Maduro rompe con Panamá
viernes 07 de marzo de 2014, 00:26h
Recientemente, la Organización de Estados Americanos (OEA) suspendió una sesión extraordinaria, con débiles “razones” de carácter administrativo, para debatir los graves sucesos que están ocurriendo en Venezuela, donde la legítima protesta ciudadana contra una situación insostenible ha obtenido una respuesta de fuerte represión por parte del Gobierno de Nicolás Maduro, cuya nulidad y autoritarismo no han hecho sino ir incrementando la violencia. Incluso no ha dudado en utilizar grupos paramilitares chavistas contra la población, que asesinaron a la miss Turismo del Estado de Carabobo por el simple hecho de sumarse a las manifestaciones. Afortunadamente, la OEA, a través de su Consejo Permanente, ha anunciado que finalmente estudiará la petición de Panamá para que se convoque una reunión urgente de los cancilleres sobre la cada vez más preocupante situación venezolana. Es de esperar que la OEA, el organismo más adecuado para ello, creado como institución política regional para fortalecer la paz y consolidar la democracia, no se vuelva atrás o esta intención se quede en agua de borrajas ante las muy previsibles presiones chavistas que ya consiguieron su propósito en la ocasión anterior.
Unas presiones que ya han comenzado, en el más puro estilo de bravuconería chavista, arremetiendo contra Panamá por su pecado de haber pedido que la OEA tome urgentemente cartas en el asunto. En un acto de homenaje con motivo del primer aniversario de la muerte de Hugo Chávez, Nicolás Maduro -quizás tras recibir el consejo de su mentor, a quien, según confesión propia, ve algunas veces en forma de pajarito- ha proclamado que Venezuela rompe relaciones diplomáticas con Panamá, junto a la congelación de las relaciones económicas entre ambos países. El anuncio, como no podía ser menos teniendo en cuenta la catadura del mandatario venezolano, ha ido acompañado de insultos hacia el presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, a quien calificó de “lacayo rastrero”, de “no ser digno de su pueblo”, y de que está actuando en contra de Venezuela, en una actitud de injerencia, para fomentar una conspiración internacional que desemboque en una intervención. Recurso este de la conspiración al que tan proclive es Maduro, como todos los gobernantes autoritarios, al no tener argumentos para defender lo indefendible.
El Gobierno de Panamá no ha tardado en dar cumplida contestación a la agresión chavista, señalando que Maduro emplea un “lenguaje soez” contra los panameños y poniendo el dedo en la llaga al apuntar que esa decisión de ruptura es una “cortina de humo” para negar, en un ejercicio ciertamente condenado al fracaso, la insoportable realidad en la que Maduro ha sumido a sus compatriotas. Si Nicolás Maduro, cada vez más convencido del “Venezuela soy yo”, tuviera la más mínima condición de auténtico demócrata y una versión convincente de su postura, sin nada que ocultar, no se pondría como un basilisco ante la sola posibilidad de que la OAE convoque esa reunión. Muy al contrario, incluso habría sido él quien la habría demandado. Pero ya sabemos que no se pueden pedir peras al olmo.