José Manuel Cuenca Toribio
JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.
TRIBUNA
Un fecundo y grande acontecimiento
El agnóstico y poco diplomático G. Clemenceau no logró ocultar su irónico escepticismo ante los célebres Catorce Puntos de la declaración de paz wilsoniana de finales de la Gran Guerra —enero de 1918-, al exclamar: “El buen Dios sólo estableció diez”… Ocho fueron, como se recordará, los extremos sobre los que descansó la famosa Carta del Atlántico de la que en estos urentes días de agosto de 2011 conmemoramos su setenta aniversario. Conmemoración esencialmente letífica, frente a tantas otras teñidas a menudo de tristeza, si la celebración se aborda con sinceridad y sin convencionalismos. (Particularmente, los españoles sabemos mucho de ello…).
El 24 de agosto de 1941 “en un lugar del Atlántico” —proximidades de la costa de la península de Terranova “- y en la cubierta del crucero Augusta de la marina norteamericana firmaron el presidente F. D. Roosevelt y el “premier” británico W. Churchill un documento a la vez genesíaco y legatario. Cooperación económica a escala mundial; renuncia al empleo de la fuerza y desarme progresivo; libertad de todo pueblo a elegir su fórmula de convivencia y gobierno; accesibilidad de todos los Estados a las fuentes de materias primas; rechazo de cualquier espíritu de agresión y conquista… Después de haber sobrevenido acontecimientos con muy escasos precedentes en el curso de la historia, vuelta no sólo una página sino todo un ancho y decisivo capítulo del pasado, tal programa guarda hoy por entero su vigencia y, afortunadamente, una extensa porción de su articulado sustenta de manera firme el orden internacional. La retórica del mejor progresismo estadounidense —afín en ciertas vertientes a un Churchill de madre yanqui- insufla de un airón de verdadera idealidad a un texto proclive a deslizarse o emplearse propagandísticamente.
Bien que, a las veces, así haya sido, el tiempo demostró que la mayor parte de la humanidad ha hecho suyos el espíritu y gran parte de la letra de uno de los textos fundacionales de la democracia contemporánea. Advertidos o no, en él beben con casi completa exclusividad los movimientos políticos y sociales que proclaman un mundo mejor y un orden a escala planetaria más justo. Sin forzar en exceso el argumento, en la Carta del Atlántico —alma y guión de la Carta de las Naciones Unidas de un cuatrienio posterior- pueden verse y reflejarse las aspiraciones últimas de muchas vanguardias hodiernas y de no pocos fenómenos antisistema, a la manera del de los “indignados” de 15-M.
Tal deriva patentiza una vez más el curso paradójico que preside la marcha de numerosos acontecimientos de onda larga. El dúo de mandatarios quizá con mayor pedigrí democrático nunca registrado —uno de ellos, el norteamericano, arquetipo por antonomasia del gobernante progresista- no pudo jamás imaginar que, al correr de los días, sepultados en el basurero de la historia los totalitarismos de faz y naturaleza demoníacas, sobrevendría una época en la que los pilares de la soberanía popular —los atañentes a la representatividad parlamentaria- se verían puestos a juicio y sometidos a una implacable crítica y repudio del lado de estratos considerables o muy sensibilizados de las sociedades postmodernas. En los antípodas del dogmatismo, Roosevelt y Churchill creían que la democracia se identifica con la discusión y el dinamismo, pero no con el revisionismo a ultranza permanente y el orillamiento de un consenso básico.
Optimistas por naturaleza y credo, ambos pensaban también que todas las batallas doctrinales entabladas en el seno de las colectividades maduras acaban indeficientemente con un acrecentamiento de la solidaridad y la libertad. Esperemos que aquí anduvieran tan acertados como en su estrategia antidictatorial y en su apuesta por la democracia. Ningún exvoto a su memoria les será tan querido como la adhesión entusiasta a su confianza en las fuerzas del progreso.




