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Antoni Tapies: La materia tenía espíritu

Pedro González-Trevijano
martes 14 de febrero de 2012, 21:33h
La materia tenía espíritu. Éste es el testamento del autodidacta, pues no pasó por ninguna Escuela de Bellas Artes, Antoni Tapies. Sin duda el artista español más internacional, por lo que no hay que creer alguna de sus conocidas boutades: “creo que soy un mateur del arte”, salvo que demos al término una connotación de aprendizaje continuo, de compromiso con el aprendizaje renovador, de un sacerdocio laico en pos de una aprendizaje a vivir, del aprendizaje explorador e improvisado y, por ende, a pintar, por más que la obra del catalán desborde la pintura tradicional al óleo. En su trabajo se dan cita los más diversos materiales: óleos, lienzos, tablas, collages, gouaches, cartones, hilos, carteles, aluminio, polvos de mármol, calcetines, sillas, camas…Y algo tan importante como la pluralidad de medios creativos. Me refiero al modo, a la manera, en fin, a la huella, de cómo deviene y finaliza el proceso creativo. Un proceso creativo contenido en las gamas cromáticas, y profundo en sus pinceladas, paletadas e incisiones.

Tapies era además un intelectual. Nunca tan cierta quizás la expresión de que la pintura es una actividad mental. Tapies disponía de una vasta y variada formación; se nos antojaba como un hombre del Renacimiento, que había transitado por los más diversos lugares: dadaísmo (sobre todo, tras la lectura de un artículo en la Revista D´Aci D´Alla del poeta J.V. Foix), surrealismo, expresionismo, la abstracción, el arte materico, el informalismo, hasta llegar, con sus cruces y números, al final del trayecto. Nos referimos, si me permiten, al tapismo, tras pasar por el mítico Dau al Set y en los primeros años una parada inexcusable en el camino: la vista, como tantos otros, al inabarcable Pablo Picasso, así como su relación con el sencillo Joan Miró. Salvador Dalí le interesó menos. Entre tanto ahí quedan sus viajes en busca de la luz de los dos faros más importantes de la época: París (Picasso, primero) y Nueva York (Pollock, Rothko) más tarde.

Su obra estaba siempre transida por la espiritualidad, el sentimiento y los afectos. Unas sensaciones que Tapies creaba y recreaba de forma casi siempre rápida e inmediata. Nuestro hombre era un chamán narrativo que necesitaba hacer una obra táctil, gestual, matérica en muchas ocasiones, comprometida siempre, abrupta y torturada, como José de Ribera, implacablemente exigente en pos de la excelencia, con sentido del compromiso, y fascinante hasta el final. Siempre contemplando con emoción y calidez, y siempre tratando de encontrar los referentes de la condición humana, que logra sintetizar en sus particulares símbolos. Esto es, una obra transida de espíritu y silente. Lo que hace creando, desde un profundo conocimiento de la cultura occidental y oriental, un estilo personal. Un estilo propio que no le impide convertirse, simultáneamente, en un apasionado estudioso de las ideas de los otros (disfrutaba de una excelente biblioteca) y de una cuidada colección de arte de los demás (era un buen coleccionista.)

Pero Tapies no era un creador encerrado en una jaula de cristal impermeable a las preocupaciones políticas de su tiempo. Por el contrario, siempre fue un catalanista convencido y un militante activo frente a la dictadura del franquismo. Un hombre que hizo de la ética personal una exigencia inquebrantable. Alguien que creía en la capacidad taumatúrgica del arte, que nunca entendió el arte aislado de los problemas e interrogantes que inquietan al hombre, a quien Tapies deseaba abrir, sin pretensiones, las claves de la existencia. Unas claves que antes había descubierto en sus libros, sus inseparables libros, desde los lejanos tiempos de su estancia en el Sanatorio de Puig de Olena y la lectura inolvidable de la Montaña mágica de Thomas Mann.

Pero si quieren saber más, no hay como sumergirse, para empezar, en su libro autobiográfico Memoria personal, o en sus obras Comunicación sobre el mundo, Nada es mezquino o Él arte contra la estética. O la opinión del crítico y amigo Juan Eduardo Cirlot: Tapies (1960) y Significación del pintura de Tapies (1962). Fue amigo además de Joan Brossa, Octavio Paz, José Miguel Ullan, Antonio Gamoneda, Joao Cabral y Jacques Dupin, pero me quedo para su despedida con el poema de José Ángel Valente, Cinco fragmentos para Antoni Tapies, donde se puede leer a modo de corolario de la obra del artista: “entrada radical a la materia, contemplación de la materia, la obra de Tapies niega, por su naturaleza misma, toda ruptura entre espíritu y materia”. Adiós maestro, y gracias.

Pedro González-Trevijano

Catedrático de Derecho Constitucional

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