RESEÑA
Michel Rostain: El hijo
domingo 25 de marzo de 2012, 14:20h
Michel Rostain: El hijo. Traducción de Lluís Maria Todó. La Esfera de los Libros. Madrid, 2012. 152 páginas. 17 €
Nada hubiera presagiado que el director de ópera y teatro lírico francés Michel Rostain recibiera con casi setenta años de edad el Premio Goncourt de primera novela así como el Premio de la Academia Francesa de Medicina en 2011, por El hijo, una narración de poco más de ciento cincuenta páginas, recién traducida al español, tan íntima como desgarradora. Quizá sea lo único que escriba o que publique, eso es lo de menos: la cantidad nada tiene que ver con la calidad, ni con la emoción.
La muerte, el duelo en particular, es el argumento central de esta historia. El libro retrata el fallecimiento repentino del único hijo de Rostain, a los veintitantos años, de una meningitis fulminante. El interés literario de la obra es que está escrita desde el punto de vista del hijo: el padre utiliza, a través del narrador-fantasma que es su propio hijo, una especie de cortina para descargar el dolor que lleva dentro. Así, la voz del hijo discurre entre el presente y el pasado, durante los días que antecedieron a lo que parecía solo un episodio normal de fiebre, hasta el momento mismo de su incineración.
Es precisamente esta voz paradójicamente jovial, vital y llena de vida del narrador hablándonos desde el au-délà, desde un lugar intangible e impenetrable, a veces incluso con cierto humor, junto con los acertados saltos en el tiempo, lo que concede un ritmo novelesco y una distancia respecto al tema. Lejos de ser un canto salmódico de lamento, El hijo es una bella historia familiar de luto, sí, de pérdida, también, pero, sobre todo, de amor y de búsqueda, de reconocimiento del sentido dentro del sinsentido más trágico que la vida nos depara. Por ello el final resulta tan exuberante como un volcán en erupción. Las cenizas del Eyjafjallajökull en Islandia… ¿les suena ? Porque todas las cenizas, como nos recuerda Michel Rostain, padre huérfano de su adorado hijo, tienen sentido.
Por Pepa Echanove