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Fides

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de agosto de 2012, 20:10h
Una vez que la fe como don gratuito, te haya entrado por los oídos, camino sensorial propio de la fe según San Pablo y Santo Tomás, ya no se puede sacar del alma. Nadie puede arrancar la fe que le han dado gratis y misteriosamente; sobre el manantial de la fe podrá colocarse gigantescas rocas, peñascos, cascotes, escombros y arena, pero cuando tiemble el alma, conmovida por un accidente de la vida, como la muerte de un ser querido, una crisis emocional o metafísica, etc., se estremecerá la montaña de piedra y de escombrera con que hemos ocultado el pequeño venero de la fe cristalina, y ésta volverá a salir por el resquicio que menos se espera, pudiéndose producir una conversión que nos devuelva a la Iglesia, sacramento visible de la salvación, según Pablo VI, y hogar natural del Espíritu humano. Los terremotos de nuestra vida nos dejan a menudo al descubierto grandes socavones en el alma por los que emergen las llamaradas de lo que se creyó que era un volcán apagado.

Las verdades transcendentes que nos fueron inculcadas en la infancia a menudo vuelven a ejercer una poderosa fascinación sobre nuestras facultades adultas, a la menor crisis existencial, formando siempre un Guadiana latente y terapéutico que emerge como ayuda, consuelo y esperanza al menor contratiempo de nuestra vida.

Los hombres y mujeres que experimentan la conversión quizás representan el principal factor de vigor renovado y creciente para la Iglesia católica de nuestro tiempo. La admiración que inspira su conversión para el católico de nacimiento y que no ha dejado de ser practicante es una réplica exacta de la que la Iglesia testimonió en sus inicios a los mártires de la fe. Porque conviene recordar que “mártir” significa “testigo”. El fenómeno de la conversión, que afecta a todas las clases y personalidades, ofrece actualmente el mayor “testimonio” sobre la verdad que anida en las aspiraciones de la fe, sobre el hecho de que la fe es una realidad y que sólo en ella es posible hallar solaz en medio de la realidad.

La fe en esta época de chato ateísmo antropocéntrico se expresa en una forma de rebeldía contra un mundo empeñado en construir una Babilonia de adobe. El credo romano, por su eterna novedad y lozanía, será siempre el credo de los grandes rebeldes en este mundo. El catolicismo constituirá siempre un incordio y una peligrosa novedad para este mundo. Porque la Iglesia siempre ha defendido todo lo que estúpidamente se desprecia.

El distintivo de la fe no es la tradición, sino la conversión.

Como la fe supone un compromiso con Dios está investida de una seriedad tan radical que revoluciona primero el alma por la que discurre y empaña después de sal de vida nueva el entorno humano y a todas las criaturas cercanas en general. Como desafío constante al mundo representa el mayor peligro para el conformismo social, fundado siempre sobre el pecado, y para los pecados confortables e inhibidores. La fe nos asegura, además, la comunión constante y la convivencia real y con vocación de eternidad con todos aquellos con quienes estuvimos unidos por el amor filial, fraterno, paternal, conyugal o por la gratuita amistad. Nos hace compañeros eternos con quien Dios quiso que nos encontrásemos para la eternidad; padres, hijos, amigos…que se marcharon un poco antes que nosotros. Es decir, la fe nos vincula con nuestra verdadera y eterna naturaleza.

La fe en Jesucristo nos salva porque su sacrificio nos deja justificados. Nuestros pecados se han lavado en la cruz. Hemos muerto con el pecado y resucitado con la fe. Como pecadores hijos de la carne, aún seguiremos pecando contra nuestra voluntad de hijos de Dios, pero como legítimos hijos de Dios nos conforta la esperanza de ser siempre justificados con la sangre de Nuestro Hermano Jesucristo. La fe va más allá de la Ley o vieja letra contra el pecado, porque la fe nos resucita limpios de pecado. La Ley presupone el pecado, incluso desde la visión paulina favorece y alimenta el pecado, mas la fe abre un universo sin pecado y nos injerta al árbol santo de la Madre Iglesia. Y la Iglesia es ese lugar de encuentro en donde se ponen a prueba todas las verdades del mundo.

Naturalmente que importan las obras, unas obras que sólo pueden ser buenas desde la fe perseverante. Las obras malas vienen del pecado, y las obras malas que pudiera realizar un hombre con fe no son realmente suyas, aunque sus manos las hicieran sin obedecer la voluntad de su amo, porque no nacen de su corazón ni de su alma. De todos modos, el hombre que persevera en la fe, que no tira la toalla al menor fracaso de su buena voluntad, acabará siempre triunfando sobre el pecado, y su alma terminará resplandeciendo como el oro que es.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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