paso cambiado
El PP, único partido o partido único
viernes 17 de febrero de 2012, 12:53h
La resignación del PSOE como partido influyente en España ha sido la nota más sorprendente en la política nacional de los últimos años. Porque, aunque sus siglas siguieron representando a un amplio número de votantes en las elecciones generales de 2004 y 2008, lo que otorgó al antiguo partido de Pablo Iglesias la posibilidad de gobernar, lo cierto es que como formación política, el PSOE se ha ido diluyendo por goteo en las últimas dos décadas.
La explicación de ello la tiene el enquistamiento ideológico, pues la última renovación socialista se produjo en 1978, cuando Felipe González forzó con bastante violencia moral el abandono del marxismo y el ingreso tardío en la socialdemocracia. Pero, después de él, el otro intento de refundación socialista, el de Zapatero, sólo sirvió para introducir al PSOE en la confusión, con ese populismo radical o ese radicalismo populista, que tiene de socialista lo justito.
Pero no sólo es un problema de ideología. El PSOE, no sé por qué razón, no se ha parado a meditar su progresiva ausencia de cuadros formados. No es casualidad que sus últimos números dos, José Blanco y ahora Elena Valenciano, ni siquiera tuvieran tiempo o ganas de terminar una carrera universitaria. Que algunos de sus presidentes en Comunidades Autónomas tampoco la tuvieran. Y, por tanto, mucho menos que alcanzara la mayoría de sus dirigentes espacios de excelencia en el rango profesional o el de los altos funcionarios, lo que no es imprescindible, ni quita un ápice de habilidad política a estos dirigentes, pero demuestra una forma de entender la función política.
Resulta, por tanto, que la última generación de dirigentes con preparación contrastada fue la que emergió del final del franquismo. De entonces aquí ha pasado mucho, y cada vez se ha dado menos valor en las filas socialistas a esa cualificación, sino más bien a la profesionalización en el partido. Y la apoteosis llegó con un presidente que no había tenido contacto alguno con la vida profesional, salvo una relación tangencial con el empleo como profesor asociado. Y, eso sí, mucho cargo orgánico.
Parecida pregunta debería hacerse el PSOE respecto a la disminución de su militancia. Ellos la atribuyen a su solicitud obligatoria de cuotas. No es toda la verdad. Lo cierto es que el PSOE no se ha hecho atractivo a las últimas generaciones de españoles, porque no han reclamado la excelencia, sino luchado ideológicamente contra ella.
Tanto es así, que en la lucha zapaterista por la igualdad se tropezó con un problema: encontrar entre sus filas mujeres de nivel. Por supuesto que alguna lo tenía (independientemente de su éxito posterior como políticas), pero eran contadísimas excepciones que difícilmente podían confrontar con la avalancha de mujeres contrastadamente preparadas en las filas del adversario.
Sin una ideología definida, sin cuadros y en crisis de militancia, el resultado no podía ser otro que progresivas deficiencias en la gestión, vaivenes, improvisaciones y enormes dificultades para alcanzar el respeto en la interlocución nacional e internacional.
Un agravante aún mayor se sumó a todo esto. Al ser el PSOE el reducto de colocación para sus cuadros alejados de la vida profesional y productiva en su inmensa mayoría, si los tiempos políticos venían mal se iba a producir una implacable lucha interna por ocupar los espacios de poder, o, por decirlo mejor, de los espacios laborales. Que es exactamente lo que está pasando en Andalucía, donde el partido está fracturado no por ideología, sino por instinto de supervivencia, pues si también pierde el poder en esa última parcela regional, la única salida puede estar en unas exiguas listas de parlamentarios que permitan llevar un sueldo a casa.
La situación contraria, en líneas generales, es la del PP. Es cierto que parte de los vicios socialistas puede afectarle, como un exceso de profesionalización en la política, pero ese partido trabajó la transición de otra manera. Porque se hizo atractivo a personas interesadas en la política pero con una previa formación personal muy sólida. Y no hacen falta demasiados ejemplos, pero en el partido presidido por un registrador de la propiedad, sus números dos y tres, ambas mujeres, son abogadas del Estado. Puede parecer sorprendente, pero con el PSOE en el poder (que siempre tiene glamour o atracción de ambiciones) el PP le ha cuadruplicado el número de militantes.
Y, si vamos al terreno ideológico, el Partido Popular, siempre tildado de reaccionario por su procedencia parcial de Alianza Popular, se ha convertido en transversal, agrupando en sus filas sensibilidades liberales, conservadoras, reformistas, democristianas y, si se me apura, hasta socialdemócratas moderadas. Es decir, se ha indefinido y, por lo tanto, se ha hecho susceptible de comprensión, lo que para algunos será un pecado de ambigüedad y para otros un éxito de modernidad, cuando la política en el mundo se ha transversalizado y Sarkozy quiere un impuesto a los ricos y Obama baja impuestos.
No se trata de juzgar si es correcto lo que hace el PSOE o incorrecto lo que hace el PP. Simplemente de decir que el PP ha entendido la evolución de los tiempos y el PSOE no ha sabido digerir las transformaciones. Lo que vale también, en la España actual, para los sindicatos de clase, que no saben si subirse o bajar del Muro de Berlín.
Es posible que la crisis tumbe al PP, y no es inverosímil que alguna vez vuelva el PSOE. Pero, hoy por hoy, los socialistas españoles están más cerca del escenario de desaparición de siglas, como sucedió en la Italia de Craxi, que de la recuperación de un modelo obsoleto. Quizá haya algún socialista al que le interese esto, y piense que hay que darle la vuelta a su modelo de partido como a un calcetín, porque, en el entretanto, el PP parece el partido único de España, o, al menos, el único partido de España.