David Felipe Arranz

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David Felipe Arranz es filólogo, periodista y profesor asociado de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación de la Universidad Carlos III de Madrid. Es director de "El Marcapáginas" de Radio Inter.

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escrito al raso

La pasión de los Clark por Renoir

14-11-2010

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Basta un paseo por “Pasión por Renoir” para compartir el deseo de pintar con Renoir, aquel chiquillo que comenzó pintando porcelanas y terminó convirtiéndose en un genio de la pintura; emerge ese deseo que alienta en nosotros cuando somos niños y que huye fugitivo de nuestro cuarto de juegos cuando nos sorprende la noche de la madurez si no hemos sido capaces de retener al niño que llevamos dentro.

Hermosa y sorprendentemente cotidiana, la pintura de Pierre-Auguste Renoir determina un idilio con lo discreto y lo sensual, el paisaje del alma que atrapó a Sterling Clark, el nieto del multimillonario Edward Clark, abogado y socio del fundador del imperio Merritt Singer —el inventor de la máquina de coser doméstica en 1848—. Fue el abuelo Edward el que hizo una fortuna de cincuenta millones de dólares con la idea del sistema de pagos a plazos: los golpes de las agujas en miles de hogares de todo el mundo estaban garantizando a mediados del siglo XIX la futura conservación de esta maravillosa muestra y la ulterior fundación del Instituto Clark. La primera obra de esta colección fue adquirida en 1916, Muchacha haciendo ganchillo de Renoir, y durante treinta y cinco años los Clark —Sterling y Francine, la actriz de la Comédie- Française de la que se enamoró en París— reunieron retratos de propietarios de restaurantes, mujeres en los palcos de los teatros, niños de acaudalados banqueros, niñas con pajarito, muchachas con abanico o dormidas tras una noche apasionada, mujeres leyendo o componiendo cartas a dos manos, estudios sobre óperas —como Tannhäuser—, bañistas de pie o peinándose, fruteros y cebollas, puestas de sol, puentes parisinos o paisajes venecianos. El visitante adivina que el joven Sterling podía entrever la gracia inefable de su Francine en los perfiles suaves y tersos de las bañistas del Sena que había inmortalizado Renoir esponjándose al aire libre y llenando sus pulmones del néctar de la risa roja y blanca de sus bocas.

“Pintar flores me relaja. […] Cuando pinto flores, empleo distintos colores y ensayo audazmente sus efectos, sin preocuparme de estropear el lienzo”. Renoir compartía con los Clark la orteguiana pasión por los primores de lo vulgar, de la sencillez desnuda y suspendida en la textura multicolor de la pincelada arrancada del cielo. Seguramente las mismas, esta vez de amor, que arrancó a los tejados de París el treintañero Clark cuando, recién llegado de sus aventuras en China, Manila y las Indias Orientales, le hablaba de bellas pinturas a Francine Clary, la actriz de Servicio secreto con la que contrajo matrimonio en 1919 y a cuyos pies pensó poner un imperio del coleccionismo que comenzó con los cuadros de Millet, Mariano Fortuny y Gilbert Stuart, herencia de su madre. Andando el tiempo, aquel patrimonio proveniente de la venta del utensilio doméstico más utilizado por las mujeres en todo el orbe transformaría la conquista de la costura en la conservación y difusión del artista que sublimó lo ordinario —más allá del impresionismo, que Renoir abandonó hacia 1890—, la primera piedra de las 56 hectáreas del Clark Art Institute en las Berkshire Hills.

Pudieran pensar los agentes de la actualidad política —los gabinetes de los partidos políticos, en especial, donde maquillan el discurso falaz de sus líderes— que la masa votante ha renunciado a la inteligencia y al gusto, pero viendo las colas de amantes del arte y la cultura que esperan pacientes entrar por la Puerta de los Jerónimos, diríase que la cultura en España está viviendo un renacer vigoroso que se subleva antes que amoldarse a la agenda política—deportiva—rosa. En sus frentes habitan la voluntad tenaz de conservar la mirada cercana de lo que realmente importa, la misma que tenían cuando una vez fueron niños. Y tal vez alguien pueda comprobar que los ojos de los dos autorretratos de Renoir, los de los bebés del banquero Paul Berard, los del soñador matrimonio Clark que obraron el milagro de la difusión del conocimiento y la sensibilidad en lugar de derrochar el patrimonio obtenido con las máquinas Singer… se parecen mucho a la de ese señor que acaba de llegar al museo y se inclina para ver con más detalle las peonias. Diríase que casi puede olerlas, pues el tiempo se ha detenido para siempre: se acaba de abrir la flor del arte en una sala del Prado. Que nadie le robe ese instante eterno.







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