Martín-Miguel Rubio Esteban

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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mirada escolástica

El húsar de la Mancha

30-10-2009

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Mi admirado amigo Héctor Huertas, doctor en medicina, estupendo pediatra hoy ya jubilado — aunque ese sacerdocio hipocrático tendrá siempre un efecto vitalicio — e intelectual de raza, nos presenta una novela histórica sobre uno de los grandes héroes de su pueblo, Francisco Abad Chaleco, el audaz y arrogante guerrillero manchego que tanto hizo por la independencia de su patria ante la invasión de los franceses; aunque no todas las motivaciones para su proceder se sintetizasen en el patriotismo.

Después del estupendo estudio que hiciese sobre el género de la novela histórica Georg Lukács, ya poca cosa nueva se puede decir sobre este género literario. Tan sólo decir que la novela histórica nació a principios del siglo XIX, aproximadamente en la época de la caída de Napoleón ( El Waverley, de Walter Socott se publicó en 1814 ). Desde luego que hay novelas de tema histórico ya en los siglos XVII y XVIII, y quien así lo desee puede considerar como “precursoras” de la novela histórica las elaboraciones de historia antigua y de mitos en la Edad Media, e incluso antes, en la época del Bajo Imperio Romano ( Aulo Gelio, Macrobio, Orosio, Lactancio y otros propagandistas cristianos ) o remontarse aún hasta la China y la India con Kalidasa. Pero en este recorrido no encontrará nada que pudiese aclarar en algo fundamental el fenómeno de la novela histórica. Las llamadas novelas históricas del siglo XVII ( Scudèry, Calprenède, etc. ) son históricas sólo por su temática puramente externa, por su apariencia, pero en absoluto lo son. Incluso la más famosa “novela histórica” del siglo XVIII, el Castle of Otranto, de Horace Walpole, el hijo del famoso Primer Ministro británico, ejemplo perfecto de la corrupción política, trata igualmente la historia como algo superficial y secundario; lo único que interesa aquí es la curiosidad y la excentricidad del ambiente descrito, no la representación artísticamente fiel de un período histórico concreto. Es así que Walter Scott es el verdadero padre de la novela histórica, y no se puede hablar “sensu stricto” de novelas histórica antes de su gran obra literaria. Es así que Héctor Huertas es un cofrade de esta gran cofradía fundada por aquel egregio inglés.

La novela de nuestro Héctor se inicia con la dulce cadencia del rezo de las letanías lauretanas del Santo Rosario, como el soberbio Il Gattopardo, de Tomasi di Lampedusa: “La hora del Rosario era finita”. Y comienza in medias res, con el final de la sangrienta Batalla del Seis de Junio, la efemérides más gloriosa y cruenta del pueblo de Valdepeñas. Existen pueblos de España, como mi querida Zamora, por ejemplo, cuya peripecia contra los gabachos fue sin duda gloriosa, aunque menos debida al pueblo en su conjunto que a singularidades señeras, como el gran guerrillero Pablo Morillo, futuro Capitán General frente a los traidores independentistas americanos. Por el contrario hay otros pueblos, como Zaragoza, Gerona, Móstoles, Madrid o nuestra Valdepeñas, que es la voz coral del entero colectivo local y cívico quien aparece en su masiva y con contornos mal definidos totalidad, como gentilicio de la dramatis personae, ante la Historia, ante nuestra Historia. Y en esta novela el segundo personaje más importante, después de Chaleco, es, naturalmente, Valdepeñas.

Gusta Héctor Huertas de palabras terruñeras, de esas palabras impregnadas con el sabor esencial de Valdepeñas, hijas de un uso telúrico, intrahistórico, de sus paisanos, que tanto amor demuestran a su pueblo vivo y longevo. Porque no hay nada que defina mejor a un pueblo que su vocabulario terruñero, esencialmente visceral, metafísicamente popular, eso que los lingüistas llaman isoglosas, como las ondas de los estanques, y los estanques serían los cuerpos de los pueblos, que se producen cuando se tira una piedra, o cuando una diminuta mota de polvo en suspensión al fin es vencida por su leve gravedad y cae fatalmente produciendo una onda pequeña, pero sintiente y perfectamente configurada. Y así son las expresiones más raciales de los pueblos de España, como es el caso también de Valdepeñas. Estas palabras profundas y castizas, que emergen del subsuelo centenario del alma colectiva, identifican mejor a Valdepeñas, la ciudad del héroe de esta novela, que la descripción de la propia llanura, festoneada de áridos cerros de empinadas cuestas.

