Ante el resentimiento nacionalista, consenso de la mayoría
lunes 16 de marzo de 2009, 07:55h
Los resultados de las últimas elecciones autonómicas en dos de las llamadas “comunidades históricas”, Galicia y Euskadi, han dejado claro que el nacionalismo no pasa precisamente por su mejor momento. En el caso gallego, además, la debacle electoral ha provocado que la plana mayor del BNG con su líder a la cabeza, Anxo Quintana, presentasen este fin de semana su dimisión, asumiendo así su responsabilidad ante los malos resultados. Algo parecido sucedía con la filial vasca de Izquierda Unida; aunque no puede decirse que sean nacionalistas, sí han colaborado durante años con el PNV en tareas de gobierno, y ahora el electorado se lo ha hecho pagar. Al igual que a Eusko Alkartasuna. No así al PNV, virtual ganador de las elecciones vascas. Al menos, ha sido el partido más votado.
Ello sin embargo, los votantes de Euskadi se han decantado esta vez por opciones no nacionalistas. PSOE, PP y UPyD conforman una mayoría suficiente como para que Patxi López sea investido lehendakari. Por primera vez en 30 años, alguien ajeno al partido de Sabino Arana puede gobernar en la comunidad autónoma vasca. Si lo logra, el tiempo le juzgará. Pero al menos, podrá decirse que una parte de España fue gobernada por gente que quería seguir perteneciendo a ella, sin ansias secesionistas. Pues ése y no otro es el fin de los nacionalistas. Una parte del electorado del PNV y, algo más que una parte, del de CIU no son necesariamente separatistas. Pero, entre la dirigencia actual, los autonomistas no-secesionistas están hoy en minoría: un porcentaje que apenas es relevante en otros partidos nacionalistas, como el Bloque Nacionalista Gallego, Eusko Alkartasuna o Esquerra Republicana de Cataluña, abiertamente secesionistas.
Con todos ellos ha pactado el PSOE. Y ahora, fruto del resultado electoral vasco -y porqué no decirlo, también de la mala convivencia en el gobierno gallego durante la última legislatura- parece que los nacionalistas se han propuesto enseñarle los dientes al ejecutivo de Zapatero para demostrarle que sigue precisando de sus servicios. Los socialistas ya han perdido algunas votaciones en el Congreso por la falta de apoyos nacionalistas y parece que dicha tónica tienen visos de continuar así, al menos durante una temporada. La suficiente como para presionar a Zapatero para que vuelva al redil. Y aunque quizá al Presidente le tiren más los nacionalistas que el PP, por una vez debería atender primero a los intereses generales del electorado español, por encima de simpatías personales. Esos intereses pasan por rechazar el chantaje nacionalista y trabajar codo con codo con el otro gran partido, el PP –quien debería resistir la tentación de atacar a su rival a costa de los intereses generales, apoyando al Gobierno en todo aquello en que se viera la mordaza sofocante del nacionalismo. Socialistas y populares ocupan 324 de los 350 escaños que tiene el Parlamento. Eso, traducido en voluntad popular, significa que la inmensa mayoría de los españoles desea que sean ellos quienes marquen la pauta de España en su conjunto, sin que un puñado de nacionalistas radicales e insaciables siga contaminando la vida política española con sus chantajes. Sería como enviarles el mensaje inverso y, por cierto, con mucha mayor autoridad democrática: que una mayoría abrumadora del electorado quiere regresar al consenso básico de la Transición en el tema central de la estructura territorial del Estado. El PSOE y el PP tienen ahora una ocasión de oro de mostrar su sentido de estado. ¿Sabrán estar a la altura de las circunstancias?