Un chatarrero en la crisis
José Manuel Cuenca Toribio
sábado 18 de enero de 2014, 19:47h
En redor del Km2 quizá más adensado de la historia española, es decir, de la de Occidente, se extiende una calle denominada con sabor de tiempos de reconquistas e ideales, esto es, antañón y demodé. Por ella, comenzada la mañana esplendente de un reciente día otoñal, un chatarrero metido en años pero no viejo pregonaba animoso y tronitonante las mercancías varias que, desechadas, deseaba recoger en su desvencijado carrito. Invariablemente, su salmodia concluía con un apenas e inesperado “mi alma”, y, a las veces, con la expresión “… y el Gobierno no da trabajo. Dicha frase estaba lejos, sin embargo, de semejarse a la estereotipada italiana “porco goberno”, al ser emitida sin tono alguno contestatario o quejoso para el desconcierto y pasmo de los escasos viandantes que circulaban por la recoleta calle de la histórica ciudad.. A la vista y escucha del personaje y sus decires, los transeúntes no podían ocultar su estupefacción y dolor. En medio del estridor mediático y el tábido clima de corruptelas y acusaciones de despilfarro y sobresueldos un pobre casi de solemnidad manifestaba, con toda dignidad, su angustia cósmica frente al desamparo gobernante.
No lejos del escenario en cuestión, dirigentes edilicios y autonómicos se aprestaban por la misma hora a intentar resolver con la mejor voluntad de acierto algunos de los problemas que dificultan el avance, siquiera tardígrado, de la colectividad española por los caminos de progreso y modernización inexcusables. Personas todas responsables y de rectitud de miras, es seguro que aquel día, como en el resto del calendario político, casos semejantes y aun más excruciantes que el del chatarrero sevillano aguijoneaban su conciencia para cumplir con la entrega más indesmayable a su misión y funciones.
Sino que entre los grandes números, las macromagnitudes de deudas y déficits, inversiones y proyectos de mareantes cifras es muy presumible que mandatarios y líderes releguen a un plano menor las angustias y desazón de los numerosos de sus conciudadanos que, cotidianamente y a lo largo de todo el país, esperan de los renglones genesíacos de gacetas regionales y nacionales una respuesta eficaz a su terebrante impotencia.
Más allá de pleitos partidistas y controversias banderizas, habrá de creer que los rectores de nuestra vida pública encuentren el mínimo sosiego y concordia indispensable para aproximarse tangiblemente a las múltiples gentes que tienen depositadas en su actuación las últimas esperanzas de redención económica y social. Claro es que sin el respaldo igualmente visible e incondicional de todos los estratos de la comunidad española el trabajo de sus representantes políticos no irá adelante. A título individual el abajo firmante se lo otorga con exigida e ineludible modestia, mas con el ardor requerido por la más noble de las causas: la solidaridad con la indigencia y la infirmidad.