Escribir bien
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 10 de agosto de 2012, 20:07h
Por razones sólidamente fundadas, los clásicos siempre aciertan ¿La tuvo, sin embargo, Horacio al decir que para escribir era necesario leer sin tregua ni descanso? Es discutible. La experiencia muestra que personas ampliamente abastadas de lectura al colocarse ante las albas cuartillas no poseen ni fluidez, ni rigor ni estilo; y al contrario, esto es, hombres y mujeres sin demasiada familiaridad con los libros, de discontinuo y espaciado engolfamiento en novelas, ensayos o poesía y que, no obstante, colocados frente a emborronar papeles lo hacen de manera expedita, creativa y vigorosa.
Pues hay, en efecto, mucho de nascencia, de ignoto e incomprensible en el oficio del lletraferit. Las musas se amistan con espíritus aparentemente bastos y se distancian de otros, refinados y, a la mirada ajena, aquistados por la sensibilidad y la elegancia. Al fin de los tiempos, conoceremos las causas de tan extraño y frecuente fenómeno. Todo, en verdad, es misterioso y oscuro en el arte de la escritura, como lo es también en el terreno de las restantes. El racionalismo no puede dar demasiados pasos en sus dominios, en el que no existen progresos ni avances. Homero, expresión y producto de una civilización agraria en sus estadios iniciales, es tan actual o más que P. Roth, descifrador de algunos de los enigmas de la Norteamérica de la postmodernidad y de la entrada en su lento declive; y Shakespeare nos es más próximo que varios de los autores más renombrados del siglo XX; y Cervantes, en una España que nada, hèlas, posee en común con la de los Austrias mayores y los aventureros y misioneros de América, continúa con el cetro del humanismo más seductivo y al alcance de varones y hembras nacidos en un país en otro tiempo glorioso “tanto por las plumas como por las espadas”, como dijera de la Córdoba inmortal el más preclaro de sus hijos, D. Luis de Góngora y Argote (¿Ha habido, por casualidad, mayor poeta que él en el ancho planeta de las letras hispanas?).
El canon de la buena escritura lo patentó en los primeros decenios de la pasada centuria Azorín, según dictamen generalizado entre los críticos. El autor alicantino fue sin duda persona de incontables lecturas, centradas con particularidad en los grandes nombres del Siglo de Oro. De ahí, que, injustificada pero comprensiblemente se atribuya a su escritura cierta rigidez y mimetismo, horra, justamente, de la espontaneidad y libertad que sus héroes derrocharon a raudales. Otro gran lletraferit levantino del momento presente, Manuel Vicent –para el articulista (en el mundo de los gustos no hay indiscutible) el prosista de mayores quilates de las generaciones contemporáneas- se nos descubre como personalidad no precisamente descollante por la anchura y número de sus lecturas, sino ante todo por su tremente estilo, capaz de recoger y recorrer la casi inacabable escala de emociones y sentires del alma, con lenguaje en el que se identifica la mayor parte de sus coetáneos.
Al igual que todos los grandes bienes, el de la buena escritura es también muy fugaz. Apenas ha un lustro que muriera el periodista que, según uno de sus comentaristas más autorizados y fallecido del mismo modo poco tiempo atrás, manejaba el castellano como nadie lo hiciese hasta entonces. A pesar de tretas y artificios a los que era muy ocasionado, su cultura resultaba perfectamente descriptible y mensurable. Hoy su obra se halla sumida en el más denso de los silencios. Es este, se argüirá, el destino ordinario de las figuras literarias, ubicadas en un purgatorio del que muchas retornan y otras no, conforme a otra ley impenetrable del universo de las letras. Innegablemente, comparecen en los manuales y tratados autores con gran fama y poderío en su época y luego succionados por el olvido más invencible, así como otros que siguen la cadencia de los astros o se instalan para siempre en el interés y reclamo de los lectores por los siglos de los siglos.
Entre ellos hay cultos y menos cultos. Pero el viejo y atractivo Horacio tiene razón: para el dominador –o la dominadora- del lenguaje, la belleza y el sentimiento la lectura será siempre una preciosa y enriquecedora compañera.