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reseña

Manuel Vicent: Aguirre, el magnífico

sábado 26 de marzo de 2011, 13:54h
Manuel Vicent: Aguirre, el magnífico. Alfaguara. Madrid, 2011. 256 páginas. 18,50 €
Manuel Vicent ha escrito una biografía intelectual y escogida de España desde los años 30 hasta los inicios del siglo XXI, y en ella ha insertado un personaje principal: Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, decimoctavo duque de Alba. Nos presenta al personaje desde el principio, desde su nacimiento en Santander y el problema es que sabemos que acabará siendo duque de Alba. Ese proceso intermedio está contado en capítulos encabezados por una fecha y un subtítulo que no siguen un orden cronológico. Vicent escribe fácil, sin que se note que está él porque apenas habla de su propia vida en este relato de más de cincuenta años. Todo gravita en torno a Jesús Aguirre y su pertinaz escalada social y su impenitente agudeza. Nos va contando cómo gracias a benefactores de Santander logra estudiar en Alemania, y embeberse según algunos, leer solapas según otros, de la Escuela de Frankfurt. Tras Alemania, la etapa en la editorial Taurus y los sermones en la iglesia de Ciudad Universitaria, la información a través de la confesión y su fugaz noviazgo con la duquesa de Alba.

Esta novela tiene varias velocidades en su interior. Cuando se trata de hablar de la personalidad, de las ocurrencias, de las anécdotas y categorías de Aguirre, el tono es pausado y la frase va desgranando poco a poco lo que quiere. En cambio, e imagino que para que no se convirtiera en una radiografía de España, los pasajes dedicados a la política, como por ejemplo la llegada de los socialistas (pág. 222) o el ascenso político de Ramón Tamames (pág. 166), aceleran el ritmo de escritura. A consecuencia de esta “prisa” en contar, el final me ha parecido un desenlace rápido y seco, algo diluido después de todo el esfuerzo de construcción del personaje y su circunstancia durante 250 páginas.

Sin embargo, cabe reconocer el estilo brillante de Manuel Vicent, la gracia en frases como: “En Sevilla cada cosa estaba ese día en su sitio: el duque en el palacio, el toro en el chiquero, el matador en el vestíbulo del hotel Colón, el limpiabotas a los pies del señorito, el turista en el coche de caballos, la gente en el paro, el jamón en la barra, el puro en la boca….” (pág. 228), y su devoción por alguien que guarda anécdotas con Cela (pág. 14) y que decía escribir de corrido, llamando a su secretario para que “…pusiera comas como quien echa sal”.

Por Mayte Ortega
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