William Chislett
WILLIAM CHISLETT es escritor y colaborador del Real Instituto Elcano
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opinion
Outsider
La herida que no cicatrizará
La polémica decisión del juez Baltasar Garzón de abrir la mayor investigación judicial sobre los desparecidos enterrados en fosas comunes como consecuencia de la represión franquista ha coincidido con la publicación en el Reino Unido del último libro del gran historiador Paul Preston acerca de los corresponsales extranjeros en la guerra. Ernest Hemingway, Martha Gellhorn, John Dos Passos, André Malraux, Arthur Koestler, Mijaíl Koltsov, George Orwell y muchos otros pasaron por España y escribieron lo que vieron o, al menos, lo que pudieron. En condiciones precarias, afrontando graves riesgos e inmersos en el frenesí del combate, y sin la tecnología disponible hoy para los corresponsales, a todos ellos les transformó la guerra. Produce una sensación rara leer sus crónicas de hace 70 años en el libro de Preston (We Saw Spain Die, publicado primero en español el año pasado bajo el titulo Idealistas Bajo las Balas) y a la vez vivir el debate agrio que ha surgido a raíz de la decisión de Garzón. Preston cita en el último capitulo de su libro al escritor americano Alfred Kazin quien nada menos que a mediados de la década de 1980 todavía consideraba que la guerra de España era “la herida que no cicatrizará”. Veinte años más tarde parece que nada ha cambiado, a juzgar por el debate en la calle y entre la clase política de si hace falta o no identificar las fosas comunes. El libro de Preston (con un primer capitulo que no está en la versión en español) nos recuerda que muchos de los casi 1.000 corresponsales que fueron a España apoyaron, implícita o explícitamente y durante y después de la guerra, a un bando u otro — la mayoría de los más famosos, y a veces idealistas, lo hicieron a la causa Republicana. Gracias a corresponsales como George Steer de The Times de Londres y Jay Allen de Chicago Daily Tribune, muchos de los acontecimientos más trágicos de la guerra, como el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor y la matanza de Badajoz, fueron rápidamente conocidos en el mundo. Sin la crónica de Steer y de otros la verdad probablemente hubiera quedado sepultada bajo el espeso manto de desinformación tejido por el jefe de prensa de las Nacionalistas, Luis Bolín, y mantenido por el régimen de Franco durante los treinta y cinco años siguientes. Es una lastima que estos corresponsales no pudieran quedarse en España después de la guerra (sin poner sus vidas en riesgo) porque tal vez hubieran escrito sobre la represión e identificado algunas de las fosas comunes que ahora pide investigar Garzón cuya iniciativa se une a la de historiadores y familias de represaliados. El próximo libro del inagotable Preston se titula The Spanish Holocaust. Como extranjero, encuentro imposible decidir que hay que hacer para cicatrizar para siempre la herida, y no me corresponde hacerlo. La transición española fue muy sui generis, como explica muy bien Omar Encarnación en un ensayo ponderado, titulado “Reconciliation after Democratization: Copying with the Past in Spain”, de próxima publicación en Political Science Quarterly. Contradice teorías muy bien establecidas, como la de la justicia transicional. Yo hubiera preferido que fuera la clase política la que se pusiera en acuerdo en poner en marcha el proceso de identificación de las fosas comunes y no que lo haya hecho un juez al que le gusta salir en las portadas. Pero los políticos, como casi siempre, no han estado a la altura de las circunstancias.

