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reseña

John Katzenbach: El profesor

sábado 14 de mayo de 2011, 01:19h
John Katzenbach: El profesor. Traducción de Julio Sierra. Suma de Letras. Madrid, 2010. 528 pág. 23 €. E-Book: Formato: ePub con ADOBE DRM. Lectura: Sí. Impresión/Copia: No. 12,99 €
John Katzenbach escribe novela de suspense desde hace casi tres décadas, labor que compaginó con la de reportero de corte criminal en prestigiosos periódicos de Estados Unidos hasta 1987, cuando decidió dedicarse en exclusiva a la creación literaria; desde entonces, muestra un excelente ingenio para penetrar en el psiquismo –con su diversa singularidad– y para deliberar sobre asuntos cruciales que al ser humano le urge cuestionar. Entre su éxitos destacan dos nominaciones a los premios Edgar, el haberse adaptado varias de sus once obras al cine (Al calor del verano, La guerra de Hart y Juicio final, con la participación de primeras figuras como Bruce Willis o Sean Connery entre otros y en las que él mismo interviene como guionista) y la publicación de El psicoanalista (2002), lo que definitivamente le consagró ante el gran público como el incontestable especialista en el llamado thriller psicológico.

Dos problemáticas, muy actuales, se ciernen en El profesor: por un lado, el maravilloso poder de Internet como mecanismo de comunicación “en tiempo actual” que, a la vez, puede tener un papel extremadamente perverso; y por otro, la discriminación a que se somete a los ancianos cuando dejan de ser productivos. El relato comienza cuando a Adrian Thomas, un profesor universitario jubilado, que ha dedicado su vida a estudiar psicología del comportamiento, le diagnostican una enfermedad que, en un futuro cercano, le provocará una pérdida severa de las funciones cognitivas de tal modo que, conforme le abandonen sus recuerdos, irán abriéndose sitio las alucinaciones hasta conducirle a la muerte; pero, antes de eso, el mundo para él habrá llegado a desvanecerse y a convertirse en nada. Con semejante panorama, el profesor Thomas se plantea que para su última etapa no necesitará más ayuda que la de “la señora Ruger nueve milímetros…”, sin embargo, poco antes de llegar a tal destino se quedará fascinado al observar la desaparición, en plena calle, de una joven que caminaba con una mochila de la que colgaba un anacrónico oso de peluche. A partir de ese momento, el anciano se enfrentará a la disyuntiva de olvidar lo que ha podido ser un secuestro y terminar sus días con alguna dignidad, o utilizar el saber que le queda para comprender dónde está esa chica y por qué; misión esta que deberá realizar con la protección de los fantasmas de sus familiares muertos a los que les queda aún la misión moral de ayudarle a conferir sentido a su soledad y sus desvaríos.

Katzenbach penetra en el interior de los personajes despojándolos de mantos sociales –unos más y otros menos esenciales– hasta dejarlos desprotegidos en la adversidad, que es cuando consiguen sacar de sí mismos atributos que no sospechaban que poseían; y para matizar sus estados de ánimo pone colores y formas a las emociones, y moralidad a los objetos o a los sonidos, pero nunca a los actos que, por malvados que sean, siempre obedecen a un minucioso proyecto. Además, con el uso de diversas perspectivas, logra separar narrador y personajes de manera que por bestiales o deleitosas que puedan ser las acciones, el lector no podrá afirmar con rotundidad si la bondad llegará a ser demasiado atroz o si lo bestial, tal vez, pueda convertirse en arte.

Por Inmaculada López Molina
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