Concha D’Olhaberriague

Concha D’Olhaberriague

Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.

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In Itinere

El progreso y la lengua caduca

06-10-2009

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Con motivo de la representación de 1984, hablaba yo la semana pasada en esta columna de la neolengua de Orwell y sus intríngulis, y del plan del Gran Hermano consistente en sustituir por completo la paleolengua con el fin de cumplir sus designios totalitarios. Pensando después sobre el asunto, me asaltaron otras facetas del uso lingüístico torcido, más pertinaces aún por espontáneas.

Me refiero a conceptos ideológicos antañones y caducos pero de curso corriente entre personas amables y cultas, quienes se mofan con lucidez de la palabrería políticamente correcta de nuevo cuño y estilo orwelliano.

El engarce cultural de tales términos es profundo y alcanza a gentes muy diversas. Uno de los más significativos y, al parecer, difícil de olvidar es el de progreso y sus derivados, diseccionado, no obstante, por un autor tan brillante y conocedor de las virtudes y desmedros de nuestro mundo de hoy como John Gray.

La Revista de Occidente del pasado mes de septiembre publica una entrevista muy recomendable al citado profesor emérito de Historia de las Ideas en la London School of Economics, hecha hace algún tiempo por Miguel Jaime. Entender la historia de la humanidad como un proceso progresivo y potencialmente universal es, según Gray, un discurso caduco.

Ciertamente, no es el primero en hacer tal crítica. En “Nada Moderno y muy siglo XX” de El Espectador I (1916), ya habla Ortega de la superstición que comporta la bandera progresista ondeada en el XIX, y sostiene que progreso es una palabra formal muy bella e incitante, como un divino acicate, dentro de cuyo esquemático y cóncavo sentido cabe todo.

Para nuestro contemporáneo Gray, la fe en el progreso constituye el error fundamental de esta época. Los ilustrados, afirma, promovieron la religión por otros medios, y su creencia en el Progreso era una suerte de mensaje cristiano vaciado de trascendencia y de misterio. A su juicio, sólo es pertinente hablar de progreso en el mundo de la ciencia; en el de la ética o la economía se trata, sin más, de una superstición.

La voz “progreso” vivió, no obstante, en nuestra lengua sin carga ideológica. Cervantes la usa con el sentido descriptivo de transcurso o discurrir del tiempo, recuperable todavía. El peso y la densidad significativa posteriores son fruto de la Ilustración y sus secuelas. La ideológica palabra “progreso” goza, por ahora, de mucho predicamento y prestigio; también “idealista” pese a todo lo que ha llovido.

En el lenguaje perviven en toda época residuos significativos de tiempos pretéritos que lastran y hasta obturan el entendimiento y la visión como si fueran trampantojos verbales.







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