Los dedos de Bankia
domingo 24 de junio de 2012, 19:44h
La simbología del dedo es variada. En kinesia, esa amable ciencia que estudia los gestos humanos, levantar el dedo es el inicio de una agresión. Atenuado el movimiento, es advertencia, autoridad. Los políticos españoles levantan mucho el dedo. Los británicos, casi nunca. Los alemanes, desde su derrota bélica, tampoco. Churchill, por ejemplo, levantaba el puro, que es un dedo fungible con fuego dentro, y las huestes bajaban la testuz.
Hitler levantaba el dedo y la mano, y unía los dedos índice y corazón, separados del anular y el meñique, en un mudra, un gesto secreto del budismo, hecho para concitar a la divinidad. A Jesucristo, por ejemplo, se le representa muchas veces en pintura medieval y renacentista con ese gesto. Todos los personajes religiosos han sido representados con los dedos en posición sagrada, múdrica. Para ellos, los dedos son antenas con las que llamar al poder que los legitime. La legitimación siempre viene siempre de arriba, y es necesario elevar antenas para atraerla. El mono, como el hombre, levanta el dedo. El perro, la cola. Las iglesias y catedrales levantan los campanarios como agujas imantadas, y los reyes se ponen una corona, que es una antena múltiple que para sí querrían muchos teléfonos móviles de dudosa cobertura. Hay que ponerse algo picudo, levantar algo al cielo, para que el cielo nos otorgue su favor.
El dedo también sirve de batuta. En nuestras conversaciones, nos ayudamos de los dedos para mantener el ritmo de lo que decimos. Como directores de orquesta, cuando hablamos nos dirigimos a nosotros mismos. En general, no sabemos a dónde, pero nos dirigimos. Cuando nos dirigimos mal, lo que decimos sale desacompasado. A veces, dodecafónico. Conozco a alguien que habla solo en la escala pentatónica. Don Quijote, por ejemplo, eligió un lanzón para dirigirse, y como pesaba mucho se dirigía a sitios raros, a veces equivocados. ¿Qué ritmo iba llevar con tal vara? Pero desatinar sin razón, como tan sabiamente decía, tiene mucho más mérito que hacerlo con razones. Sobre todo económicas.
El otro día se hizo público que Bankia había aceptado como firma la huella digital de varias personas. La huella digital esté en el dedo y nos define. Aunque muy de moda desde Conan Doyle y su Sherlock, lo cierto es que hoy, como muchas series norteamericanas ponen de manifiesto, hay muchas otras cosas que nos definen: el ADN, el iris del ojo, la voz… Todos esos elementos son como la huella dactilar, únicos. O como la escritura. Escribimos con los dedos, hoy más que nunca. Nuestros dedos aprietan teclados, pantallas táctiles, puntas de bolígrafos… En cada letra está nuestra huella digital. Es nuestra firma y nuestra condena. En España, se tardó en aceptar la huella digital como prueba de ley, y cuando se hizo se obligó a todos los españoles a poner su dedo en un registro. En las islas Británicas, por ejemplo, nunca obligaron a sus ciudadanos a poner su huella en registro alguno, a pesar de ser prueba de ley y de Sherlock.
En general, los bancos aceptan nuestra firma como prueba de ley. ¿Es nuestra firma única? Yo practiqué bastante la de mi padre durante una temporada, y no se me daba mal. Saber imitar la firma de alguien otorga un gran poder sobre esa persona, no lo bastante reconocido por la educación. Los japoneses, en vez de firma, llevan unos sellitos que estampan con tinta roja similar al lacre en los papeles legales. Allí, en vez de practicar la firma del padre, tan solo hay que decirle que están llamando a la puerta cuando se despierta de la siesta y está desorientado.
Gran parte del prestigio de la firma se basa en que es escritura –aunque a veces se asemeje más a un garabato—y la escritura es sagrada. Alguien que escribe sabe leer, y está informado, por tanto. Y la información es poder, como la iglesia y MacLuhan reconocieron. También Erasmo con su apoyo a la imprenta y la lectura libre. La cosa es, cuando alguien no sabe escribir, ¿cómo dar validez a un papel legal suyo? Pues con algo personal: la voz, un ojo, un poco de sangre… o la huella dactilar. Pero si alguien no sabe escribir, raro es que sepa leer; es un analfabeto. Ya sé que muchos pensarán que en materias de bancos todos somos analfabetos, hasta sus directores, y sé que tienen razón. Pero sus directores y gobernadores se empeñan en llenar los contratos de letras muy pequeñitas sin seguir el consejo de la Imitación de Cristo: “La abundancia de palabras no sacia el alma, pero la vida honesta refresca la mente.” Me da la sensación de que van tan frescos con las cabezas llenas de letra pequeña por ahí. Por otro lado, no sé qué es peor, si que un banco tome a alguien las huellas dactilares como prueba de identidad, o que en la España del siglo XXI existan analfabetos. El primer escenario es horrible; el segundo descorazonador. Porque no creo que dieran sus huellas dactilares como alternativa voluntaria al uso del bolígrafo.
El resultado de todo esto es una gran desconfianza en los dedos propios. Me los miro y remiro, y observo mis huellas dactilares con asombro, como quien ve una pintura rupestre que le puede comprometer. Y aguzo los ojos intentando ser capaz de leer cualquier letra pequeña. Aunque eso solo lo hago por el paripé y para que los banqueros de alrededor no me acaben pidiendo el dedo, como hace la policía cuando voy a renovarme el DNI, o las autoridades de inmigración norteamericanas cuando renuevo la carta verde. Esos me piden los diez, por si pierdo alguno, supongo. Mientras tanto, por si acaso, yo me acerco a los cajeros con guantes. Y no les digo lo que hago cuando escribo en el teclado del ordenador. Es que nunca se sabe si hay enlaces secretos con algún banco.