambiar más todavía el panorama de la banca nacional con nuevas fusiones y procesos de integración. Sin embargo, esto se aleja de la realidad cotidiana del ciudadano que tampoco comparte simpatías por el sector y lo que de verdad marcará la diferencia entre que España arranque o siga esperando a que el semáforo se ponga en verde será la reforma laboral que el Ejecutivo presentará la semana próxima.
Se espera que el mero hecho de que se presente el texto será incentivo suficiente para generar empleo, ya que, como explicaba un experto en Economía en una noticia firmada por Alberto López en este diario, "muchos empresarios están esperando a escuchar los ajustes fiscales y laborales para
empezar a contratar". Este cambio es absolutamente necesario, ya que la certidumbre tranquiliza y eso es fundamental para el que quiere invertir sus dineros.
Nos alegramos de que Rajoy siempre haya tenido claro que hay que reformar. Sabe que hay que darle nuevos bríos a la forma de administrar, pero no se ha quedado sólo en cambiar la cosa económica y en pocos días su equipo de Gobierno nos ha apabullado con una ola de novedades en campos dispares.
Lo que esté por venir se sumará a lo presentado, pero de momento, ya tenemos anuncio de reforma de la ley del aborto, cambios en el Bachillerato y la ESO, sustitución de Educación para la Ciudadanía, modificaciones en el código penal, habrá un nuevo plan personalizado contra la violencia doméstica, un nuevo plan hidrológico nacional, tendremos tarjeta sanitaria única como único será el calendario de vacunaciones. Se apoyará vía fiscal a las familias, habrá también nuevos procedimientos de adopción y acogida e, igualmente, una nueva ley del menor. Además, los notarios podrán casar y sin tiempo por medio para un par de discusiones también podrán divorciar. Y todo esto después de subirnos los impuestos. Para el que quería reformas, ¡toma dos tazas!
Y digo yo: Hemos quedado en que es necesario un cambio cuando la cosa no funciona, pero ¿estamos preparados para esta avalancha reformista? ¿Es absolutamente necesario hacerlo todo a la vez para que surta efecto? ¿Conseguirá el presidente del Gobierno su objetivo de salir del “lío” o los jóvenes tendrán que seguir pensando seriamente en la emigración?
Al final, parece que Rajoy le va a dar la razón unos cuantos años después a Alfonso Guerra, que dijo aquello de que “el día que nos vayamos de España –por él y su partido– no la va a conocer ni la madre que la parió”. ¡Cuánta razón! Ha sido salir el PSOE del Gobierno y convertirse en trascendentales e inevitables drásticos cambios en todo ámbito. Y el día que culminen, si éstos salen bien, estaremos hablando de un país nuevo, de un país reformado y esperemos que escarmentado. Así sea. Hace falta.