Martín-Miguel Rubio Esteban

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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MIRADA ESCOLÁSTICA

La casa de los cristales

22-07-2011

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José Luis Paniagua Tébar es un intelectual de corte renacentista. En ningún período de la Historia de Occidente se ha cumplido tanto el adagio, aforismo o chreía terenciano de “Homo sum et nihil humani a me alienum puto” ( Heautontimoroúmenos ) como en el Renacimiento, nombre con que Burckhardt, en 1860, bautizó a esa época en el que el espíritu humano ( europeo ) voló “casi” tan alto como en el Mundo Clásico. Efectivamente José Luis Paniagua es un hombre de ciencia interesado por todo ( polihístor, polimático ) que escribe libros de humanidades y magníficas novelas costumbristas o de época sobre un marcado fondo histórico. Su última novela con que disfrutamos, “La Casa de los Cristales”, Ediciones Librería Argentina, 2011, es básicamente histórica, y en ella, teniendo todas las guerras carlistas y sus viejos antecedentes ( el carlismo es una idea política muy anterior a Carlos Isidro ), de la primera a la última (¿la última?), como el eje diacrónico narrativo, intenta encontrar y, con ello, hacer una hermenéutica brillantemente literaria, de “las dos Españas” que nos explican y cuya exacta comprensión podría ofrecer una paz interior o, por lo menos, dejarnos en una desazón cuya fuente conocemos. Dos familias, los Merlo de la Calzada ( prudentes, austeros, justos, hidalgos, razonables, solidarios, humanitarios ) y los Mejía Corredor ( excesivos, arrolladores, desquiciados, ricos, soberbios, clasistas, arrogantes ) simbolizan esas dos Españas que se afanan con hacerse con una esbelta casa familiar, La Casa de los Cristales, que quizás simplemente encierre al pueblo español, corriente y moliente, antaño, además, devoto y lujurioso sin contradicción, de cuyas debilidades y equivocada educación intentan aprovecharse los capitanes de esas dos Españas. Esta novela de José Luis Paniagua nos hace recordar inevitablemente la gran novelería del elegante y liberal Eça de Queiroz, quizás el mejor novelista de la Península Ibérica del siglo XIX, tanto por su penetración psicológica en los personajes como por una pátina de melancolía que envuelve aquella sociedad patriarcal, de amos y criados leales, que aunque aborrecible políticamente hablando para ambos escritores, contenía, empero, cierta ética que garantizaba compromisos interpersonales y algunos otros valores de humanidad — los propios de la auténtica hidalguía - que la modernidad de la cruda barbarie capitalista ha arrasado. Es así que la novela de José Luis Paniagua es también una novela sobre los últimos hidalgos españoles.

Desde el punto de vista psicológico tiene su lógica que los Merlo de la Calzada, solidarios con el pueblo humilde y con los desventurados como el personaje de don Justo, abrazaran el carlismo ( cuya bandera se alzó por primera vez en España en Talavera de La Reina y que en el caso de La Mancha, como en el de Las Vascongadas, fue la bandera de los desheredados ), en tanto que los Mejía Corredor el voraz y oportunista liberalismo isabelino, un liberalismo contradictoriamente intransigente. El carlismo de los Merlo de la Calzada era humanista, y en esta novela se disuelven con conocimiento falsos tópicos que los borbones isabelinos se afanaron sostenidamente en inculcar a sus súbditos. Así, don Vicente, patriarca de los Merlo de la Calzada, llega a decir el Día de todos los Santos en el cementerio de Lajarosa lo siguiente: “Creo en Dios y en la doctrina que nos envió a través de las palabras y los hechos de su hijo Jesucristo. También creo que la opción carlista puede ser más ecuánime con los intereses de los ciudadanos de nuestro país”. Sobre todo, claro, con los más pobres.

