Concha D’Olhaberriague
Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.
In Itinere
El acoso de Numancia
Cerca del pueblo soriano de Garray y a tan siquiera unos diez kilómetros de la capital se halla el yacimiento de Numancia, ciudad arévaca afamada por su resistencia suicida al dominio romano en el segundo siglo a. C. dentro de las llamadas guerras celtíberas.
Pese a que aún queda mucho por excavar, el panorama que se divisa allí es imponente y conmovedor.
La tonalidad rojiverde intensa realza los vestigios milenarios, vigilados en lontananza por la cenefa del Urbión, y el paisaje abierto y despejado del altiplano, veteado por la junta de los ríos Duero y Tera, evoca la fuerza del mito.
Miguel de Cervantes escribió una tragedia de título dudoso (El cerco o La destrucción de Numancia, pues así se refiere él mismo a su pieza) sobre el épico acontecimiento, e interpretó el saco de Roma por las tropas de Carlos V, en 1527, como un resarcimiento del asedio del general Escipión Emiliano, quien toma la ciudad, al año siguiente de llegar para imponer orden y disciplina en las tropas, tras más de dieciséis años de guerra: “Avergonzaos, varones esforzados,/porque a nuestro pesar, con arrogancia,/ tan pocos españoles y encerrados/ defiendan este nido de Numancia.”
El escritor de Alcalá de Henares achaca las dificultades de los romanos para tomar la plaza a la molicie y a su entrega a Baco y a Venus, y, con notable anacronismo, llama españoles a los habitantes locales.
Intervienen figuras históricas y alegóricas, la propia España, el Duero y otros ríos, el Hambre, la Guerra y la Enfermedad y hasta un remedo de Viriato en un joven de nombre Bariato que increpa a los atacantes antes de arrojarse de una torre.
La destrucción de Numancia se tornó, desde el Romanticismo, un símbolo de resistencia heroica frente al enemigo, y durante la Guerra Civil se representó en el teatro de la Zarzuela del Madrid republicano dirigida por María Teresa León.
Más adelante, en el mismo año de 1937, se estrenó en París con el apoyo entusiasta del agregado cultural de la embajada, Max Aub, quien explica la pertinencia del texto en un artículo publicado en Hora de España: La actualidad de Cervantes.
El paraje castellano permite contemplar, todavía, restos del cerco; in situ, se entiende bien el motivo por el cual los atacantes no asaltaron la plaza a despecho de poseer una fuerza militar muy superior.
José Ortega y Gasset realizó una visita a Numancia en 1953, acompañado por el archivero y arqueólogo soriano José Tudela y se fotografió apoyado en una de las escasas columnas que descansan en posición vertical.
Pese al caudal de historia y leyenda que emana del entorno, desde hace unos años, este sitio arqueológico tan singular corre el peligro de ser estrangulado por la llamada, con sospechoso eufemismo, Ciudad del Medio Ambiente. A ello se suman otros planes de construcción: un polígono industrial y una urbanización junto al Campamento de Alto Real en el Cerco de Escipión.
Numerosas instituciones culturales, incluidas la Sociedad Española de Estudios Clásicos y el Instituto Arqueológico Alemán, manifestaron su rechazo e indignación ante semejante acto de barbarie.
Las llamadas de atención destinadas a salvar las ruinas numantinas han pasado las fronteras de nuestro país, y este año de 2010 Numancia figura, al lado de la Sagrada Familia de Gaudí, en la lista de monumentos en peligro confeccionada por la institución World Monuments Fund.
Hace un par de días, leí en la prensa, con júbilo, el fallo del Tribunal Superior de Castilla y León.
La expropiación de la finca donde se iba a construir el polígono no tendrá lugar.
No sé si abrigar una cierta esperanza de que Numancia, su fondo y su marco natural vayan a mantenerse sin estorbos que desvirtúen tan valioso y bello testigo de los tiempos.
Las otras dos amenazas mencionadas permanecen, no obstante.
Quiera Dios que la crisis nos sea propicia y dé al traste con ambos proyectos.




