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La inteligencia y la fuerza en Ucrania

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 03 de mayo de 2014, 20:33h
Los acontecimientos en Ucrania Oriental de las últimas semanas se han precipitado. Desde noviembre del año pasado, estamos asistiendo a un proceso de desmembración de Ucrania que comenzó en Maidan y sobre el que aún ignoramos muchas cosas. En primer lugar, quién dio las armas a los concentrados y cómo fue apropiándose del imaginario y los discursos la extrema derecha nacionalista.
La incorporación de Crimea a la Federación Rusa y la ruptura de Ucrania Oriental con Kiev –ahí están los oblast de Donetsk, Luhansk y Jarkov a los que se están sumando en las últimas horas el de Odesa- han conducido a los intentos fracasados de encontrar una solución política a la crisis y este fracaso a propiciado el despliegue de tropas por parte de Kiev para sofocar la revuelta que defendían hombres armados: paramilitares, milicianos… El atentado contra el Alcalde de Jarkov, Hennadyi Kernes, que rechazó la autoridad del Gobierno surgido de Maidan pero también la insurgencia armada contra Kiev, ha sido un punto de inflexión. Sería absurdo negar la intervención de servicios secretos extranjeros en Ucrania. Sería mentira afirmar que solo lo han hecho los de un país o un bloque de alianzas. Rusia y los Estados Unidos –apoyados con tibieza por la Unión Europea- están librando una batalla política en suelo ucraniano cuyas consecuencias aún no podemos calibrar. La propia Unión no tiene una voz única a la hora de afrontar los acontecimientos. Alemania tiene intereses energéticos, económicos y comerciales en Rusia, mientras las Repúblicas Bálticas temen que el ejemplo de Ucrania se contagie a toda la región. Nunca se ha hecho tan necesario estudiar Historia. Llevaba unas semanas leyendo, repasando, estudiando lo que ocurre, tratando de comprender hacia dónde va el conflicto, que me parece una guerra civil evidente. Se menciona con frecuencia el ejemplo de la antigua Yugoslavia y esto me preocupa aún más porque no se descompuso sino que fue destruida. ¿Nadie pensó que esto podría ocurrir cuando el fantasma del nacionalismo ucraniano apareció en Maidan?
Por otro lado, la Unión Europea ha consentido durante años la existencia de ciudadanos de segunda clase –e incluso de apátridas- en su territorio. En Estonia, los rusos son aproximadamente el 30% de la población y el 28% en Letonia. El debate de identidades nacionales en esos países sigue sin resolverse y recorre todo el siglo XX. El ejemplo de lo que ocurra en Ucrania influirá en las repúblicas bálticas, que tampoco han superado las divisiones de la Segunda Guerra Mundial y el periodo soviético. Hace unos días, mientras preparaba un seminario sobre Cine y Holocausto, releía las crónicas de Años de Guerra (1941-1945) de Vasili Grossman y El Libro Negro, la colosal obra que escribió junto a Ilyá Ehrenburg acerca del exterminio de los judíos en la Unión Soviética. Los textos muestran –junto a las atrocidades perpetradas por los nazis- el colaboracionismo entre los ucranianos, los letones, los lituanos… En Europa, y en especial en esta zona del continente, hay un problema nacionalista sin resolver y la Unión Europea ha fracasado a la hora de acometerlo en Ucrania. Se trataba de desactivar a los nacionalistas, no de llevarlos al poder. Así, el conflicto que vemos hoy está, sin duda, condicionado por los intereses económicos, geoestratégicos, energéticos… Pero no todo se agota ahí. No fueron los crimeos ni los ucranianos orientales quienes sacaron a pasear las fotografías de Stepan Bandera ni la retórica nacionalista. Cuando, en 2012, se reconoció el ruso como idioma oficial, las manifestaciones en contra y la dimisión de Nikolay Tomenko, del partido de Yulia Timoshenko, ya permitieron a los rusohablantes entender hacia dónde tendían las cosas. Alguno me dirá que esa ley reconocía la oficialidad del ruso incluso en zonas donde solo lo hablaba el 10% de la población. Es cierto, pero las protestas no fueron por ese punto en concreto, sino por la idea de que el ruso gozara de un reconocimiento que, hasta entonces, no había tenido. Aquel año, en estas mismas páginas, Irina Bulgákova contaba la huelga de hambre que siete diputados emprendieron en protesta por este reconocimiento. La ley la derogaron el 23 de febrero de este año, a los dos días de la fuga de Yanukóvich. Es verdad que el presidente Turchynov terminó vetando la derogación, pero el daño estaba ya hecho. Una vez más, los nacionalistas ucranianos habían demostrado lo que podían esperar los rusohablantes. Tal vez, antes de dedicar tantos esfuerzos al conflicto de hoy, deberíamos hablar –como recomendaba Peter Handke en su Viaje de Invierno- de la propaganda y la prehistoria del conflicto, cuyos retratos y símbolos llevan meses paseando por Ucrania: el atamán Petliura, Majno, Gregoriev, Denikin, la colaboración con los nazis, Bandera, Shukhevych… Solo faltaba celebrar la memoria de Vlasov para que el desfile de fantasmas estuviese completo. Los nacionalistas olvidaron que otros muchos ucranianos – aquellos que fortificaron a marchas forzadas Kiev y Odesa- combatieron contra los nazis y que asumir la narrativa nacionalista era excluirlos de la propia identidad nacional. No olvido el Holodomor, la atroz hambruna infligida a los ucranianos por Stalin entre 1932 y 1933 durante el proceso de colectivización y que la propia Rusia reconoció en 2003, pero le dedicaré una columna especial. No quiero que pueda interpretarse, siquiera por un instante, que lo pongo a la altura de la propaganda de unos o de otros. El sufrimiento de los ucranianos durante el periodo soviético –y, especialmente, la gran hambruna- debe recordarse y tomarse en consideración para comprender, a su vez, el miedo a Rusia de muchos ucranianos occidentales.