Es evidente que Lajarosa, término en el que se asienta La Casa de los Cristales, es la heroica ciudad de Valdepeñas ( Ciudad Real ), población que ya le ha servido de universo literario a José Luis Paniagua para confeccionar sus otras grandes novelas. Pero es evidente que “la ciudad” de todo gran escritor no se corresponderá jamás con la ciudad de la realidad, aunque en el gran escritor su esencia sea más verdadera y mejor se explique su realidad desde la ficción y el buen arte literario. En esta ciudad se desarrollarán los hermosos amores entre Francisco y Elisa, amor que se extiende desde las heroicas edades infantiles hasta un dulce y plácido amor conyugal. El inmenso amor de Francisco y Elisa, representantes cada uno de las dos Españas que se miran con odio ancestral y absurdo, son el gran contrapunto en el sentido histórico de una novela que, además de histórica, es también una gran novela de amor. Un amor que ve con envidia Lajarosa: “Eran muchas las personas convencidas de que la pareja estaba condenada al fracaso, o deseosas de que así fuera.” Pero sólo la soberbia y tozudez de Francisco ( todo un Mejía ) lo perturbó. El personaje de Andrés, hijo de la Cana, es toda una verdadera construcción psicológica de tipo humano, todo él está tan bien pintado con una rica y fresca gama de sutiles matices psicológicos que parece que sale del libro y se pone a hablar con nosotros.

Desgraciadamente la novela contiene numerosos anacronismos: a principios del siglo XIX no existen en España plazas con el nombre de “Plaza España”, sino que esta “moda” nace con el llamado Regeneracionismo de principios del siglo XX. La novia Elisa no puede llevar puesto un traje tubular estilo imperio, porque el Imperio de Napoleón III tardará todavía quince años en llegar después de la Primera Guerra Carlista. La marcha nupcial de Mendelssohn no pudo tocarse en la boda de Francisco y Elisa, porque esta obra tardará todavía cuatro años en ser escrita. Tampoco los invitados a una boda de 1839 pudieron oír la ópera wagneriana “Lohengrin”, porque esta obra fue compuesta en 1850. Y no existen pruebas de que en esas fechas los españoles usasen trajes de baño, y existiera la costumbre de bañarse la gente en el mar, en playas perfectamente organizadas por sexos. El agua oxigenada nace en 1920, lo que hace imposible que el probo galeno de Lajarosa curase las heridas del travieso Paquillo. Es muy raro, asimismo, que el recién inventado estetoscopio, obra del pudoroso médico francés René Theophile Hyacinthe Laënec, hubiese llegado ya al mismo médico de Lajarosa para auscultar el vientre fértil de Elisa. En 1898 Friedrich Loeffer descubrió que la glosopeda que sufría el ganado la causaba un virus del género Aphtovirus; lo que implica que los personajes de esta novela que circulan por los años 1840 no podían hablar de fiebres aftosas. Pero es muy probable que, conociendo la vasta cultura de José Luis Paniagua, estos anacronismos sean en realidad ucronías con las que el autor consigue expresar la esencia española fuera del tiempo, cronológicamente incircunstanciada.

Tiene también el libro algunas erratas que lo afean: no meter los vocativos entre comas, olvidándose del invento de los signos ortográficos elaborados por Aristófanes de Bizancio — este vicio de ausencia de comas en los vocativos se ha extendido también a muchos pretendidamente buenos escritores que se sientan incluso en la Academia - , un frecuente leísmo, etc. Este tipo de erratas se extienden como una plaga bacteriana desde que desde hace treinta años desaparecieron los correctores de pruebas tanto en los periódicos como en las editoriales. Con el fin de abaratar los costes en la edición de libros y periódicos desaparecieron de las empresas editoriales las figuras fundamentales de los correctores de pruebas. Y de nada ha servido la cochambre de los correctores de software; ningún programa informático puede sustituir a un buen filólogo a la hora de entender las sutilezas de una lengua natural. Recuerdo que cuando uno escribía en el ABC de Anson ( el ABC verdadero ) jamás me vi una errata en mis artículos, y eso que a menudo iban con ellos. Ahora ya todo el mundo está de acuerdo en que la plusvalía de las empresas editoriales debe imponerse a la gramática.

Gran novela ésta de José Luis Paniagua Tébar, que ningún lector amante de las novelas de época y de la historia española decimonónica se puede perder. Una novela de la que se ha de hablar durante mucho tiempo.







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