Kosovo no es extrapolable
domingo 25 de julio de 2010, 10:05h
El domingo 17 de febrero de 2008 pasó a la historia de Kosovo como el día de su independencia de Serbia. Año y medio después, dicha actuación quedaba ratificada por la Corte Internacional de Justicia -CIJ- de la ONU, según la cual la declaración unilateral de independencia kosovar fue “acorde con el derecho internacional”. Sobre el papel, la secesión pacífica de un territorio de otro habiendo de por medio razones históricas no debería de entrañar conflicto alguno, pero no es el caso. En primer lugar, porque dichas razones históricas son tremendamente endebles, si es que existen. En segundo, porque la hostilidad latente en los Balcanes es una constante desde hace ya mucho tiempo.
Mientras, Europa mira observa de reojo todo cuando allí acontezca. Bien es cierto que lo hace porque no le queda otra. Desde luego, no es plato de gusto para los mandatarios del viejo continente que en suelo europeo sigan produciéndose movimientos secesionistas -la amenaza belga está sobre la mesa-. Francia, Alemania, Italia e Inglaterra se apresuraron a reconocerla, aunque podríamos catalogar dicho reconocimiento como “de perfil bajo”. Otras, como España y Grecia, todavía no lo han hecho. Y es que estamos ante un asunto sumamente delicado. De hecho, la resolución 1.244 de Naciones Unidas reconocía la integridad territorial serbia. Aunque quien prometió a Kosovo su independencia fue la ex canciller americana Madeleine Albright. Con semejante aliado, se entiende que desde Prístina no hayan cedido un ápice el tono de sus reivindicaciones.
En el fondo, la independencia de Kosovo es una jugada de la diplomacia norteamericana para incordiar a Rusia, tradicional aliada de Serbia y, de paso, sembrar la discordia en Europa. Pero por encima de otro tipo de consideraciones, en el fondo de la cuestión subyace la causa última de todo: el nacionalismo. Quizá la reflexión postrera que debiéramos apuntar en relación a este tema es si no ha causado ya bastante daño en nuestro continente como para que empecemos a tomárnoslo mínimamente en serio. Las aventuras secesionistas de unos cuantos iluminados no son extrapolables de ninguna manera. Basta echar la vista atrás para comprobar el daño que hicieron iniciativas semejantes.