Si al principio de la novela los personajes aparecen sin perfiles, incoloros, informes, como meros nombres huecos insípidos, el avance narrativo irá configurando sus contornos psicológicos hasta finalizarse la novela con perfectos ejemplos de caracteres muy conseguidos — no sólo el del protagonista -, con sabores certeramente singulares, con patrones de conductas muy verosímiles y coherentes. Aristóteles ya llamó a la fábula “quod vero simile fieri potuit”. Es decir, la ficción como realidad verosímil. Es evidente que Héctor Huertas ha ido soñando sus personajes a medida que avanzaba la novela, conformando a partir del barro inicial — y Héctor es un consumado artista del barro — con que se inicia la novela siluetas caracteriológicas muy bien conseguidas, siguiendo quizás los modelos eternos de los Caracteres, de Teofrasto, como buen profesional hipocrático.

La hazaña contra los franceses llevada a cabo en Sta. Cruz de Mudela ocurrió un día antes de que Valdepeñas sellase para siempre su heroísmo colectivo, su enorme valor cívico en la jornada del Seis de Junio. La descripción psicológica del Alcalde Mayor de Valdepeñas, Don Francisco María de Osorio y Becerra, eso que la vieja retórica narratológica llamaba “etopeya”, da pie a sacar como conclusión de que existe un límite a la doctrina beatífica de la paz, y de que la paz a toda costa nunca es paz, si hemos hecho almoneda de nuestra propia dignidad.

Ante los franceses la Calle Ancha se convirtió en una nefasta ratonera sin ninguna salida posible para los invasores. Valdepeñas se enfrentó ante los profesionales de la guerra sin la más pequeña ayuda del ejército regular español que quedaba leal ante el Rey Fernando VII, representado por el pusilánime oficial Alesón.

Las páginas sobre la Guerra de la Independencia son trepidantes, y están enhebradas de apabullantes excitaciones. Aquí la lectura corre torrencial, imparable, y el suspense del acontecer sorpresivo nos pasma y nos engancha de forma casi inevitable, no pudiendo por ello soltar de las manos estupefactas el sabroso discurso narrativo de los asombros de la guerra. Héctor Huertas el arte de la narración, la diégesis histórica y siempre bien documentada. Se notan, desde luego, en este libro, en su acelerada narración bélica, los profundos estudios de Aymés, sin duda el mejor historiador de la gran gesta de nuestra Guerra de la Independencia.

La geografía urbana de Valdepeñas, su delirante callejero de principios del siglo XIX, ha sido meticulosamente estudiado, y es ella misma, como transfiguración visible del alma de Valdepeñas, protagonista también de la novela. Es por ello que se echa de menos en el libro un mapa de la Valdepeñas de la época novelada, muy a propósito para seguir las inquietantes vicisitudes de la Jornada del Seis de Junio y las andanzas de Francisco Abad Chaleco. Es seguro que el autor, tan amante de las Bellas Artes, como demuestran sus pasadas preocupaciones públicas por las mismas, ha observado con penetración el magnífico cuadro del Seis de Junio del magnífico pintor valdepeñero Manuel Delicado — que forma parte de la colección privada del también egregio pintor valdepeñero Vicente Nello -, pues la descripción que Héctor hace de la señalada Batalla, su confusión y ferocidad, se encuentra perfectamente reflejada en este cuadro, un tanto goyesco y sorallesco.

Por otro lado, de la Batalla del Seis de Junio salió vivo el patriota que llegaría a ser el primer cronista de esta gran batalla urbana, Alfonso Molero, y del que Huertas ha tomado importantes partes de su relato. La Batalla de Valdepeñas supuso un grandísimo contratiempo en las consideraciones tácticas del General Dupont al no poder recibir en el tiempo oportuno los refuerzos que traía el general Vedel. Con la Batalla del Seis de Junio el “prudente” Francisco Abad Chaleco comienza su gloriosa biografía, hoy ya historia, de guerrillero liberal (¡caso rarísimo en aquella España!) contra los franceses invasores.

“- Esos gabachos, hi de puta, se han llevado la vida de Miguel y de muchos otros paisanos, ¡a fe mía que lo pagarán caro!, ¡por cada vida que hayan quitado aquí tomaré yo cien de las suyas, por toda La Mancha y por el mundo entero, si se hubiere de terciar!”

Y en verdad que Francisco Abad Chaleco cumplió su amenaza juvenil. Aunque, como tantas otras veces, la patria no estuviese a la altura del amor infinito de sus hijos, y llegase un día en que una España madrastra ejecutase al héroe de forma infame, hasta profanado su cadáver.

Novela histórica bien escrita y documentada, que todo aficionado a nuestra gesta de la Guerra de la Independencia debe leer, y que todo valdepeñero está obligado a leer.







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