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¿Terror o cautela ante el cambio climático?

José María Herrera
sábado 18 de febrero de 2012, 20:49h
Hace un frío que pela. De no ser por el calentamiento global, cualquiera pensaría que estamos al principio de una nueva glaciación. Las olas se congelan antes de romper contra los arrecifes, los peces saltadores mueren al endurecerse súbitamente la superficie del océano y el Danubio, que es un río inagotable, se ha convertido en un glaciar. Las imágenes televisivas que ilustran el fenómeno son tan escalofriantes como el recibo de la luz. En París, un rompehielos avanza lánguidamente por el Sena resquebrajando la superficie. Las autoridades prefieren que los ciudadanos bromeen con el éxito de los deportistas españoles a que les dé por patinar de verdad. Algo parecido ocurre en Venecia, donde muchos canales arrastran placas de hielo. No se han alcanzado, por suerte, las temperaturas de hace dos siglos y pico, cuando toda la laguna se convirtió en un témpano -Gabriel Bella inmortalizó el hecho en un bonito cuadro- , pero la navegación en góndola ya no sólo resulta pavorosamente cara, sino también extremadamente peligrosa.

Imaginen cómo debe estar el archipiélago de Svalbard, al norte de Noruega, uno de los lugares más gélidos de la Tierra. Todas esas escenas de osos blanquísimos jugando jovialmente que aparecen en los documentales proceden de aquel helado desierto. El sitio es un auténtico congelador y, por eso, fue elegido hace tres años para contener el mayor semillero del mundo, una especie de caja fuerte donde todos los pueblos pueden depositar semillas de sus plantas autóctonas a fin de protegerlas de posibles desastres. Supongan, por ejemplo, que se cumple la profecía maya y el veintiuno de Diciembre de este año ocurre el fin del mundo, pues lo único que hay que hacer entonces es ponerse en contacto con las autoridades noruegas y recuperar el material previamente guardado para reiniciar de nuevo la historia. El arca de Noé vegetal, que es como lo llaman la gente de letras, o el almacén de recursos fitogenéticos, nombre que prefieren los de ciencias, no sólo está a cubierto de todo salvo de la nieve (que lo cubre a él), sino lo bastante escondido como para sortear cualquier cataclismo: una mina de ciento treinta metros de profundidad a prueba de profecías.

Las semillas son algo maravilloso. Sir Thomas Browne escribió que constituyen una de las magnificencias de la naturaleza y un ejemplo de la obra de la creación: vasta producción a partir de la nada. Hoy incluso se cree que el Universo fue originalmente una semilla y que todo lo que existe, galaxias, constelaciones y agujeros negros, estaba contenido en ella igual que un girasol en una pipa diminuta. La idea, turbadora de suyo, se apoya en los principios de la física contemporánea, pero fue profesada hace siglos por los filósofos presocráticos, precursores de tantas cosas. Empédocles, que anticipó el big-bang, creía que el mundo se expande y contrae periódicamente –en períodos enormes, obviamente- y que en la fase de contracción máxima se produce la fusión de todas las cosas en un punto seminal. También Anaxágoras barajó esta idea. Desconozco si el bosón de Higgs, la partícula de Dios, objeto de las arduas pesquisas de los científicos, tiene que ver con esto, aunque en Grecia, donde la divinidad se relacionaba con el sentido de las cosas, no con su materia, es poco probable que nadie la hubiera llamado así.

Debe haber algún motivo para que los hombres nos hayamos vuelto tan previsores. Nuestros antepasados confiaban más que nosotros en la naturaleza. Bowers, compañero de Scott en su viaje al polo Sur –donde murió en 1912- decía que aún bajo las peores condiciones, la Tierra es un buen lugar para vivir. Ahora la cosa no está tan clara. Hay gente que imagina el planeta convertido a causa del impacto tecnológico en un estéril desierto. La construcción de un semillero universal demuestra que los exaltados no son los únicos que siguen atentamente las especulaciones de los apocalípticos. Quizás es el que el juicio final se retrasa y sentimos impaciencia por conocer el desenlace de la Historia. Del ser humano cabe esperar cualquier cosa, especialmente las más absurdas. Figúrense que acabo de oír decir a uno, hablando de la crisis, que no le importa ser infeliz porque sale más barato.
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