RESEÑA
Pedro Sorela: El sol como disfraz
domingo 20 de mayo de 2012, 16:35h
Pedro Sorela:El sol como disfraz. Alfaguara. Madrid, 2012. 360 páginas. 18, 50 €
En algunas de las últimas entrevistas que concedió Carlos Fuentes repitió una idea en la que debió pensar bastante en sus últimos días. No sé en calidad de qué, si como mascota o como sombra, pero parece que la idea acompañó al Nobel (¿o nunca se lo dieron? Bueno, peor para el Nobel) al final y consistía en que el mexicano había reparado en la curiosa circunstancia de que las gentes de la Edad Media no sabían que estaban en la Edad Media, mientras que las del Renacimiento (por lo menos alguna gente del Renacimiento) sí eran conscientes de que vivían en el Renacimiento. No se vive igual la crisis que la decadencia. O, dicho de otra forma, se puede convertir la decadencia en crisis y la crisis en oportunidad.
El sol como disfraz, claro, es una novela de crisis, de ahí lo anterior. Hay una postura -porque es una postura, mucho más que una filosofía– con la que me resulta difícil no simpatizar. La posición del rebelde, la de quien quiere cambiar las cosas. El rebelde es también la némesis del nostálgico, en cuanto que el rebelde no solo sueña un destino, sino también con el camino que lo ha de llevar a él. Del mismo modo, el nostálgico no únicamente recuerda un pasado, sino que, si es un nostálgico coherente y reflexivo, tiene también presentes los pasados que lo enlazan con ese momento pretérito que, como todo nostálgico sospecha, tal vez nunca existió. A menudo, el nostálgico y el rebelde son una misma persona.
En realidad, esto sucede casi siempre. Hay pocas rebeliones que no se sustenten en un pasado heroico en el que las cosas -se supone- fueron como debían ser. Un pasado que, si se dobla el tiempo por su eje, coincide con ese futuro al que dirigirse. Volviendo al ejemplo de Fuentes, es lo que sucedió con el Renacimiento, una época que construyó el futuro a fuerza de soñar con un tiempo mítico. Hay un momento de El sol como disfraz en el que se dice que quejarse del oficio es parte del oficio. La frase podría valer, en realidad, para todas las ocupaciones, pero no en todos los oficios ocurre lo que en el periodismo, donde el contar es la esencia misma de la ocupación. La de periodista es quizás la única profesión en la que la queja puede incorporarse a la labor, en la que la denuncia de los propios males puede ser un quehacer.
Las crónicas sobre periodismo son casi un género propio en la narrativa, especialmente en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Hay ejemplos ilustres en el cine (ahí está la estupenda Primera Plana de Wilder), en la televisión (la temporada correspondiente de The Wire que, si bien no es la mejor de la serie, no deja de ser parte de la que es una de las grandes ficciones de los últimos años) y, claro, también en literatura. En todas ellas el dibujo de la Redacción es lo bastante constante como para que nos merezca credibilidad. El sol como disfraz no es una excepción. Ambientada en la Redacción del diario La Crónica del Siglo, encierra todos los tópicos de la narración sobre periodistas: la Redacción, ese lugar opresivo en la que parece complicado que pueda destilarse un periódico al día entre la maraña de intereses, zancadillas, impedimentos y amenazas que tejen el lugar. Aparecen esos periodistas, que, como en el verso de Meredith, forman el “ejército de una ley inalterable”, la ley de la prensa que cada día llega a los quioscos y los ordenadores. Aparecen esas mañas de reportero, de las que a los reporteros tanto les gusta hablar, y esa forma de instinto que lleva a algunos a estar siempre en el sitio preciso en el momento indicado. El instinto del periodista, que es también un actor fijo en las narraciones sobre periodismo.
Pero, sobre todo, en El sol como disfraz está, aunque casi inadvertida, la idea de que existe otro periodismo posible. Hay un aliento renacentista, de reflexión, de crisis, y hay un aliento de esperanza por un periodismo que pueda evolucionar mirando hacia atrás. Un periodismo que busque su futuro en la vieja fórmula de utilizar palabras veraces para contar historias que importan. Un periodismo que huye de las plantillas y las historias prefabricadas y que quiere recuperar el olor de las historias de sangre, pólvora y billetes, que olemos por doquier, pero ya casi nunca en los periódicos.
Por Miguel Carreira