El sueño del teatro en Francisco Nieva
martes 01 de junio de 2010, 21:12h
La temporada teatral nos ha obsequiado con una sorpresa de excepción. Después de una pausa demasiado larga, regresa al escenario de la sala Valle-Inclán de Lavapiés Francisco Nieva, dramaturgo, escenógrafo y director. Pero no se trata de un estreno más sino de toda una peripecia enredada en la vida de un niño y en las vicisitudes de nuestro país.
Más de cincuenta años ha tenido que aguardar esta pieza fulgurante, escrita con un verbo clásico, ágil y hermoso.
Presentada al premio Lope de Vega, llegó a finalista dos veces, mas fue castigada en la segunda ocasión a causa de una llamada desde El Pardo de Carmen Polo. Al parecer, su candidato era otro.
Tórtolas, crepúsculo y telón es el nombre en tríada barroca de este cuento de ensueño, rico y radiante, que celebra el veterano arte festivo del teatro, homenajea al público y recrea un coliseo del pueblo manchego y dionisiaco del autor donde su madre vivió tardes imborrables.
Derribado el edificio, el niño Nieva conoció tan sólo el sitio y le quedó, de esta suerte, un hueco afectivo que, andando el tiempo, orientó sus pasos y se mutó en el germen de una de sus obras predilectas.
Así, decidió reconstruir el lugar tantas veces rememorado con emoción por su madre, aquel en el que la joven disfrutó, en el palco familiar, de La bruja de Chapí cuyos números cantaba a su hijo con voz de soprano, y vincularlo a las moradas del vecindario por medio de los proscenios habitados por seres variopintos que entran al foro y se marchan luego como si sus habitáculos fueran los balcones de las antiguas corralas.
Y a la afición materna por la zarzuela tal vez se deba la frescura desenvuelta de la Menegilda que aparece por uno de los palcos-vivienda de Tórtolas, las dos viejas fisgonas del palco más alto, el pintoresco matrimonio de Ramadeo y Ramadea, grotescos tipos a lo Botero y, sobre todo, el rifirrafe entre las dos viejas divas, Trapezzia, prima donna de la compañía retenida en el escenario a causa de una cuarentena, y su rival, la insolente Zemira, quien irrumpe a través de otro de los proscenios, agresiva y desafiante, alardeando de que ella es una artista de minorías.
Dos actrices extraordinarias, Esperanza Roy y Jeannine Mestre, son las encargadas de darles vida dramática.
Las creaciones del genio español siempre han resultado superrealistas en vez de superfantásticas, dice Ramón Gómez de la Serna en su biografía de Francisco de Goya. Esta de Francisco Nieva también lo es. Posee, además, una simbología compleja e inquietante con personajes ambiguos y de resonancias míticas como el portero Senedian, Manuel de Blas, especie de trujamán diabólico y factótum amenazante o los hermanos Barrabás, pareja de gemelos saltarines con aire de duendes.
No falta Opal, la actriz lánguida y desvaída, enferma imaginaria, interpretada con talento y finura por Beatriz Bergamín ni las escenas que amagan pesadillas a lo Poe. Todo bajo la batuta del autor. No se puede pedir más.
Ya he visto dos veces esta prodigiosa función; la primera, salió a saludar Francisco Nieva; la segunda, no tuve la misma fortuna. Volveré.
Es teatro para disfrute de la vista y del oído, una fiesta de la palabra vibrante y un maridaje feliz, en palabras del escritor, de la vanguardia y lo clásico.