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Master Chef y otras formas de estupidez mundial

sábado 11 de enero de 2014, 20:10h
En 1993, en Japón, comenzó un programa de televisión llamado Iron Chef, el “chef de hierro”. El programa era básicamente una batalla de chefs sobre un tema gastronómico fijado de antemano. Los chefs aspirantes al título de Iron Chef iban vestidos de colores diferentes, rojo, azul, verde, amarillo, morado, con unos uniformes de ajado gusto militar que recordaban a los de los Beatles en los inicios de la época psicodélica. El programa tuvo un éxito tremendo, y no tardó en exportarse a los USA, donde se dobló con una voz en off de tono jocoso, que atrajo al público en general y los cachorros de la MTV en particular.

El truco de poner una voz en off que narra en tono humorístico un programa extranjero es un recurso muy conocido en España gracias a “Humor Amarillo”, infame programa de un juvenil Beat Takeshii, el hoy en día aclamado director de cine Takeshii Kitano. Sin embargo, el recurso de la voz en off humorística sobre un programa extranjero no es una invención española. Quizá el primero en explotarla con éxito de forma comercial fue Woody Allen con su primera película como director del año 1966, “What’s up Tiger Lily”. Allen, básicamente, tomó una película de detectives japonesa, recombinó las escenas y la dobló con su propio libreto, convirtiéndola así en una comedia en la que en vez de buscar al malo, los actores se dedicaban a buscar la mejor ensaladilla del planeta.

El poner una voz diferente a algo o a alguien es un recurso cercano a la magia y tan antiguo como la lengua. De todas las posibilidades que el lenguaje nos ofrece, quizá la más interesante (y menos reconocida), sea la de la impostura, la posibilidad de poner una voz determinada a algo que no la tiene o que tiene otra. Ya en el Quijote, aparece una cabeza parlante, que en vez de encantar, desencanta. Y es que una cabeza parlante puede tener más sentido común que la de un ser humano.

Las cabezas parlantes son artificios de la tradición parafilosófica. A nadie le han fascinado más las cabezas parlantes que a los filósofos, quizá porque en su fuero interno se han identificado con ellas. O han querido ser una. Una cabeza parlante es siempre milagrosa, inesperada. Es una cabeza sin cuerpo, y como tal, alejada de las necesidades carnales que el cuerpo impone. Una cabeza parlante no practica el sexo (o al menos no en su plenitud, solo en sus versiones orales), y no come, o no tiene por qué comer ya que no tiene cuerpo al que mantener.

Los filósofos siempre han tenido una difícil relación con su cuerpo. Lo han sublimado en cierta medida (como los estoicos), lo han negado (los místicos), lo han olvidado (los kantianos), lo han ignorado (Wittgenstein y silenciosos seguidores). Todo lo contrario que los políticos, que también son otra clase de cabeza parlante, pero apegados al cuerpo. Un político es cabeza parlante comedora, es una cabeza parafilosófica materialista, que en cada pliegue de la papada esconde una sabrosa tapa, un jugoso pintxo, o el tapón de un rioja gran reserva. Los políticos españoles son cabezas parlantes y comedoras, que han perdido la capacidad de hacer magia. Los filósofos perdieron esa magia antes de la gran guerra, bien por falta de palabras y entrega al silencio (de nuevo Wittgenstein), bien por un exceso post-estructuralista y francés de palabras que hizo su discurso absolutamente incomprensible. Quizá entonces decidieron que mejor que las palabras eran las copas de Moët & Chandon. Y mejor que la ausencia de cuerpo el entregarse a él.

Pero en usurpaciones cabezo-parlantes, nada como la del intérprete de lengua de signos del funeral de Mandela, Thamansaqa Jantje, quien se pasó varias horas doblando los discursos de los grandes líderes mundiales al lenguaje de sordos sin ningún sentido, dibujando en el aire signos inventados e improvisados. Jantje, en un solo día, llevó a cabo una de las metáforas semióticas y comunicativas más jugosa de los últimos siglos: sustituyó el discurso pomposo, grandilocuente y hueco de los políticos más importantes del planeta por otro discurso absurdo y sin sentido, en el lenguaje para sordos. Y todo ello delante de las cámaras de todas las televisiones internacionales que se precien. Conviene analizar aunque brevemente los ingredientes del hecho: un discurso político irrelevante y lleno de clichés, un intérprete desconocido, y otro discurso hueco, absurdo, inventado, individual. ¡Y para sordos! Para todos nosotros, quizá, que somos más sordos que los sordos porque nuestra sordera es voluntaria. En pocas palabras, el traje del vestido transparente del rey televisado para el mundo. Javier Marías, consciente del poder omnímodo del intérprete, ya había hecho en una de sus novelas que un intérprete variara el discurso de dos políticos. Seguro que a Juan Cueto también le gustan estas historias.

De las cabezas parlantes vamos a la ausencia del cuerpo, y de la ausencia del cuerpo a Master Chef. Los ingleses vieron el éxito del Iron Chef japonés y de su adaptación vocal en los EEUU, y decidieron copiar el programa. Lo llamaron Master Chef. Y los españoles lo adaptaron con el mismo nombre, Master Chef. Hoy en día, en España todo son másteres, esa horrible palabra. En algunas décadas, todos los españoles seremos másteres oficiales de algo, títulos que ocultarán nuestra auténtica maestría. El Master Chef español ha tenido un éxito tremendo. Ignoro la lectura que los semiólogos harán del programa en Japón o Inglaterra, pero en España lo podemos ver como el supremo asombro por el hecho de que un hombre sea capaz de hacer un huevo frito. Y si ese hombre es un niño, entonces la cosa llega a un furor similar al que rodeaba a los Beatles (con esos uniformes paramilitares de satén morado). Y es que en un país acientífico, desindustrializado, lleno de cabezas parlantes decididas a no renunciar al cuerpo, y en el que la perspectiva de al menos la mitad de los jóvenes es no salir de su casa paterna en toda su vida, saber hacer un huevo frito parece una proeza fenomenal.
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