Parece que hoy en día el hábito poco recomendable de escribir graffiti se ha extendido prácticamente por todos los lugares públicos del mundo y en este sentido los monumentos del Partimonio de la Humanidad de la UNESCO, repartidos en toda la geografía universal no constituyen nunca una excepción. Según los datos que facilita la prensa japonesa que acaba de realizar una encuesta a los 62 edificios de los once Patrimonios de la Humanidad inscritos en la lista de la UNESCO en Japón, una cuarta parte de ellos —concretamete 23 entre los 57 edificios que han repondido a la encuesta- sufren los daños de este acto poco cívico. Los administradores de estos edificios, aunque ponen remedios para evitarlo por instalar vallas, cámaras de vigilancia o timbres de alarma, no consiguen nada positivo. Y todos coinciden en que el método más eficaz para ello es mantenerlo todo limpio para que el orden y la limpieza puedan servir de presión psicológica a los visitantes para dejar de hacer esos actos. Efectivamente una pintada o un pequeño “graffito” tiene la magia especial para tentar hasta a las personas más honestas y disciplinadas a juntarse en esta travesura. Pero no hay que olvidar nunca que hacer graffiti obviamente constituye un delito, hablando en terminos jurídicos, en todos los países civilizados del mundo.
Parece que en esta universal tentación tan humana han caído en la ciudad italiana de Florencia seis pobres universitarias japonesas cuando en el pasado mes de febrero subieron hasta el mirador de la Catedral de Santa María del Fiore y descubrieron que las paredes y las columnas del mirador estaban llenas de graffiti de todos los idiomas, en italiano en su mayoría, inglés, español, coreano y, ¿cómo no?, en japonés también. Allí las seis chicas, animadas por este panorama tan tentador, pintaron con un rotulador unos corazones con sus propios nombres e incluso el nombre de su universidad como recuerdo de su inolvidable viaje de estudios por la bella ciudad renacentista… Hasta allí, todo marchaba de maravilla.
Pero al regreso a Japón se encontraron con la sorpresa de que por el rápido “chivatazo” de un compatriota que también visitó el mismo lugar unos días más tarde, la universidad estaba perfectamente informada de lo que hicieron sus alumnas con una foto digital de testimonio sacada y enviada por vía cibernética por el improvisado informante. Las autoridades de la universidad rápidamente pusieron una sanción amonestadora a las seis y mandaron una carta a la Catedral italiana disculpándose del lamentable comportamiento de sus alumnas. Y mientras tanto, esta noticia tuvo mucho eco en todos los medios informativos de Japón y contó con el apoyo casi unánime de la opinion pública, que calificaba estos actos de “vandálicos” y considerándolos casi como un motivo de “vergüenza nacional”. Y finalmente, a principios del mes pasado de julio, el presidente de la universidad en persona se desplazó hasta Florencia para pedir disculpas. Y junto con él, una de las estudiantes, en representación de las seis “culpables”, volvió a visitar la ciudad y en señal de disculpas y de arrepentimiento, ofreció la cantidad de 600 euros para el cuidado y buen mantenimiento de este Patrimonio de la Humanidad. Las disculpas fueron felizmente aceptadas por los italianos, que a su vez manifestaron su aprecio a la formalidad oritental demostrada en todo el proceso de este incidente. Pero también era verdad que toda esta serie de reacciones algo exageradas por parte de los japoneses asombró no poco a los italianos. Pues, claro, pensándolo bien, éstos deben de estar más acostumbrados que cualquier otro pueblo del mundo a la práctica de esta travesura, como bien lo prueba la difusiión universal del vocablo “graffiti” .
Frente a un problema tan trivial a primera vista como el de graffiti, es interesante observar unas posturas tan opuestas entre los dos pueblos. ¿O la hiper-sensibilidad cívica nipona o la hiper-indulgencia italiana? Los discretos seguramente razonarían a lo Gracián predicándonos la necesidad de intentar buscar algún equilbrio inteligente entre las dos posturas.
Pero por otro lado, ¿no sería más atractivo e interesante nuestro pequeño mundo mientras siga habiendo este tipo de diversidad entre los pueblos, aun en medio de este mundo “globalizado”, por medio de la comprensión y respeto mutuo a las peculiares formas de pensar y de comportamiento de los demás?
Hidehito Higashitani
HIDEHITO HIGASHITANI es catedrático emérito de la Kobe University of Foreign Studies y actualmente catedrático de Literatura en Himeji Dokkyo University (Japón).
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