RESEÑA
Emmanuel Carrère: De vidas ajenas
domingo 07 de agosto de 2011, 15:38h
Emmanuel Carrère: De vidas ajenas. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2011. 264 páginas. 18 €
Tras publicar, entre otros títulos, Una semana en la nieve y Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos: Philip K. Dick –biografía novelada del autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, obra en la que se basa el filme Blade Runner-, el escritor y guionista de cine y TV Emmanuel Carrère (París, 1957) alcanzó un puesto de primera línea en las letras contemporáneas, no solo francesas, con El adversario (Anagrama, 2000), adaptada posteriormente al Séptimo Arte. En esta obra, Carrère daba rienda suelta a la “novela de no ficción”, poniendo los más efectivos recursos narrativos al servicio de contar hechos reales, como hiciera en su día, por ejemplo, Truman Capote en A sangre fría. Así, El adversario nos sumerge en la macabra personalidad de Jean-Claude Romand, un ciudadano en apariencia ejemplar, pero que vive inmerso en una cada vez más tupida telaraña de mentiras, que, finalmente, explota y le conduce a asesinar a toda su familia.
En De vidas ajenas, elegida por la prensa cultural francesa como la mejor novela del año, el autor galo vuelve a apoyarse en acontecimientos sucedidos realmente para trasmutarlos en excelente literatura. Ahora, dos son los hechos que atraen su interés: el tsunami que asoló Sri Lanka en 2004, cuando Carrère se encontraba allí de vacaciones con su esposa, y el posterior fallecimiento de su cuñada. La ola gigante se cobró miles de víctimas y, entre ellas, a la pequeña Juliette, con cuyos padres entra en contacto Carrère, asistiendo a su desesperación por la muerte de su hija. Y otra Juliette, su cuñada, fallece tiempo después a causa de un cáncer. Estos dos sucesos le permiten llevar a cabo una exploración sobre la enfermedad y el dolor, especialmente a través de la historia de un compañero de profesión de Juliette, el juez de primera instancia Étienne Rigal, a quien tuvieron que amputar una pierna en su juventud por efectos del devastador cáncer que padece. De esta forma si El adversario era una crónica sobre el mal y la criminalidad, De vidas ajenas lo es sobre el sufrimiento, y, también, pese al calvario por el que atraviesan sus personajes, sobre la superación, el coraje y la fuerza de la vida, convirtiéndose cada novela en reverso de la otra. El propio Carrère así lo apunta en De vidas ajenas cuando señala cómo se enfrentó a este proyecto: “Técnicamente habría que escribirlo como El adversario, en primera persona, sin ficción, sin efectismos, y al mismo tiempo era exactamente lo opuesto de El adversario, en cierto modo su positivo. Sucedía en la misma región, el mismo medio, la gente vivía en las mismas casas, leía los mismos libros, tenía los mismos amigos, pero por un lado estaba Jean-Claude Romand, que es la mentira y la desgracia personificadas, y por otro Juliette y Étienne, que en el ejercicio del derecho y en la prueba de la enfermedad persiguieron sin tregua la justicia y la verdad”.
A Emmanuel Carrère le fascina indagar en zonas oscuras de la condición humana, y no únicamente en las vidas de otros. También en la suya, como ocurre en Una novela rusa (Anagrama, 2008), donde el foco de atención es él mismo en un minucioso striptease del alma. Y, en ambos casos, trate sobre lo sombrío en los demás o en sí mismo, lo hace sin descarriarse, lo que hubiera resultado tan fácil como tentador, por el abismo melodramático. Lo lleva a cabo “sin efectismos”, como señala el propio escritor. Y esto, sin duda, posibilita que resulte mucho más deslumbrante, mucho más estremecedor.
Por Adrián Sanmartín