Moscú y Pekín, baluartes de la sangría siria
viernes 03 de febrero de 2012, 00:29h
La violencia criminal de la dictadura siria sigue generando un terrible reguero de sangre entre la población civil. El centro de Documentación de Violación de Derechos Humanos ha informado sobre la ejecución de más de 7.000 ciudadanos sirios en los últimos diez meses de revuelta, una cifra que se incrementa con un promedio de 60 nuevas muertes diarias. La comunidad internacional tiene la obligación de contribuir a dar una salida a una brutalidad tan inaceptable, pero los organismos internacionales tienen las manos atadas para hacerlo debido a los vetos que, hasta ahora, imponen China y Rusia. Parece que la ayuda a los ciudadanos sirios pasa primero por convencer a ambas potencias de la necesidad de intervenir y garantizarles que la intervención no sería una máscara para obtener ningunos otros beneficios.
Así lo ha entendido la canciller germana Angela Merkel en su visita al país asiático, donde ha sabido combinar su defensa de la eurozona con la petición a las autoridades chinas para que apoyen sanciones de la ONU contra el régimen ensangrentado de Bashar al-Assad. Solo podrá hacer Merkel presión sobre Pekín, que posee más de 500.000 millones en deuda soberana europea, convenciendo a sus interlocutores de la racionalidad y sentido de la justicia que supondría que Naciones Unidas hable con una sola voz sobre esta cuestión y de la necesidad humanitaria de evitar un sufrimiento aún mayor a la población siria. Tarea difícil la de la señora Merkel ante el régimen de Pekín, que no se caracteriza precisamente por sus excesivos escrúpulos en cuanto a derechos humanos con su propia población, a la que controla con mano de hierro.
Más obstáculos pondrá Moscú a las propuestas de la Liga Árabe –respaldada por los países occidentales- y del Consejo de Seguridad de la ONU para detener la sangría. Rusia está actuando como un firme baluarte del presidente Bashar al-Assad por razones estratégicas, ya que posee tropas y base logística militar en Siria, convirtiendo este país en un socio al que defender de cualquier acción exterior. Aunque esto parezca un motivo inexpugnable para que Moscú mantenga su veto a cualquier resolución de Naciones Unidad, lo cierto es que tener como socio a Siria no debería ser lo mismo que tener como socio a un dictador como al-Assad. Dentro de las transacciones diplomáticas podría garantizar su relación privilegiada con Siria sin tener que preservar a un sátrapa con las manos cada día más ensangrentadas. Difícil equilibrio diplomático, pero no imposible. Pues al igual que en el caso de Pekín, los actuales inquilinos del Kremlin no se singularizan por un gran apego a las reglas democráticas ni por ser paladines de los derechos humanos. Estos días se vienen registrando crecientes protestas contra el Partido Rusia Unida de Putin tras el presunto fraude en las elecciones de diciembre. Con personalidades y regímenes de tal sensibilidad es complicado obtener una respuesta humanitaria ante el baño de sangre sirio.
En todo caso, conociendo estas circunstancias reales, la diplomacia de la Liga Árabe y de los países occidentales democráticos que la respaldan no deberían cejar en su empeño de negociar un cambio de postura tanto de Moscú como de Pekín, pues en caso contrario cualquier gesto para resolver la violencia en Siria estará condenado al fracaso y nuestros medios de comunicación seguirán emitiendo feroces carnicerías sin que podamos hacer otra cosa que lamentarnos con impotencia.