Antonio Hualde
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación José Ortega y Gasset.
EPPUR SI MUOVE
El origen del paraíso
Desde hace algún tiempo, cada reseña que vemos de Irak suele ser, cuando menos, dramática. Guerra y muerte por doquier ahora; antes, un tirano que sojuzgaba al país entero. Algo parecido puede decirse de su vecino Irán, auténtica teocracia donde los ayatollahs hacen y deshacen a su antojo. Nos queda bastante lejos, y por ello vemos todo cuanto allí acaece con un cierto distanciamiento. No deberíamos. Basta con echar la vista atrás unos cuantos siglos, para ver que una vez, la Humanidad empezó a despuntar por aquellos pagos.
De hecho, puede que el origen de estas líneas se halle cerca de Bagdad, en Uruk. Allí, más de 3.000 años A.C., nació la escritura. Así, en la narración más antigua de la Historia, el Poema de Gilgamesh, leemos las aventuras del rey citado, y atisbamos ya alguno de los mitos más recurrentes. La Biblia se haría eco de alguno de ellos, como el diluvio universal. Sumerios, acadios, asirios... todos dejaron su impronta. Tanto es así que la primera codificación de carácter jurídico de la que se tiene noticia proviene de allí: el Código de Hammurabi. Se trata de la primera compilación de leyes que se conoce, y que ha llegado hasta nuestros días en un estado de conservación admirable. Y del Código de Hammurabi extraemos, entre distintos preceptos, la popular Ley del Talión -“ojo por ojo...”. Esta y otras piezas las podemos ver en el Louvre, testigo vivo del origen de la cultura. También —cómo no- en el British Museum de Londres; allí está el Estandarte de Ur, una de las obras más bellas creadas por el hombre.
La Torre de Babel del Antiguo Testamento bien pudo ser el Zigurat -templo elevado en forma de espiral- de Ur. También se dice que es entre los ríos Tigris y Éufrates donde se emplazaba el paraíso terrenal. Muy diferente a lo que hoy es, por desgracia. Y Babilonia, con sus Jardines Colgantes -una de las ocho maravillas del mundo, ya desaparecida- y todo su lujo asiático, plasmado en sus puertas de entrada a la ciudad -como la de Ishtar- fue capaz de conquistar al mismísimo Alejandro Magno, y marcar el principio de su fin. Tales eran las maravillas que ofrecía el antiguo Irak que el macedonio quedó embelesado. Y desde un punto de vista más prosaico, lo que hoy conocemos como alcaldes, ayuntamientos y demás figuras jurídicas municipales, surgieron allí. La lista es innumerable, y lo que de allí procede, más. ¿Qué ha ocurrido, pues, para que haya semejante abismo entre lo que fue el Irak cuna de la Humanidad, y lo que es hoy, un auténtico cementerio? Simplemente la acción del hombre; hombre que nació al intelecto allí, y que parece que elige para sepultarlo el lugar de donde todo salió. Triste tautología.




