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Literatura y cobardía

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 10 de diciembre de 2010, 15:28h
El tópico más hartadizo se ha apoderado del ponderado hermanamiento de las “armas y las letras”, unión en muchas ocasiones no sólo de ambas actividades, sino también del valor físico en elevado grado revelado por numerosos escritores en trances relevantes. Pero no siempre fue y es así en España y fuera de ella.

Ocurre de tal modo, por ejemplo, en el hodierno tan traído y llevado periodo de la Segunda República, objeto del mayor proceso historiográfico revisionista del que haya sido objeto en nuestros días quizá ninguna otra etapa de la contemporaneidad nacional. Cualquiera otra de las grandes figuras políticas de dicha época empalidece, como es bien sabido, en la consideración de los estudiosos más acreditados frente a la egregia personalidad de Manuel Azaña, dios mayor en la estima de buena parte de los especialistas en ese tramo del pasado inmediato de España. Orador incomparable en un Parlamento y un tiempo de formidables retóricos y tribunos, diarista acaso sin paralelo en las letras hispanas, pensador notable y de envidiable formación cultural, sensibilidad artística de primer orden, el segundo presidente de la República del 14 de abril e insigne prohombre del régimen entonces instaurado fue, conforme testimonio casi universal, varón de muy escasos –por no decir nulos…- arrestos físicos. Sin duda, tal hecho no tendría más entidad que la que deseara concedérsele si el sujeto en cuestión no hubiera ejercido las máximas responsabilidades gobernantes en un periodo no precisamente caracterizado por la calma y el tranquilo funcionamiento de la maquinaria del poder. Ni siquiera sus mayores entusiastas entre los contemporaneístas seducidos por su quehacer y significado en nuestra historia reciente logran ocultar las graves consecuencias que, para el ejercicio de su liderazgo así como de sus cargos ministeriales, entrañó la ausencia casi absoluta de valor físico, muy singularmente, en coyunturas decisivas para la defensa y continuidad del sistema republicano.

Un prosista de muy ancha y dilatada obra, distinguido, entre otras razones, por erigirse en panegirista y casi hagiógrafo del político alcalaíno en los tramos iniciales del régimen advenido en la primavera de 1931, Ernesto Giménez Caballero –más conocido antes de la guerra civil como “GECË”-, muy joven creador y director de la mítica Gaceta Literaria, se equiparó en el referido rasgo, en el decir y enjuiciar de sus coetáneos, con la figura que, alabada bombásticamente por su dotada pluma, sería luego denostada con idéntico registro… Tampoco, desde luego, comportaría trascendencia destacada el mencionado factor en un escritor si se olvidara que se alineó en vanguardia de un movimiento como el falangista cuyos adalides principales no desperdiciaron oportunidad para ensalzar “el estilo militar de vida” y el coraje y arrojo materiales como elementos desiderativos de toda trayectoria humana y política.

En el colmo de la paradoja, una de las plumas más descollantes en el trazado de tal arquetipo, la del autor de la estupenda, fantástica novela Vida nueva de Pedrito de Andía, pertenecía a un hombre y dirigente que jamás sobresalió por su impavidez o buen ánimo frente a los peligros y amenazas derivados o inherentes a la militancia política en días en extremo tensionados. El hoy muy revisitado Rafael Sánchez Mazas –sobre todo, a partir de una híbrida narración de novela e historia de un prosista de amplio éxito en la actualidad, cultivador afortunado de tan extraño y no siempre (para el servicio de Clío) recomendable género, Javier Cercas- no se mostró ante propios y extraños como ejemplo de audacia y fortaleza en los momentos en que la taraceada existencia en que se desenvolviera su mocedad lo situase cara a instantes cruciales de su andadura vital (1894-1966).

Hay, conforme es bien conocido, más materia en el telar de las letras españolas del siglo XX –y tal vez igualmente de otras muchas centurias…- para proseguir en el análisis de un tema de innegable interés, por la luz que menudo arroja sobre los tiempos del pasado y sus protagonistas en el arte de escribir. Con la benevolencia del lector, quizá haya ocasión para otro día retomarlo.
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