Francisco Hidalgo Gómez: Carmen Amaya. La biografía. Carena. Barcelona, 2010. 400 páginas. 23 €
El nombre de Carmen Amaya está estrechamente vinculado al flamenco, y viceversa. Única, irrepetible y genial son algunos de los adjetivos que con más frecuencia se aplican a la que fue, indiscutiblemente, una de las mejores bailaoras de flamenco de todos los tiempos. Conocida desde sus inicios como
La Capitana, Carmen Amaya era hija del tocador José Amaya,
El Chino, y sobrina de la también bailaora
Juana La Faraona, por lo cual desde que nació, en noviembre de 1913, vivió inmersa en un universo de
cante y baile flamenco.
La biografía de la artista, a cargo del flamencólogo Francisco Hidalgo Gómez, nos ofrece un primer dato que rompe con el tópico que ha rodeado tradicionalmente al flamenco: Carmen no era andaluza, sino catalana. A pesar de que algunas crónicas periodísticas se empeñaron en atribuirle origen andaluz,
La Capitana nació en el Somorrostro, humilde barrio barcelonés en el que pasó una infancia difícil, que contribuiría a modelar en Carmen un fuerte y enérgico carácter. Ya con cuatro años, comenzó a hacer aquello a lo que dedicaría el resto de su vida: bailar. Pronto llamó poderosamente la atención de los críticos, entre ellos Sebastiá Gasch, quien caracterizó a la joven gitana como “El sentimiento hecho carne”. Precisamente de sentimientos se componía el arte de
La Capitana. “Era la antiescuela, la antiacademia”, llegó a decir de ella el mismo Gasch tras constatar que la intuición, el instinto, la espontaneidad y la bravura eran los únicos principios que regían su magistral espectáculo.
Francisco Hidalgo Gómez acerca la figura de Carmen Amaya a través de los testimonios de aquellos que compartieron escenario con ella, o disfrutaron desde el graderío de su arte. El autor incluye un buen número de críticas publicadas en la prensa de la época, y múltiples referencias a destacadas obras de la flamencología, como
Teoría y práctica del baile flamenco, de Teresa Martínez de la Peña. El resultado es una narración ágil –más apreciable por su contenido que por su forma– que, sin embargo, con frecuencia se detiene a exponer no solo los hechos concernientes a la vida de la bailaora, sino también el clima cultural y social en el que esta desarrolló su brillante carrera artística.
Si tal como recogió en sus críticas Sebastiá Gasch, “…ante su baile había que doblegarse”, de la lectura de la obra de Hidalgo Gómez se infiere que también era digna de la más alta admiración la personalidad de Carmen Amaya. Siempre preocupada por los suyos –“a la familia no es preciso amarla pero sí ayudarla”, solía decir–, la biografía presenta a un personaje generoso hasta rozar la excentricidad, sencillo y natural incluso en los momentos de mayor éxito, y entre cuyos vicios se encontraban el tomate de huerto, la tortilla de patatas y el café. A pesar de que la edición de la obra no resulta todo lo cuidada que debería,
Carmen Amaya. La biografía contiene las muchas de las claves de la vida personal y profesional de
La Capitana. Las
claves de su arte, dictadas por ese duende que la acompañó tanto dentro como fuera del escenario, permanecerán indescifrables pues, como ya afirmara Lorca, “para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio”.
Por Lorena Valera Villalba