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Libia, ¿enemigo a las puertas?

domingo 19 de febrero de 2012, 09:02h
Al cumplirse un año del comienzo de la revolución en Libia, la situación en el país resulta más que preocupante. Las milicias, formadas por combatientes que lucharon contra el régimen de Muamar el Gadafi, mantienen un arsenal armamentístico, que les ha permitido hacerse fuertes y actuar a su antojo, deteniendo de forma ilegal, torturando, y cometiendo todo tipo de abusos con absoluta impunidad, so capa de que dicen continuar la batalla contra los restos del gadafismo. Estas “qatibas” (brigadas) se consideran a sí mismas legitimadas por haber sido decisivas en la caída del dictador y aseguran que son las únicas capaces de mantener el orden y la seguridad. Pero, muy al contrario, están sembrando las ciudades libias de desmanes y violencia. Organizaciones que velan por los derechos humanos han dado la voz de alarma ante lo que sucede en Libia: Amnistía Internacional ha hecho público un inquietante informe en el que advierte con toda claridad de que el poder acumulado por las milicias, que ejercitan sin ningún control, está poniendo en peligro la esperanza de conseguir una nueva Libia.

Parece que la situación se le ha ido completamente de las manos al gobierno provisional del Consejo Nacional de Transición (CNT), organismo sobre el que también pesan las sospechas, dado que no se caracteriza precisamente por su transparencia. Su líder, Mustafá Abdelyalil, apoyado por los Hermanos Musulmanes, que fue al principio respaldado por la ciudadanía, es hoy objeto de acervas críticas. En este complejo escenario, domina el caos, la incertidumbre y una cada vez mayor frustración de los libios.

La revolución libia, en el marco de la denominada primavera árabe, llevó a pensar en Occidente que se abría una nueva etapa que conducía directamente a la libertad y la democracia. Sin duda, quienes se alzaron contra el despótico y sangriento régimen del sátrapa Muamar el Gadafi, lo hicieron legítimamente, y la caída del dictador, que había sumido a su pueblo en la miseria y la opresión durante décadas, solo pudo ser motivo de satisfacción. No obstante, algunos hechos hacían presagiar que no era oro todo lo que relucía. Los rebeldes entraban a sangre y fuego en áreas civiles, se dio muerte a Gadafi de una manera salvaje y brutal, exhibiéndose luego su cadáver como un trofeo, y los nuevos gobernantes anunciaron en varias ocasiones sus intenciones de crear un Estado islámico basado en la Sharía, ley musulmana emanada del Corán, y cuya interpretación integrista la hace incompatible con un Estado de Derecho.

En el primer aniversario de la revolución, la perspectiva no es tranquilizadora. Está previsto que en el próximo mes de junio se celebren elecciones legislativas. ¿Pero qué comicios verdaderamente libres y democráticos podrían desarrollarse en este caldo de cultivo de caos y violencia? Evidentemente, un primer paso imprescindible es que las milicias entreguen las armas y dejen de campar por sus respetos.

Libia tiene ante sí un enorme reto: los heterogéneos grupos tribales y religiosos que la forman, aglutinados en el CNT, deben tener el objetivo común de la modernización democrática del país. Libia acabó con una tiranía, pero le queda la parte más difícil de ser capaz de establecer una auténtica democracia, respetuosa con el libre juego de partidos, tolerante y sin visiones teocráticas e integristas, y donde sea imposible que una parte de sus ciudadanos, como ahora ocurre con las milicias, esté armada y se tome la justicia por su mano. No se trata de ser agogeros, pero sí -máxime teniendo en cuenta la confusa situación que vive hoy Libia- precavidos. No olvidemos, como ya hemos señalado en estas páginas, el inteligente aviso del pensador Pascal Bruckner: “Las víctimas que se convirtieron en verdugos, es un clásico de la Historia”. Europa, que contribuyó al derrocamiento de Gadafi, no puede desentenderse del proceso libio. Corre el riesgo de encontrarse con un enemigo a las puertas, instalado en un régimen que dominen sus sectores más integristas, que no tenga nada que ver con la democracia, y más feroz, si cabe, que el del propio Gadafi.
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