Reminiscencias Feudales
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:16h
En los días en que China está a punto de superar las marcas del capitalismo de todos los tiempos y en que la clase obrera semeja no pocas veces renunciar a su vieja identidad, ganada por las irresistibles atracciones de la “sociedad opulenta”, a los jóvenes estudiantes y a las generaciones más recientes les es sumamente difícil encontrar ya ejemplos vivos de las denominadas por el marxismo clásico “supervivencias o reliquias feudales”.
Sin embargo, y pese a todo, en las colectividades más avanzadas se hallan algunas muestras de aquéllas en el terreno más impensable para los viejos doctrinarios del credo con más capacidad de proselitismo de la edad contemporánea. En los regalos u obsequios que, en prueba de afecto y/o gratitud, las gentes de corazón tremente entregan a personas estimadas se detecta, en verdad, la huella última de los diezmos, primicias o gabelas que, estacionalmente, en las épocas de los ópimos frutos de primavera y verano y de los serondos otoñales, llevaban las clases dominadas o subordinadas al castillo o a la iglesia. Hoy, por fortuna, ya no sucede así; pero algún espíritu inquisitivo tal vez pudiera observar una postrera reminiscencia de dicho estado de cosas en las cestas y cajas de preciados productos hortícolas, el libro o la pluma con los que enfermos agradecidos muestran su reconocimiento a los médicos que remediaran, con solicitud exquisita e impecable saber galénico, sus achaques y dolencias, o familias atribuladas por la devastadora crisis hodierna expresan materialmente su gratitud a las personas generosas y bien intencionadas preocupadas –tangiblemente- por la suerte de alguno o algunos de sus miembros.
El presunto crítico de tales prácticas andaría, empero, muy extraviado al estigmatizarlas como “reminiscencias feudales”, cuyo ataque legitimaría revueltas y hasta revoluciones. En el marco de la contemporaneidad postmoderna, en el que predominan las sociedades cosificadas e, incluso, un poco deshumanizadas y de crispados perfiles anímicos, los ejemplos de sensibilidad afectiva han de enaltecerse más que descalificarlos en nombre de una igualdad que nadie cuestiona. La esfera íntima –lo que en la actualidad llamamos “privacidad”- ha de estar por entero al margen de influencias y reglamentaciones externas provenientes del orden político-jurídico. En ella anida –a nivel también colectivo e institucional- la gratitud que no ha de vencer ninguna cortapisa para dar vado a su realidad. A los efectos, el cronista no puede por menos de recordar la Sevilla del clímax la postguerra en la que su buen padre –analfabeto hasta los veinte años y, por ello, rendido admirador de la cultura en su adultez- llevaba en ocasiones al también muy modesto hogar de un profesor auxiliar de Instituto unas botellas de “aceite de Martos”, a manera de honda y elocuente expresión de agradecimiento por estimular la inclinación de uno de sus hijos por la gramática y la literatura… Ni en el oferente ni en el receptor se podría visualizar o esculcar talante alguno de sumisión o prepotencia, antes al contrario, dado su radical sentido de la dignidad y empatía con la causa de vencidos y perdedores. Del pueblo venían y al pueblo fueron siempre. Sus gestos y gustos, sus ideas y comportamientos –cumplimiento a ultranza de convicciones y deberes en sus humildes a la vez que trascendentes ámbitos- refrendan con patencia deslumbradora la permanente validez de las conductas y lo efímero y pasajero de las ideologías.