Concha D’Olhaberriague
Catedrática de Griego en el Instituto Gran Capitán de Madrid y doctora en Lengua Española y Lingüística General.
In Itinere
Paulino Garagorri en el recuerdo
Hace ya dos años que don Paulino no está entre nosotros. Fue un día de comienzos de julio. Estaba en la Biblioteca Nacional y recibí una llamada de Isabel Ferreiro. Sólo dijo mi nombre; luego “don Paulino”, y comprendí de inmediato. Sabíamos de su postración y hacía algunos meses que no acudíamos a visitarlo. Íbamos, siempre, por separado, de una en una como le gustaba.
Lector voraz y bibliófilo, su piso madrileño estaba tomado por los libros. Ocupaban los asientos del vestíbulo y se apilaban junto a los muebles del salón y el despacho. A veces, de improviso, llegaba el gato y caminaba entre ellos sin causar ningún derrumbe. Don Paulino lo acariciaba y él, silencioso, seguía su camino y no volvía más. Ortega, su querido maestro, era presencia viva e incitación recurrente: una foto recogiéndose con desenfado la gabardina, aquí, un cuadrito procedente de la Revista de Occidente, más allá, una nota, un libro, una anécdota. Alguna vez se sentía, quizá, abrumado de ser el último discípulo vivo y decía: “Ortega murió hace cincuenta años, y a mí me interesa lo que pasa ahora”. Veía cine, una de sus pasiones, y disfrutaba descubriendo la similitud entre ciertos ademanes de Chaplin y otros del Quijote.
Le gustaba evocar el San Sebastián de su infancia. Me habló de la tienda donde le hacían los zapatos a mediada y de su educación en casa, sin acudir nunca a la escuela. Su padre tuvo una mala experiencia en un colegio religioso y quiso, con tal prevención, evitársela a su hijo. La hermana, en cambio, sí fue a las monjas.
Algo heredó, tal vez, don Paulino de ese anticlericalismo paterno, aunque el suyo era distante y levemente volteriano, tamizado por la ironía y opuesto a la tosquedad furibunda de los matacuras de todos conocidos.
La virtud más notable del intelectual y escritor Garagorri era, posiblemente, su capacidad de síntesis. Provisto del don de la abreviatura y con una escritura elegante de apresto clásico, dibuja, en dos trazos, la personalidad literaria de Américo Castro, comenta el significado de desnacer en Miguel de Unamuno o retrata a algún escritor curioso y desconocido de épocas pasadas, como Antonio López de Vega o fray Miguel de Alonsótegui. Poco amigo de la prestidigitación mental, el discípulo y editor de Ortega puso en práctica, en todo momento, el principio de la claridad que suele adornar la prosa de los grandes conversadores como él.
Nos queda, así, una obra ligera y bien escrita que se lee con placer.




