columna salomónica
Ni salud, ni dinero, ni amor
... la felicidad consiste en levantar los puñitos cuando la selección de fútbol gana la Eurocopa, y abrazarnos unos a otros, y entonar himnos patrióticos, y tocar la bocina del coche mientras el perro ondea la bandera nacional por la ventanilla, y zambullirse en la fuente, y hacerle chuflas a la ministra de igualdad que quiere que haya señoras en el equipo, y ... bueno, consiste también en no saber demasiado bien qué hacer con ella, con la felicidad, pues como nos estamos acostumbrados, cuando llega consume rápidamente nuestro repertorio de reacciones y entonces hay que aguardar a las cámaras de televisión para volver a saltar y gritar de satisfacción, que es lo que uno debe hacer si es feliz, digo yo.
“¿Y usted no se alegra?” —le pregunté a uno que permanecía ajeno al miasmático regocijo de quienes nos congregamos en el bar para corear la victoria de España. “A mí me da lo mismo, habiendo Tío Pepe ..” —me dijo. “!Maldito hedonista!” —mascullé para mis adentros pensando que aquel tipo era uno de esos para los que únicamente cuentan las sensaciones corporales. Física y química, nada de espíritu, de sentimiento patriótico, de conciencia histórica, de benevolencia. ¡Menos mal que son pocos!
Con gente así no hay forma de vivir. Buscan un recodo en la barra y desde allí, encastillados en su embriagada soledad, ostentan su insultante indiferencia como sabios de estufa que pretendieran convencernos de que la felicidad no sirve para nada o de que se trata de una mera variante de la gilipollez. ¿Creerán acaso que no nos percatamos? También nosotros sabemos que si levantáramos las enaguas a esta felicidad vociferante y tribal descubriríamos los nauseabundos palominos del tedio, las pestíferas zurrapas de una existencia insustancial y, cómo decirlo, de progreso. Pero: ¿por qué íbamos a hacer semejante cosa?, ¿por qué íbamos a adoptar el socrático papel de aguafiestas en un día como este? ¡Ya está bien de filósofos! ¡Con lo tontos que son los listos!, que hubiera dicho mi abuela. Se nos ha concedido un instante de dicha y debemos apurarlo como si de un paraíso se tratara, una paraíso efímero, pero unánime. ¡Aquí, en España, el reino fratricida, la tierra de Caín y Abel, los hijos de Adán, que era vizcaíno, como saben los vascos! ¡Apocatástasis!
Yo, desde luego, me he sentido embargado por esta dicha infinita y popular, esta vuelta al redil de la tribu. Verdad que luego me ha ocurrido lo que al sabio de Hortaleza, que como estaba lleno por dentro no ha tenido necesidad de exteriorizarlo y ha puesto cara de persona a la que no le cabe en el alma ni una gamba más. Y eso que no me gusta el fútbol, una actividad demasiado simple para que yo la entienda. Pero soy un patriota. Festejaría de la misma manera el triunfo si lo hubiera obtenido la selección nacional de petanca. Sólo un mentecato puede no querer sumergirse en el espíritu colectivo, volver a este seno post-materno del que quizá hubiera sido mejor no nacer (nacer para ser solo y tristemente).
¡Ah, el fútbol!, ¡qué poder el suyo!, ¡qué opio tan delicioso!, ¡y que hace siglos hubiera mendrugos que lo consideraran algo alienante y no una posibilidad maravillosa de convertir los campos de batalla en solares edificables! Ni el caballo de Santiago, ni la espada del Cid, ni el trabuco del Empecinado, ni siquiera el opresivo corsé de Agustina de Aragón pueden compararse en fuerza emblemática a nuestra selección. Ahora sí que conocemos el orgullo de pertenecer a un pueblo, de tener una identidad. ¡Qué poder y qué misterio! Ya lo ha dicho un jugador del equipo ruso (creo): el fútbol es como el ajedrez, aunque sin dados. Teología bizantina, cirílico en estado puro. ¿Puede haber algo más ..., más ...? En fin, no quiero ni pensar lo negra que tuvo que ser la existencia antes de que este deporte se inventara, ni lo extraordinaria que sería la felicidad si en vez del campeonato de Europa, se nos concediera algún día el mundial. ¿Felicidad? No. ¡La gloria! ¡Cuánto me iba a reír yo entonces de la salud, del dinero, del amor y de ese pobre de Aristóteles, anémico remedo de nuestro sabio de Hortaleza!




