El mal consejo de Cataluña
viernes 18 de abril de 2014, 09:30h
El portavoz de la Generalidad, Francesc Homs, volvía ayer a la carga al afirmar que “más tarde o más temprano, el pueblo de Cataluña será llamado a decidir de forma pacífica y democrática su futuro como país”. Lo hacía tras la polémica suscitada por el llamado “Consejo Asesor para la Transición Nacional”, un pool de pseudos expertos ad hoc creado con el único fin de vestir el muñeco de la secesión. De este modo, el Govern insistía de nuevo en lo que parece ser el único reto al que ha de enfrentarse Cataluña: su eventual secesión del resto de España. La enorme deuda autonómica, su tasa de paro o el descrédito institucional no parecen importar en un año que ha supuesto la constatación de que el nacionalismo catalán en su conjunto carece del más mínimo respeto hacia la legalidad vigente, y que parece dispuesto a abandonar sine die la senda de la cordura.
Lo dejaba bien claro a las pocas horas de producirse el comunicado en cuestión el portavoz de la Comisión Europea -lo que viene a ser el Ejecutivo comunitario-, Alejandro Ullurzun, para quien, en el caso de la hipotética secesión en el seno de un país socio de la Unión, “la parte segregada no sería miembro de la UE”. O lo que es lo mismo, Cataluña dejaría de beneficiarse de las ventajas que suponen tratados de libre circulación de personas y capitales, seguridad, justicia, agricultura y, por supuesto, moneda única. Es el mismo argumento utilizado hace no mucho por el vicepresidente de la CE y comisario de Competencia, Joaquín Almunia. También la Alianza Atlántica ha hecho suyo este posicionamiento: en caso de una eventual secesión, Cataluña no estaría amparada bajo el paraguas de la OTAN.
De hecho, el mecanismo de acceso es el mismo que el de Unión Europea: cualquier país -sea o no de nuevo cuño- que quiera pertenecer a cualquiera de ambas entidades habrá de contar previamente con la aquiescencia de todos los estados miembros. Cabe preguntarse igualmente quién pagaría las pensiones, los subsidios y tantas otras cosas en el caso de una eventual secesión de Cataluña; por no hablar de la fuga de capitales que se originaría. Así las cosas, queda en evidencia lo difícil que resulta dialogar con quienes hacen oídos sordos absolutamente a todo. ¿Qué más necesita Mas para volver a la senda del sentido común?