Concha D’Olhaberriague

Concha D’Olhaberriague

Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.

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María Rosa Lida, madera de filóloga

09-11-2010

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Se cumple el centenario del nacimiento en Buenos Aires de una filóloga excepcional, y, con motivo de tal efeméride, quisiera evocar algunas de las cualidades y virtudes que mantienen viva e irradiante su obra singular.

De estirpe y cultura hebreas, aunó el interés por esta tradición con la devoción clásica y la pasión romanista por la literatura clásica española que inspiró la mayoría de sus trabajos.

Juan de Mena y el Prerrenacimiento español fueron el objeto de su tesis de doctorado.

Prestó atención a La Celestina y su autoría y muchos consideran el ingente ensayo sobre su originalidad artística como la obra cumbre de su quehacer filológico.

El teatro del Siglo de Oro, y Lope de Vega en especial, la ocuparon con ahínco, mas tampoco dejó de terciar en la querella tirsista acerca de la precedencia o posterioridad de ¿Tan largo me lo fiais? en relación con El Burlador de Sevilla, y secundó, con Blanca de los Ríos y contra Américo Castro, la primacía temporal de la primera.

María Rosa era helenista y enseñó Latín y Griego en su floreciente ciudad natal. De esta primera orientación académica suya nos quedan la traducción de Los nueve libros de la Historia de Heródoto y una Introducción al teatro de Sófocles que es concisa, iluminadora y deleitable.

Estudió a fondo inglés y alemán, herramientas necesarias para la tarea erudita y el manejo de la bibliografía; tradujo, luego, Cumbres borrascosas y comentó críticamente el famoso libro de E.R. Curtius —con quien, por motivos distintos, polemizó Ortega- sobre la Edad Media y la latinidad.

La revista Sur de Victoria Ocampo la contó entre sus colaboradores. Fue discípula del profesor navarro Amado Alonso, introductor de Ferdinand de Saussure en el mundo hispánico con su traducción del Curso de Lingüística y director, a la sazón, del Instituto bonaerense- hermano de espíritu del madrileño Centro de Estudios Históricos-, editor de la Revista de Filología Hispánica.

Sin embargo, la excelente relación profesional entre maestro y alumna tuvo un malentendido inicial.

Poco perspicaz para calibrar la capacidad, sabiduría y entrega de María Rosa, Alonso le propuso, en vano, que se dedicara a la dialectología, sin percatarse de que sus miras la impulsaban más bien a la búsqueda e interpretación de las raíces y los modelos simbólicos y al rastreo de los prototipos culturales y sus variantes. Fruto de dicha querencia son sus investigaciones sobre el cuento popular o las heroínas antiguas Helena y Dido y su ferviente defensa de la princesa de Cartago.

Con el peronismo, la Revista traslada su sede a México D.F. y allá marcha, con ella, la investigadora.

El casamiento en 1948 con el también romanista e hispanista Yakov Malkiel, a quien conoce en su siguiente etapa profesional de Estados Unidos, supone un suceso trascendente en la vida de María Rosa Lida. A partir de entonces, firmará sus trabajos añadiendo a su apellido el de su esposo.

Por desgracia, la vida en común fue breve. La muerte anticipada se llevó a María Rosa Lida de Malkiel en 1962. El legado intelectual no impreso, de distintas épocas, constaba de más de mil páginas manuscritas en cuadernos y sueltos, amén de una copiosa correspondencia, incluyendo alguna carta de relevancia a Menéndez Pidal.
Pronto saldrá a la luz, con el hermoso título de Amor y filología, el epistolario de la pareja. La noticia la dio Francisco Rico el pasado domingo, día cabal del aniversario, en un panegírico de la sabia argentina aparecido en El País. Con unción semejante hablaban de ella antaño otros maestros de las humanidades como Rafael Lapesa o Dámaso Alonso.

Yakov Malkiel sobrevivió a su mujer en más de treinta años y compaginó el desempeño benemérito de su carrera en Berkeley con la publicación de los inéditos de la desdichada, minuciosamente expurgados y, en ocasiones, reorganizados.
Así, dio a la estampa, en diversas tiradas de extensión desigual, el opus magnum inconcluso sobre Flavio Josefo y sus Antigüedades. De él desgajó los estudios sobre Herodes, el cerco de Jerusalén y la monografía intitulada Túbal, primer poblador de España.

La escritura de María Rosa es tensa, amena y elegante. Su inmensa curiosidad y su erudición profunda, son, en todo momento, fruto de una auténtica pasión por saber. De ahí su predilección por los grandes clásicos de todos los tiempos y las pesquisas sobre su singularidad estilística, a la zaga de Benedetto Croce.

Es difícil elegir dentro su vasta y valiosa producción. No obstante, yo recomendaría, quizá, su libro sobre la fama, sus atributos, manifestaciones e importancia en la Antigüedad y en la Edad Media.

La sutileza de sus análisis y la finura de sus razones podrán, seguramente, guiarnos en la elucidación de los componentes y el alcance de dicho tópico en nuestro mundo de vanidades.

Dejo, a cada cual, la selección de los ejemplos y las líneas que seguir.







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