La vía griega
lunes 20 de febrero de 2012, 22:37h
Las calles de Madrid y de otras ciudades españolas han visto el pasado domingo, con los sindicatos “de clase” abriendo marcha, las primeras movilizaciones contra le reforma del mercado laboral que acaba de aprobar el Gobierno. No se movieron cuando el anterior Gobierno socialista anunciaba falsos brotes verdes mientras se disparaban las cifras del paro hasta niveles de vergüenza nacional, pero se manifiestan apenas el Gobierno de Rajoy se ha arremangado para poner freno a la crisis. La conclusión se impone: querían que todo siguiera como antes: con un deterioro imparable y sin ningún horizonte de esperanza. Argumentan que el paro va a continuar aumentando y, desgraciadamente, así va a ser en una primera fase porque ni esta ni ninguna otra reforma puede parar en seco la desastrosa inercia de casi ocho años de incompetencia. Varios ministros ya lo han dicho pero también han asegurado que esta reforma es el primero, obligado y necesario paso para que las cosas empiecen a cambiar.
Aunque acusen a la reforma de que se facilita el despido y de que supuestamente te pierden derechos, lo que más preocupa a estos sindicatos es la modesta reforma de a contratación colectiva, que les priva de una influencia abusiva. Prefieren la normativa proteccionista heredada del franquismo, que hasta ahora ningún gobierno se había atrevido a desmantelar. En el coto cerrado de los sindicatos, engordados con las abusivas subvenciones, manejando millones con falsos pretextos de formación profesional y colocando a sus líderes en sabrosas posiciones financieras, era muy arriesgado penetrar. Y ahora se proponen poner pies en pared porque el Gobierno trata de impedir que se sigan perpetuando los privilegios abusivos, la sopa boba de los llamados “liberados” y la absoluta falta de transparencia en que se ha venido moviendo el mundo sindical. Y todo ello a costa de cinco millones de parados, de los que hablan mucho, pero que en el fondo da toda la impresión de que les importan, poco porque solo se mueven para conservar los privilegios adquiridos.
Con sus movilizaciones los sindicatos asumen como propia la vía griega, que ha llevado al país helénico al mismo borde del abismo. La continua ocupación de la calle en Atenas impidió que el Gobierno Papandreu tomase las medidas que, además de necesarias, eran obligaciones asumidas ante la Unión Europea que es quien ha financiado sus anteriores desmanes. Ahora lo siguen intentando con Papadimos pero, como los de aquí, callaban ante la corrupción generalizada que caracterizó a los anteriores gobiernos. Con su movilización permanente no solo no arreglaron nada sino que empeoraron la situación hasta extremos increíbles. ¿Será eso lo que quieren los sindicatos españoles? ¿Creen acaso que su legitimidad es mayor que la de un Gobierno que ha obtenido hace bien poco una sólida mayoría absoluta y que está decidido a cumplir sin subterfugios sus compromisos europeos? ¿Tienen idea quienes dicen estar decididos a ganar en la calle lo que perdieron en las urnas, qué son, dónde están y quienes tienen el legítimo derecho a interpretar los intereses generales de España? Una democracia se gobierna desde la calle y por quienes han recibido la legitimidad del sufragio universal, no desde la calle con unos líderes al frente que, como mucho, solo representan a sus cada vez más escasos aliados.
Llama la atención en estas movilizaciones el tufillo antisistema, que delata que la reforma del mercado laboral es solo un buen pretexto para la contestación generalizada, primero de un Gobierno que no les gusta pero también del conjunto de las instituciones constitucionales. La profusión de banderas republicanas que se han visto en las manifestaciones son bien expresivas al respecto pero dan un poco de risa porque demuestran una enorme ignorancia histórica en estos devotos de su particular concepción de la memoria histórica.¿Acaso creen que la II República fue una especie de paraíso del proletariado? En buena lógica, como lo que defienden son, en gran medida las leyes laborales del franquismo debieran sacar la bandera con el águila, que tanto repelús les produce. Porque es a aquel proteccionismo, cerrado al mundo adonde parecen querer volver.
Los sindicatos son necesarios en una democracia moderna pero están obligados a modernizarse, sin quedar atrapados en los viejos esquemas decimonónicos.
La inmensa mayoría de los españoles sabe que el 2012 va a ser un año malo. Lo dijo bien claro el otro día ante el Congreso de los Diputados el ministro de Guindos y nos daremos con un canto en los dientes si al final de este periodo empieza a clarear por el horizonte. Y es el colmo de la desvergüenza que quienes han sido cómplices de la política económica que nos has llevado a esta situación se rasguen ahora hipócritamente las vestiduras. No se sale de la crisis si cada uno tira de un pico de la manta, o lo que es lo mismo, si cada sector piensa solo en su interés particular y actúa en función de su inmediato beneficio. Por las encuestas, por las redes sociales y por lo que se oye espontáneamente en la calle (no en las manifestaciones organizadas por los sindicatos y la izquierda), da toda la impresión de que la gran mayoría de los españoles sabe muy bien que para recuperar la prosperidad y la credibilidad perdidas es ahora necesario el sacrificio. Los que juegan a la movilización callejera no ofrecen ninguna alternativa, solo que todo siga igual, es decir la vía griega del camino al abismo. Los españoles han dicho que no y el ruido callejero no les va a hacer cambiar. Pero una izquierda que no sabe por dónde anda y unos sindicatos que se han quedado anticuados y aferrados a sus privilegios no es probable que experimenten un toque de sensatez.
Se entiende todavía menos que el PSOE que anunció por boca de Rubalcaba su propósito de hacer una oposición responsable se sume a estas algaradas de las que no puede salir nada positivo. Que aporte sus ideas en el Parlamento y que trate de mejorar el proyecto que viene del Gobierno. Ese es su papel.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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