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RESEÑA

Jenaro Talens: Un cielo avaro de esplendor

domingo 25 de marzo de 2012, 14:43h
Jenaro Talens: Un cielo avaro de esplendor. Salto de Página. Madrid, 2011. 120 páginas. 12 €
No hay verso sin música, ni música sin poesía. Quizás por eso Jenaro Talens (Tarifa, 1946) presenta su último poemario, Un cielo avaro de esplendor, al modo de un réquiem. Réquiem que el poeta abre para “clarinete solista”, pero cuya intención y resonancia se sienten universales, al modo de una catedral gótica, donde la oscuridad celebra la luz. Sonido y vida, silencio y muerte. Vida que comienza y da comienzo a la muerte. Y en torno a todo el silencio, siempre el silencio, sin el que no existiría voz, ni música, ni vida, ni poesía.

Entre el “Pórtico” y el “Epílogo”, tres capítulos perfectamente estructurados conforman esta meditación cargada de sonidos, de lugares y de reflexiones. Especialmente sobre el tiempo: el dormido e impávido de los claustros; el de las rememoraciones y la memoria asumida y no asumida; el del pasado que se hace presente; en definitiva, un tiempo que sentimos atrapado, detenido, como “la hoja perenne / que ignora el ritmo de las estaciones”.

De diversas maneras, a la voz poética le sorprende el paso de los días y de los acontecimientos; que éstos no dejen huella perdurable sino más bien, y únicamente, “el ritmo pautado de la respiración”. Y una y otra vez, pese a la belleza conseguida en las palabras, el discurso nos instala en el “cerco de lo inevitable”, al ras de eso que llamamos realidad. Porque todo se acumula en el transcurrir de la vida, y “El tiempo ya no tiene / otra posición que su insignificancia / ni más designio que cerrar la puerta / mientras la vida sigue sin desfallecer”.

La última parte, “Tierra para nada”, es un poema dividido en XIII cantos en los que Jenaro Talens rememora una trayectoria personal, que es también la de su padre, a quien le dedica el poema, y la nuestra, la de nuestra historia, la de esa España que aún sentimos demasiado reciente. Talens camina junto a los soldados en la trinchera, camina con los vencidos, camina con los exiliados, y muestra una España herida, de “fantasmas / buscando a tientas una identidad”. Todo ello -vida, muerte, espacios, tiempo, recuerdos, silencios-, se disuelve finalmente en un adiós. Un adiós que se ensimisma, que no se formula para la esperanza ni para la desesperanza. Un adiós que sabe que “No hay desesperación que no termine / por disolverse en los derrumbaderos / del transcurrir, sin estridencias, / como las lágrimas que se confunden / entre las gotas de la lluvia”. Un adiós que se muestra con el vacío de la aceptación: “Aquí no quedan huellas y la imagen rota / que el fuego consumió, ya no es un rostro / sino ceniza ajena a las lamentaciones”.

Sin embargo, no es claudicación, ni melancolía, pues el ritmo de la estaciones, el palpitar de la savia, de la sangre contenida, que a retazos asoma a lo largo del poemario, se resuelve en una “Coda” (“Incipit vita nuova”) con la imagen diáfana de un niño que ha de nacer (“no te conozco aún / e intento imaginar la forma de tu rostro”). Una vida que comienza y que ha de hacerlo con el impulso de lo nuevo: “Abre la puerta sin llamar. Empújala. / Sé bienvenido”. Aunque, entre tanto, el poeta contempla la suya (la de todos), “con la humildad de los atardeceres / que nada esperan descubrir” y que avanzan hacia él (hacia nosotros, hacia todos), “paso a paso, sin mirar atrás”.


Por Inmaculada Lergo
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