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RESEÑA
Roberto Alifano: Tirando manteca al techo. (Vida y andanzas de Macoco de Álzaga Unzué)
Proa. Buenos Aires, 2012. 269 páginas. 11 €
Campeón de carreras de automóviles, cazador de cebras y elefantes, fabuloso seductor de las más rutilantes estrellas de Hollywood, el argentino Martín Máximo Pablo de Álzaga y Unzué (1901-1982), conocido como Macoco, resume lo que fue esa belle époque crepuscular marcada por la compulsiva necesidad de acortar distancias. De ahí los aparatosos viajes de la jet set rioplantense, de aquellos locos años veinte, en vapores de lujo; o la afición por las carreras de coches y los arriesgados vuelos, en los comienzos de la aviación. Acaso la realización inmediata de los deseos imponía la velocidad, o quizás aquel frenesí se anticipaba a los tiempos de crisis. Socio de Al Capone, con quien abrió el célebre Marocco, el mejor cabaré de Nueva York, este personaje, más que excesivo en sus caprichos, dio lugar a la célebre frase: riche comme un argentin. Con trajes a la medida, cuyo corte querían imitar las celebridades, Macoco se paseaba por los salones de la más exclusiva sociedad europea y norteamericana. Y es que el mismísimo Howard Hughes le propuso entrar en el negocio del cine donde ambos, se dedicaron a financiar la carrera de muchas de las divas del celuloide. Todo esto nos cuenta Roberto Alifano (Buenos Aires, 1943), conocido narrador y poeta, especialista en la obra de Borges.
Con una prosa ágil, amena y fluida, intercalando diálogos con testimonios del protagonista, o comentarios y opiniones, el autor nos pone a pensar sobre lo que significó para Argentina ser ese granero inagotable y el primer productor de carnes en el mundo ¿Para qué y para quién? Para que sus hijos privilegiados, como Macoco, se entregaran a un lujo desenfrenado que bordeaba las fronteras de lo fantástico. Macoco se nos presenta aquí como un niño malcriado cuya desgracia fue precisamente la inmensa fortuna que heredó y dilapidó. Aparte de proteger a artistas, escritores y estrellas, el único esfuerzo de sus días consistió en ahuyentar el aburrimiento. Sin inquietudes intelectuales, tuvo mucho que ver en el destino Scott Fitzgerald a quien ayudó encargándole artículos para las revistas que él financiaba. La leyenda dice que las fiestas de Macoco le inspiraron al escritor la atmósfera de El gran Gatsby y que él mismo le sirvió de modelo para su protagonista. ¿Y qué quedó de aquellos años?, parece preguntarse Alifano.
El recuerdo de una conquista, la efímera gloria de una carrera ganada. Ahí está, la fotografía de Macoco con unos muchachos, la verdad, bastante creciditos, que parecen divertirse como niños, tirando manteca al techo o maltratando a un hipopótamo al que obligan a tragarse cantidades de ladrillos. Claro que se les ve bien trajeados, el cabello engominado, perfumados, sin duda, dispuestos a devorarse el mundo. Roberto Alifano ha sabido captar la atmósfera de esa fotografía, el esplendor de un instante en el que Argentina parecía tenerlo todo al alcance de la mano, gracias a un poder y una riqueza que el tiempo inexorable le arrebató en un abrir y cerrar de ojos.
Por Consuelo Triviño Anzola