Junto a la Historia, está la actualidad. La reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y el encuentro entre Barack Obama y Angela Merkel deben interpretarse a la luz de las próximas elecciones del 25 de mayo, que Occidente apoya y de las que Rusia desconfía después del clima de violencia que se ha creado. El incendio del edificio de la Casa de los Sindicatos en Odesa a manos de partidarios de Kiev ha dejado, hasta el momento, un terrible saldo de 36 prorrusos muertos. Mientras la violencia aumenta, nadie puede esperar que Rusia permanezca de brazos cruzados y las amenazas no funcionarán. En realidad, solo agravarán el conflicto y llevarán a Rusia a un endurecimiento de sus posiciones. Si la UE y EE.UU amenazan a Moscú con sanciones comerciales, Putin responderán con cortes en el suministro de gas, por ejemplo, y tratará de suplir el daño de las sanciones con una mayor actividad hacia China, India o Brasil. Sin Moscú, no puede resolverse de modo razonable ni el conflicto sirio ni el contencioso con Irán por su programa de desarrollo nuclear. Una tensión creciente puede condenar a la comunidad internacional a meses de inestabilidad.
Hasta el momento, la OTAN ha desplazado efectivos –por ejemplo, aviones F-16- a las fronteras con Rusia pero el nivel político que controla la Alianza no ha optado por la escalada de tensión sino por el enfriamiento. Obama y Merkel han coincidido en que desean resolver el problema de Ucrania por vías diplomáticas. Los prorrusos de Slaviansk, por su parte, han liberado en Donetsk a los observadores de la OSCE a los que retenían como rehenes. Es una decisión inteligente pero insuficiente. Kiev ha reintroducido el servicio militar y ha movilizado al ejército con unidades de blindado y helicópteros, pero hasta ahora no ha logrado restablecer su autoridad en las provincias separatistas. Un uso excesivo de la fuerza –del que Moscú ya ha advertido- provocará una intervención militar del Kremlin. Suele recordarse el ejemplo de Yugoslavia, como decía más arriba, pero yo evocaría ahora el de Georgia. A veces, el mejor paso para perder una guerra es empezarla. Es iluso pensar que Rusia no defenderá su interés nacional y a las minorías prorrusas. Ahora Rusia puede hacerlo y Putin gozará de unos niveles de popularidad inauditos. No se trata de que a uno le parezca bien o mal, sino de cómo funciona el juego de poder en la alta política. Hay que reconducir la crisis, no dispararla. Una vieja marcha militar de la URSS decía “Cuando cantan los soldados/duermen tranquilos los niños”. Entre los prorrusos se extiende el sentimiento de que su protección frente a los nacionalistas ya no son las leyes ni el Gobierno de Kiev sino la influencia de Moscú y, si llega el caso, las fuerzas armadas rusas. El Gobierno surgido de Maidan debería valorar hasta qué punto tiene la fuerza necesaria para sostener el pulso y hasta dónde llegará el apoyo de la UE y los EE.UU. En la guerra de 2008 Saakashvili ordenó una ofensiva contra Osetia del Sur para mantener el territorio en Georgia, las tropas rusas intervinieron y Georgia fue derrotada. Ahora es mucho más difícil que antes resolver el contencioso. Kiev corre el riesgo de incurrir en el mismo error. Este es el momento de utilizarla inteligencia, no la fuerza.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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