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reseña

Félix Francisco Casanova: El don de Vorace

viernes 16 de abril de 2010, 00:02h
Félix Francisco Casanova: El don de Vorace. Prólogo de Fernando Aramburu. Ilustraciones de François Matton. Demipage. Madrid, 2010. 270 páginas. 20 €
El presente autor, Félix Francisco Casanova, nació en la isla canaria de La Palma el 28 de septiembre de 1956, y falleció muy joven, el 14 de enero de 1976, en la vecina Santa Cruz de Tenerife, a causa de un escape de gas mientras se duchaba. Hijo de un médico y poeta, estudiaba tercero de Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna, devoraba cuanto leía y fundó un grupo de rock alternativo.

Vaya por delante que El don de Vorace es una obra difícil de clasificar. Si aguanta la definición de novela es porque contiene personajes, un argumento y algo que no llega a ser desenlace. El protagonista, Bernardo Vorace, dice: “Lloro torpemente, como si fuese la primera vez que me muero” ¿Está vivo o muerto? Simplemente, es inmortal aunque ha intentado varias veces alcanzar la muerte. Esto lo encontramos al final del primer capítulo, pero ¿pueden ser denominados así todos ellos? En total son 165 páginas escritas y algunas constituyen por sí un capítulo. Se nota que está escrita a toda velocidad, como en trance, y así lo corroboró el padre del autor a quien se la dictó porque tenía que presentarla en menos de dos meses a un concurso literario.

Se trata de una narración compleja; no existe trama, pero sí un discurrir que tan pronto se hace poético, como cuando habla de Marta (“mis labios reconocen el sabor de los lirios a la orilla del río”) o por el contrario, esos mismos lirios se hacen vulgares al hablar de Débora (”subía un perfume que me adormecía, sus sobacos exhalaban algo así como lirios del retrete”)... Contiene un insólito dominio del lenguaje (“vírgula de agua en la ventana”, “enjaezar”, “múleos romanos”, “ventalle”, etc.) así como vocablos que él mismo improvisa (“olébano”, “tamboura”). La obra deslumbra por sí sola y deja perplejo al lector cuando se conoce el dato de que la escribió con 17 años.

Desde hace décadas, autores como Fernando Aramburu (que firma el prólogo de la reciente edición de Demipage) y otros, venían demandando un mayor reconocimiento para este muchacho canario que apenas llegó a los veinte años de edad. A esta novela original y extraña, hay que añadir un diario titulado Si yo hubiera o hubiese amado (1983), una recopilación poética con el nombre La memoria olvidada. Poesía completa, 1973-1976 (1990). Nunca sabremos si la continuación de su obra tendría la misma repercusión de haber vivido.

Por Rosa Jaén Moreno
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