Concha D’Olhaberriague
Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.
In Itinere
La Corona y la arqueología en el Siglo de las Luces
Los primeros monarcas de la dinastía de Borbón, siguiendo antecedentes de los Habsburgo, llevaron a cabo una política más o menos regular de impulso y participación en trabajos arqueológicos por afición personal, prestigio, ornato, moda e interés en incrementar las colecciones reales.
Ya en 1577, el renacentista Felipe II encargó a Ambrosio de Morales la catalogación de las construcciones romanas y, en época de Felipe IV, llegó a España la bonita escultura en bronce del Espinario o El niño de la espina, émulo de su homónimo helenístico del Capitolino.
La adquisición fue hecha por Velázquez en uno de los viajes a Italia que efectuó a instancias del rey, y hoy podemos apreciarla en una sala contigua a la de Las Meninas, junto con otros cuadros del pintor.
Sin embargo, no todos los reinados tuvieron la misma importancia en lo referente al estudio del legado de tiempos pretéritos y el fomento de las excavaciones o en la adquisición de obras de arte provenientes de la Antigüedad griega y romana.
Los reyes prestaron asimismo atención al rico patrimonio de herencia árabe, a las culturas precolombinas de la América española y a los restos prerromanos de la Península.
La época fundamental tras el Renacimiento es, sin duda, la Ilustración, cuyo estilo artístico, el Neoclasicismo, se afana por replicar o realzar las obras de arte griegas y romanas.
Ocurrieron, además, los fantásticos y venturosos hallazgos de las ciudades sepultadas por el Vesubio: Pompeya, Herculano y Estabia, suceso excepcional del reinado de nuestro Carlos III, rey de Nápoles y creador del Museo Arqueológico de esta ciudad. A ella acudieron teóricos del arte antiguo como el singular J. J Winckelmann, idealista alemán, enamorado de la cultura griega efébica y uno de los conformadores de la estética neoclásica.
Fruto de ella son los numerosos planes urbanísticos, como el Paseo del Prado de Madrid, la proliferación de motivos pompeyanos en la decoración y la pintura de los palacios y casas nobles o la creación de nuevas Reales Academias, fundamentalmente la de Bellas Artes de San Fernando bajo Fernando VI.
Una apreciable exposición que puede verse ahora en el Palacio Real de Madrid, con el mismo nombre de este artículo, presenta el panorama que acabo de esbozar.
No es tan sólo una muestra de piezas, pese a que se exhiban algunas relevantes como la estatua de Trajano heroizado del siglo II d.C, procedente de Itálica, lugar natal del emperador, o el Puteal en mármol de la Moncloa, exquisita obra de época helenística custodiada en el Museo Arqueológico Nacional.
El propósito de los comisarios es dar cuenta de los proyectos surgidos en cada uno de los reinados que jalonan el siglo XVIII y recordar a los eruditos, patrocinadores .y directores de las empresas empeñadas en conocer, valorar y difundir los bienes de la herencia patrimonial, sin olvidar la labor de intelectuales como Jovellanos o el artista y teórico Antón Rafael Mengs, cuyas ideas y práctica llegaron hasta América.
A los originales antiguos tales como los mencionados o el tosco Verraco vetón en granito, hermano de los conocidos Toros de Guisando, la Estela maya y el Jarrón nazarí, se unen interesantes copias, así el Calendario azteca, y vaciados fidedignos: el del Apolo de Belvedere del Museo de Reproducciones Artísticas, cerrado desde hace tiempo de forma incomprensible, y el del Grupo de San Ildefonso, Cástor y Pólux según algunos, o bien Orestes y Pílades realizando una ofrenda, de acuerdo con la interpretación actual de los conservadores del Prado donde se encuentra el airoso original en mármol de finales del siglo I a. C.
Mencionaré, por último, los retratos de reyes y reinas debidos a la mano de Louis Michel van Loo o Maella y los de Ceán Bermúdez y Villanueva realizados por Francisco de Goya.




