orient express
Una batalla ganada
lunes 20 de febrero de 2012, 09:54h
La democracia ha ganado esta semana una batalla frente a sus enemigos. El Tribunal Supremo ha confirmado la condena que impuso la Audiencia Provincial de Madrid a los miembros del grupo Hammerskin, una organización criminal dedicada a propagar el discurso del odio, la supremacía blanca, la homofobia, la xenofobia y el antisemitismo que brotan de su ideología nacional socialista; unos nazis, vaya. El Ministerio Fiscal y la acusación popular ejercida por el Movimiento contra la Intolerancia nos han defendido a todos de esta organización delictiva.
Hay que celebrarlo porque la democracia no siempre ha sido capaz de enfrentarse con la decisión necesaria a sus enemigos ni los demócratas hemos tenido la firmeza y el temple de defender los derechos humanos y la libertad cuando los totalitarios se crecen. El pasado nos ha dejado algunas lecciones: si el infausto cabo Hitler hubiese tenido la condena adecuada y la hubiera cumplido como un delincuente común, algunas cosas hubiesen cambiado en la Historia de Europa. En España, si la democracia hubiese aprobado antes la Ley de Partidos Políticos, nos hubiésemos ahorrado años de Herri Batasuna y de ETA, cuyos amigos se pasean por ahí dando lecciones de democracia. Si las cosas funcionasen ahora como es debido, los nazis, los racistas, los terroristas y los demás enemigos de la libertad, la razón, la democracia y los derechos humanos estarían preocupados y seríamos los demás quienes viviríamos tranquilos.
Los jóvenes herederos de lo peor de Europa se dedicaban a hacer conciertos y a difundir propaganda nazi. Así, usaban la capacidad creativa para la destrucción y la siembra del odio. La lectura de la Sentencia es terrorífica. A uno de los condenados se le incautó un documento - denominado "88 preguntas a un Nacionalsocialista¨ - en el que un supuesto entrevistado responde a preguntas -hasta un total de 88- sobre características que hay que tener para ser nazi sin ser alemán: la única condición indispensable es ser de raza blanca. En el documento se ensalza a Hitler y al racismo, y se califica a los judíos de antirraza y basura genética. También arremeten contra los homosexuales -a los cuales se considera anormales y antinaturales- y mantienen, como dice la Sentencia, que la raza aria es la superior, justificando la utilización de la violencia cuando es necesario y negando que en la Alemania nazi se gaseara a los judíos.
Aquí no hay ejercicio legítimo de la libertad de expresión ni de la creatividad ni del libre pensamiento. Al contrario, los nazis –nada de neonazis, estos son como los de los años 30- y sus seguidores en toda Europa, pretenden, una vez más, servirse de las libertades y de las leyes para destruirlas y promover –de nuevo- un discurso de odio cuyas consecuencias ya conocemos todos.
Se envuelven en la bandera de la democracia para promover la tiranía. Dicen defender Occidente para socavar todo lo que Occidente representa: la libertad, la democracia, el Estado de Derecho, la razón y, en suma, la dignidad del ser humano por encima de todo. Estos legatarios de muerte y destrucción se están sirviendo de la crisis para sembrar, de nuevo, el odio contra los extranjeros, los gitanos, los homosexuales, los judíos, ... El victimismo, el rencor y la violencia alimentan un discurso que nutre las canciones de rock radical y las fiestas cerveceras donde se emborrachan antes de ir a patear alguna cabeza. Por supuesto, actúan siempre en grupo: los nazis siguen siendo los mismos cobardes del pasado.
Ahora bien, estos jóvenes delincuentes son la tropa de choque, no los jefes. Ésos no se manchan las manos: siempre hay algún cabeza rapada a quien azuzar contra los enemigos. Formulemos, pues, las preguntas inquietantes: ¿quién financia a estos grupos? ¿Quién los lidera y los forma? ¿Quién diseña las estrategias del odio que después estos criminales difunden? ¿Dónde están los padres y las familias de esos jóvenes cuando empiezan a frecuentar los ambientes neonazis?
Esta semana los demócratas hemos ganado una batalla pero el combate por la libertad y la democracia se sigue librando hoy en los ayuntamientos y los barrios, en las zonas de ocio y los colegios, en los institutos, las universidades y los parlamentos. Cada vez que un concejal fomenta la xenofobia, cada vez que una asociación convoca una conferencia para extender el antisemitismo o la homofobia retrocedemos un paso. Cada vez que se impone la ley sobre los apologetas del odio, ganamos una batalla. No bajemos la guardia.