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América Latina, un continente con futuro

Alejandro San Francisco
lunes 27 de mayo de 2013, 20:27h
En su interesante y provocador libro Por qué fracasan los países (Barcelona, Deusto, 2012), Daron Acemoglu y James A. Robinson plantean que dos sociedades ubicadas en un mismo lugar geográfico, clima y con población de un sustrato racial similar, como serían los casos de Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora), por ejemplo, tienen resultados económicos y sociales muy distintos: una es rica y la otra es pobre. Lo mismo ha ocurrido con algunos zonas de África y otros lugares del mundo, donde se aprecian considerables contradicciones a pocos kilómetros de distancia y, ciertamente, como ocurre entre muchos países vecinos.

Lo mismo puede decirse de un continente analizado no ya en comparación a otro, sino en relación a sí mismo a través del tiempo. Muchas veces América Latina fue vista como una especie de condenado a la cadena perpetua del subdesarrollo, que se sumaba a una dependencia estructural respecto de otros lugares o potencias del mundo. En síntesis, una situación marginal, periférica y pobre. ¿Debe ser realmente así? La historia enseña que no, que la pobreza y el subdesarrollo no forman parte de un destino obligatorio ni de una condena atávica destinada a durar siglos. La creación de riqueza, el desarrollo de los pueblos, la calidad de vida de la gente, es una elección, una decisión lo mismo que permanecer en la pobreza.

Las condenas raciales o geográficas no son adecuadas para comprender la evolución de los países. Hoy el mundo observa que en Europa hay dificultades, mientras China tiene un mayor crecimiento; se espera que dentro de unos años Estados Unidos deje de ser la primera economía mundial; algunos países africanos muestran un crecimiento económico promisorio. Lo relevante son las decisiones libres de los ciudadanos y sus gobernantes, así como las instituciones que se da cada país. En ese contexto debemos analizar la realidad de América Latina y uno de sus proyectos actuales más ambiciosos: la Alianza del Pacífico, integrada por México, Colombia, Perú y Chile. Es decir, más de doscientos millones de personas y un tercio del PIB del continente. Se trata de una asociación “llamada a ser un verdadero puente que cruce el extenso océano para unir a los pueblos de América y Asia”, sobre la base de “la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas”, como señala un documento fundacional.

En junio de 2012 se firmó el Acuerdo de la Alianza en el Cerro Paranal de Chile, con presencia del Rey Juan Carlos; en noviembre se ratificó en Cádiz el compromiso de avanzar en el área de libertades, y se incorporó España como observador; en enero, con ocasión de la Cumbre CELAC-UE, los gobernantes de las cuatro naciones acordaron avanzar a la liberación de aranceles para el 90% de los productos, comprometiéndose a llegar al 100% en un breve plazo. Finalmente, se han reunido en Cali, Colombia, los presidentes Enrique Peña Nieto (México), José Manuel Santos (Colombia), Ollanta Humala (Perú) y Sebastián Piñera (Chile), quienes han ratificado acuerdos de libre comercio y han confirmado la apertura de mercados y las posibilidades económicas que representa el proyecto para la región.

En la ocasión la reunión de la Alianza contó con la asistencia de los gobernantes de España, Costa Rica y Canadá, entre otros. El único país europeo presente en la cita, representado por su presidente Mariano Rajoy, ha manifestado interés en el proyecto, tanto por lo que significa América Latina para la política exterior española como por las posibilidades de ampliar su acceso a los mercados del Asia Pacífico.
Hay un par de aspectos interesantes que se podrían destacar, desde la perspectiva política.

El primero es que los cuatro países fundadores de la Alianza tienen historias distintas y a veces contradictorias; sus presidentes también representan trayectorias, partidos e ideologías diversas; ha habido y habrá cambios de gobierno en cada uno de las naciones de acuerdo a la alternancia propia de las democracias. Sin embargo, todos ellos comparten el genuino interés por la importancia de la libertad económica y la democracia, como factores relevantes para el éxito actual y futuro de sus pueblos.

El segundo aspecto es todavía más crucial, sobre todo desde el punto de vista simbólico. Subyace dentro de la Alianza del Pacífico la convicción de que los países de América Latina pueden y deben alcanzar el desarrollo, que cualquier minusvaloración que se haga respecto de ellos representa una visión retrógrada, racista o pesimista, y por tanto inaceptable. Desde hace algún tiempo México, Colombia, Perú y Chile han avanzado en su desarrollo humano y también en los aspectos institucionales, mientras anticipan un siglo que debiera dejar atrás las lacras del subdesarrollo y la marginalidad.

Como ha señalado en un reciente artículo Luis Alberto Moreno, Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se trata de “la propuesta de integración más ambiciosa que hayamos visto en décadas”, que abre el camino a constituir una región de “clase media sólida y próspera”. Si bien no sabemos cómo terminará esta historia, sí es posible ver las expectativas que se han abierto y la línea que sigue la Alianza del Pacífico, “llamada a generar un entorno positivo de desarrollo económico y progreso social”, en palabras del presidente Santos (El Tiempo, 23 de mayo de 2013), que “se afianza como nuevo motor latinoamericano”, según un titular de El País (24 de mayo de 2013).

En la reunión de Cali, el gobernante chileno Sebastián Piñera entregó la presidencia Pro Tempore de la Alianza del Pacífico a su par colombiano José Manuel Santos. Porque, como afirmó este último, el proyecto no se trata de liderazgos personales, sino de consolidar un futuro de libertad y progreso. Es que los tiempos están cambiando, como lo ilustra otro ejemplo reciente, que vale la pena mencionar.

Poco antes de iniciar un viaje por el continente, el Vicepresidente de los Estados Unidos Joe Biden ha señalado que “la pregunta ya no es qué podemos hacer por América Latina, sino qué podemos hacer con América Latina”, destacando el crecimiento económico y la transformación democrática de la región. Para el gigante del norte, así como para las potencias europeas, mirar al continente que ha levantado la Alianza del Pacífico no debe responder a un oportunismo político, sino a la genuina convicción sobre las posibilidades históricas que tiene América Latina en un mundo cambiante, en dificultades, pero con un enorme futuro.
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