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Historia y novela histórica

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 08 de febrero de 2013, 20:53h
La situación de la Historia en España y aun de la de todos los países de Occidente demandaría, en verdad, una legión de ardidos caballeros consagrados a la defensa de su uso y nombre. Ciertamente, son muchas las duras batallas que deberían afrontar en la salvaguarda de su honor y condición los claros varones enrolados en las huestes de aquélla. Desde el intrusismo hasta la deturpación, sin olvidar la falsa divulgación o la erudición trasnochada y estéril, son numerosas las causas que justificarían tal cruzada.

Pero en la actualidad más candente quizá no haya otra de la trascendencia de los estragos causados en el territorio de Clío por los agravios y desmanes de la denominada novela histórica. Tal género fue dignificado e incluso enaltecido por la pluma de un Walter Scott, de un Wisseman o de un Víctor Hugo en los días románticos o, ya en el ayer más próximo un , y, más cercanamente todavía, un Mika Waltari, con novelas de impecable factura narrativa y contexto cronológico trazado con pintura irreprochable en cuanto a exactitud. En todos ellos así como en los varios nombres más que cabe añadir con propiedad a tal lista, la Historia estuvo lógicamente al servicio de la trama literaria, con el reflejo adecuado del clima de época. Hoy, es éste precisamente el que falta en la casi totalidad de las novelas adjetivadas como “históricas”. Por lo común, sus autores insertan o trascriben párrafos y aún páginas enteras de trabajos y estudios historiográficos como enmarcamiento de la acción fabuladora, desprovista, sin embargo, como acaba de decirse, de los detalles de época que son, justamente, los que prestan verismo y auténtico color al tiempo evocado o repristinado. Si los escritores de tan popular género apelaran a su libertad creadora e imaginativa, nada, por supuesto, habría que objetar. Mas tanto autores como, sobre todo, editores no ahorran esfuerzos ni calificativos en orden a ponderar el realismo ambiental de la novela en cuestión.

Son, desde luego, incontables hodierno los ejemplos que con suma facilidad pueden ilustrar lo expuesto en los presentes renglones. Así un autor encumbrado en el pináculo de la gloria mediática, con tiradas millonarias de sus libros en todos los idiomas, el británico Ken Follet, leído hasta, según confesión de parte, por el mismo presidente de Gobierno M. Rajoy, en los escasos minutos de ocio dejados por la ahincada entrega al ejercicio del poder, con ínfulas de reconstrucción casi fotográfica del agitado pasado de la centuria precedente, incurre a cada paso en continuos anacronismos e inexactitudes en la descripción de las costumbres, usos y reglas sociales imperantes en sus distintas etapas. En la obra más detenidamente leída por el cronista –La caída de los gigantes-, abundosa y hasta pródiga en el retrato de los épicos duelos que ensangrentaron el solar del Viejo Continente en el trascurso de la primera contienda mundial, se muestra como pintor fiel de sus vicisitudes mediante el expedito procedimiento de recurrir –por descontado, que sin citarlos- a manuales o monografías acreditadas, pero naufraga con estrépito a la hora de trazar las viñetas o cuadros de las relaciones sociales y los hábitos de convivencia y trato en el periodo recreado por su pluma. Por lo demás, conforme convendrá casi a buen seguro la gran mayoría de sus innumerables lectores, su texto es casi modélico en punto a su entramado, desarrollo y pulso narrativos, con presencia bien trabada y original de tres de los principales países de lo que la Historia reveló que fue el comienzo del fin de la supremacía civilizadora y cultural de una Europa, hoy, hèlas, por entero desnortada en su misión e identidad. Pero esto es ya otro asunto diferente y urgido de tratamiento específico.
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